Martes, 18 de septiembre de 2012
Publicado por Curunir @ 20:46  | Noticia
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TRES MUJERES Y UN DISCURSO

 

EXPOSICION DE CIRENDE NOVIEMBRE DE 2011

 

A instancias de mi compañero Ignacio (Cirende), volví a la sede del CREA, en la Calle Navarros de Sevilla, para contemplar desde la acera, como quien observa un escaparate, la exposición de su obra más reciente.

Creo haber dicho ya en otro comentario que este tipo de contemplación impide apreciar convenientemente las ejecuciones pictóricas, debido sobre todo a la mediatez con que se verifica el acto de la contemplación. Tener que considerar una obra pictórica a través de un cristal no resulta grata labor y tiende a invalidar cualquier intento de buen enjuiciamiento de la obra expuesta, por no añadir que éste se torna inviable si unimos a dichas dificultades las inherentes a la circunstancia mediata de la contemplación: incorrecta iluminación e inoperatividad para pluralizar el enfoque, es decir, incapacidad para el desplazamiento del “punto de mira”. No es preciso que, ante semejantes limitaciones impuestas al “acto de mirar”, excuse por adelantado los previsibles errores del comentario que me he a atrevido a troquelar.

También en otra ocasión advertí de una circunstancia relacionada con la información añadida que sobre la obra expuesta se suministra al espectador: los objetos artísticos de Cirende carecen de denominación y de somera descripción. No se informa de medidas, ni se advierte de materiales, no se ilustra sobre el tema ni se instruye al espectador sobre motivos o motivaciones, intenciones o intencionalidades. Con  Cirende, hay que abrirse camino hasta su obra luchando a brazo partido contra la indefinición. La obra se muestra desnuda, autorreferenciada, situándose su mensaje más allá de una intencionalidad o evidencia discursiva. Esto hace del acto comunicativo de la contemplación una acción trascendental en la que el espectador se ve obligado a suplir la carencia de referencias y rellenar con su invención el mundo que se le ofrece por medio de una meta interpretación de los materiales constitutivos de la realidad artística, sin que le sea permitido disponer de otros referentes que aquellos proporcionados por la obra misma. No me hago responsable tampoco del resultado de este trabajo supletorio con que el artista agobia a quien contempla su obra. Y si el diagnóstico no resultare acertado, en mi caso por el empleo obligado de la imaginación como sustitutorio del conocimiento de la circunstancias vital del artista, me consideraré eximido de cualquier responsabilidad y libre de cualquier achaque de mala fe. La ignorancia viene proporcionada por el propio artista; a él solo, por tanto, sería adjudicable el resultado presumiblemente nada certero de las consideraciones que me dispongo a volcar en el papel.

Con esta dispensa, me centro en el objeto de este comentario, el cual no es otro que la “puesta en abismo” de cuatro cuadros (lienzos, creo). En tres de ellos se representa un femenino distinto, rostro, escorzo y cuerpo respectivamente, y en el cuarto, una obsesión: el deletéreo flujo sexual por los cuatro puntos cardinales. Un discurso figurativo volcado hacia la inanidad de la vida, trascendida por el recurso sexual, que se ofrece como lo único verdaderamente vital que le queda al ser humano tras la disolución posmodernista a que está siendo sometida su imagen forjada en la Ilustración. La diversidad del estilo y los temas, me hace sospechar que el pintor ha colocado para la exposición todo el material que tenía listo para ser exhibido en ese momento.

Las cuatro obras se muestran, como ya dije, desnudas, sin título que las respalde ni referencias que las ilumine. Tres de ellas guardan relación entre sí por una evidente afinidad en el tema, el estilo y la ejecución: tres mujeres, dos de ellas figuradas y una tercera retratada. El cuadro restante, de mayores dimensiones y presentado en horizontal, consiste en una configuración más que en una figuración; en una presentación, más que en una representación. Este contraste quizá hubiera sido preferible evitarlo y dejar este cuadro para una ulterior exposición junto a sus hermanos de similar espíritu y coherente con la cosmogonía de Cirende: figuras planas y simbólicas, filigranas de oropel, como falenas catasterizadas, astrológicas, atrofiadas de volumen, iconos plasmados en las esquinas del lienzo. Son los cuatro cardinales. El empleo de técnica del salpicado y derrame con colores básicos, carentes de pretensión discursiva, aproxima la obra al universo concebido por Greenberg para la pintura expresionista abstracta, configurativa o sincrética. Se observan idénticas texturas a las empleadas en los cuadros que tuve ocasión de comentar en 2008: alusiones sexuales silueteadas, figuras inexpresivas que se encuentran desconectadas entre sí, solas, muy solas, vueltas en sí, desplegadas en otros dos ámbitos, desechas, abatidas por cartelas invisibles y en algunos casos impuestas por la intuición, desechas de sí y en sí, en un intento desesperado y a la vez frío de dejar de ser lo que son. No obstante, el derrame que las tacha es en esta ocasión más contenido, menos agitado, exhibe colores afines con complementarios al fondo verde agua sobre el que se entabla la discusión entre lo exhibido y lo ocultado, entre la dialéctica y la retórica. Lejos ya del salpicar virulento de aquellas obras anteriores -- que prácticamente borraba todo lo figurativo ocultando el mensaje--, en ésta actual niega, deteriora menos, lo que hace más evidente el carácter discursivo de la obra. Es el uso retórico de la epanortosis, dibujo esto, digo, es decir, quiero decir, esto otro, y salpica el mensaje con chafarrines cromáticos. El ámbito cerrado de la configuración se vuelve más comprensible, y por ende, más comprensivo. Proyecta más esperanza que los anteriores, ofrece más apoyo al espectador y, por lo mismo, una cierta sensación de alivio porque el mensaje bajo las manchas es más visible, por tanto más comprensible, al estar menos tachado, menos negado. La dialéctica puede con la retórica y el discurso gana en comprensibilidad.

Los tres cuadros restantes son de menor tamaño y se muestran en sentido vertical. Se parte de una representación en la que el artista se acoge a lo que Danto llama “la perspectiva vasariana”, es decir, la clásica utilización de la superficie plana para configurar, para representar el mundo, como acto puro de la mímesis reservada por Aristóteles para las artes figurativas. El estilo, el modo, el paradigma utilizado para ello está contenido en el modo de diseñar, disponer, colorear, trazar, dar volumen y concebir dicho mundo. En esta ocasión Cirende ha optado por un universo conceptual centrado en lo femenino. Un concepto traducido en tres versiones: lo femenino como objeto; lo femenino como reproche, como castigo, y finalmente, lo femenino como uso.

Amparado en la libertad conferida por el autor, el comentarista ve en la representación de estas tres féminas un rasgo étnico y al mismo tiempo etnológico de la mujer inmigrante. Se le ha ocurrido imaginar que cada una de las tres figuras femeninas fijadas en los cuadros ha de representar una faceta determinada de la inmigración cosmopolita que nos está llegando y asentando en estos últimos años.

Tenemos en primer lugar la inmigración centro africana en el escorzo de una figura femenina de raza negra, que es realmente un perfil sin ojos (aparecen dos enormes globos blancos en las cuencas), sus brazos delgadísimos en pose desvaída, tratados con colores básicos y primitivos, estira unos dedos largos y puntiagudos, como un fetiche se toca la barbilla en irreal postura, contornos indefinidos carentes no obstante de neutralidad. Su factura es la clásica paletada plena, desprovista de matices y difuminado, color albaricoque, melocotón. Perfil africano, totémico, desvaído, sintético. Los ojos, como se ha dicho, son los globos de un fetiche, todo el escorzo es esquema intrascendental, como el diseño de un amuleto. El femenino objeto, que se deja caer y se rompe.

El femenino de la indignación y la lucha viene representado por el cuadro que el artista sitúa bajo el anterior (creo que su intencionalidad no trasciende del propio objeto del cuadro, y la colocación de los mismos es pura funcionalidad, no persigue efecto discursivo alguno). Muestra el rostro de una mujer que mira fijamente al espectador. No escruta, se percibe voluntad de ver y de mostrar al tiempo. No lo hace de frente, de hito en hito, sino que clava la mirada en un giro leve del cuello de derecha a izquierda. Se me figura otro femenino de la inmigración, una mujer árabe que se deja contemplar desafiante tanto frente a la cultura teocrática de la que procede como frente a la pseudo laica y prejuiciosa de moral descafeinada y desbautizada en que vive actualmente, seguramente más recogida que acogida. El femenino ofendido en su femineidad, el que reprocha tanta vejación a una cultura durísima con la mujer, una religión que representa una humillación constante para todo lo femenino, cuya subestimación con respecto a la figura del varón convierte su vindicación en reivindicación, en un reproche, en un acto que exige, no ya justicia, sino venganza. Aparece sin velo, atreviéndose a exhibir unos ojos verdes que penetran y cohíben. Las características brutales de esta mirada destellando vida violenta, estos ojos que han visto enorme crueldad e injustica, que se vuelcan al exterior pero sin dejar de observarse en su interior, aún no transmiten odio, pero sí la resistencia pertinaz de la indocilidad y la voluntad decidida de la insumisión y de la reacción firme frente a cualquier intento de forzamiento o brutalidad. El exotismo queda probado en el insólito color verde de los ojos enmarcado en el atezado óvalo de la faz recargado de labios blandos y nariz irisada, muy anodinos ambos. Las minúsculas pupilas, propias de alma insensibilizada por la crueldad pero muy dolida con el latrocinio, se clavan como alfileres en el observador con vehemencia hipnótica, rasgo acentuado por la inconsistencia del resto de los detalles de la cara. Mas que un rostro con ojos, se trata de dos ojos rodeados de rostro. El carácter violento de esta máxima contención viene reforzado por el velo que enmarca la figura como una aureola de rojo sangriento, el bermellón de la sangre fresca derramada por heridas invisibles que reclaman venganza o purgación, redención o justicia. Considero que este es el único de los cuatro cuadros expuestos que el autor ha debido de tomar del natural, es una mujer de carne y hueso fijada en un gesto de universal reproche, en absoluto reclamo de castigo de la violencia. En cualquier caso, se trata del mejor cuadro de la exposición y a mi juicio es un excelente retrato.

El último es un cuadro en el que se representa lo femenino como uso. Una hética mujer, al parecer natural de la antigua Europa del este, muestra sus pechos al espectador acodada en escorzo con actitud neutralizada, disuelta en la desgana del porvenir. No hay pudor, tampoco desvergüenza ni reto, ni siquiera docilidad o gusto; existe en esta figura un desmadejamiento, una desazón moral, una resignación ante lo inevitable, un desmoronamiento interno que inspira respeto. El rostro desdibujado de la figura femenina escora unos ojos invisibles, neutros, enceguecidos, apropiados para quien se siente empujada hacia la vertiente enferma de la vida, que tiene que ganársela mostrando unos pechos de pezones rojísimos sobre piel clorótica. Una cosa, una muñeca sin expresión, un instrumento patológico que ha sido capaz de extraer su alma de las entrañas y alojarla en la piel, para poder despojarse de ella fácilmente junto con las vestiduras antes de pasar ante los ojos de la vida. La consecuencia cosificada de una educación ideologizada que ha convertido a los individuos en objetos funcionales al servicio del partido dominante. Para mi gusto, de los tres retratos es el más discursivo. Nada escapa al azar, todo parece exclusivamente pensado para trabajar la idea de la entrega de un cuerpo-mercancía. Los detalles pictóricos extraen de las sombras los secretos y adelgazan la perspectiva hasta colocar lo representado en primer plano, como hacían los expresionistas alemanes (imitados hasta la extenuación por pintores mediocres con tan poca destreza en las perspectivas como en los colores). No la sombra, sino el color, un cromatismo nebuloso, casi ceniciento matizado de verde diluye los contornos y conduce al escorzo hacia el mundo de los cadáveres, un mundo limitado sólo por la rojez extrema de las dos manchas que coronan los senos de la figura inexpresiva, desmadejada, inerte, hueca.

Nada es inocente en las representaciones de los artistas. Todo está pensado para que surta un efecto, el que sea, de no ser el deseado en el acto de crear, sí al menos la chispa que provoque una intuición y que a su vez configure un mensaje en la mente del espectador y le  imprima una reacción ante lo que está viendo. Con lo que éste tiene últimamente que observar, estos tres cuadros de corte clásico, que se resisten a abandonar los marcos vasarianos, hablan y no mal de un autor que hace discursos mediante la técnica representativa. Y este discurso no persigue fines dialécticos, no dialoga con el espectador, no propone con su trabajo un asunto para iniciar un debate o una amigable conversación con la persona que se asoma a su obra; Cirende presenta obras rotundas, impone una visión de su mundo por medio del mundo de otros, no deja margen a suposiciones, antes bien, se esfuerza por reflejar aquello que se coloca ante su ojos, el del artista a la vez órgano captor de la realidad visual, y foco que ilumina parcialmente tanto la realidad exterior que puede vislumbrar como la interior que debe procesar la impresión física. Dialogando con su propia obra, es un pintor fundamentalmente retórico. Ahora bien, si pudiera afirmarse que ese discurso suyo unilateral está mediatizado por un pensamiento discursivo que intenta ordenar el mundo pictórico, sobre todo en sus cuadros abstractos o figurativos, donde el producto de su pensar se transforma en una semiótica algo artificiosa y de poco trasfondo, cuando vuelve al antropomorfismo consigue que la intuición haga de celadora de la naturalidad, impidiendo que la simbología se apodere por completo de los objetos representados.

Tres femeninos distintos, figuradamente venidos de tres países distintos, pueden transformarse rápidamente en una representación de tres tipos de mujer inmigrante, que actúan en el espectador con la fuerza de un paradigma lógico: el árabe como rebelde, beligerante, un femenino combativo y rencoroso; el centroafricano, misterioso, inasible, objeto de culto más que de descripción, y el europeo del este, profanado, de una sensibilidad ficticia y desalmada, donde nada importa salvo el sobrevivir una vida enajenada. Sin embargo, en estos cuadros late  una sinceridad, un afán de oficio verdadero que se superpone a la treta ideológica o al afán parlanchín de muchos pintores que se basan en el simplismo y en la reducción a etiquetas de los temas que tocan, para hacerse gratos o parecer profundos. Es en la sinceridad que huye de efectos retóricos, que ofrece sus obras desnudas, con capacidad de diálogo, sin nombres ni referencias, donde hay que centrarse para sopesar, comprender y valorar la calidad del artista.

 


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