Lunes, 29 de noviembre de 2010
Publicado por Curunir @ 20:19  | Diario de lectura
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Tu rostro ma?ana. Fiebre

Novena sesi?n[1]

Comienza esta secci?n con la figura de la madre del narrador (trasunto de Javier Mar?as). Prosigue en este ?ltimo cap?tulo de Fiebre con los episodios de la madre de Jaime Deza, ya esbozados o mencionados en las p?gs.. 90-91. Narra en este cap?tulo varios episodios de la vida de su madre en la Guerra Civil, c?mo busca entre los cad?veres de las diarias ejecuciones a sus hermanos, muertos por los rojos por no parecer demasiado revolucionarios (vestir la tutta o el mono y en su lugar lucir chaqueta y corbata, signos al parecer de se?oritos burgueses en la bestial mentalidad de las hordas espesas de la chusma revolucionaria). Esto lleva a este soberano divagador de Deza a una de tantas digresiones sobre la suspicacia de los bandos encontrados, llegando a la conclusi?n de que en medio de esta suspicacia el asesinato es superfluo. El nombre de la madre de Deza es el de la amada de Fausto, Margarita, en lugar de Lolita, el verdadero nombre de la madre de Javier Mar?as, de la que da cuenta en NEDT a prop?sito de su hermano Julian?n, muerto en la infancia y a quien no lleg? a conocer el autor.

Como es costumbre en este tipo de literatura de b?squeda y de reconstrucci?n, el narrador nos ofrece incuso fotograf?as del muerto y un poema a Madrid que su madre conserv? siempre. Reflexi?n sobre los motivos de la conservaci?n de las reliquias y tambi?n acerca de la inestabilidad de la memoria, ?para poder cerciorarse, cada vez que le pareciera imposible y tan solo un sue?o que su remano Alfonso hubiera muerto de tan mezquina manera y ya no fuera a volver a casa en aquella noche de recorrer las calles y las comisar?as y chekas ni ninguna otra tampoco. Y para que el elemento de irrealidad que acaba por envolverles perdidos no transitorias no se adue?ara del todo de sus imaginaciones nocturnas. Y quiz? tambi?n porque dejar la foto en aquel fichero de muertes administradas habr?a venido a ser como dejar a la intemperie el cuerpo que jam?s lleg? a ver ni a saber d?nde yac?a, y no darle sepultura? (p?gs.. 208-209). Tambi?n se revela que Jacques es el verdadero nombre de Deza (p?g. 209).

A continuaci?n transcribe otra conversaci?n entre los Deza (padre e hijo) sobre los m?viles de la traici?n, adem?s de la envidia, mostr?ndose la pertinaz negativa del padre a buscar m?viles de la maldad (como tantas veces hijo Juli?n Mar?as con las sucesivas y crueles injusticas que el r?gimen de Franco cometi? con ?l) y todo por una simple cuesti?n pr?ctica. ?Hay personas cuyos m?viles no merecen la indagaci?n, aunque les hayan llevado a cometer actos terribles o precisamente por eso [?]. Hay una obsesi?n por comprender lo odioso, en el fundo una malsana fascinaci?n por ello, y a los odiosos se les hace con esto un inmenso favor. Yo no comparto esa curiosidad infinita de nuestro tiempo por lo que en ning?n caso tiene justificaci?n, aunque se le encontrasen mil explicaciones distintas [?]. No puedo perder mi tiempo en indagar sobre lo malo y lo pernicioso, su inter?s es mediano siempre en el mejor de los casos y a menudo nulo [?] El mal suele ser simple, aunque a veces no tan simple [?] Hoy existe un gusto por exponerse a lo m?s bajo y vil, a lo monstruoso y a lo aberrante, por asomarse a contemplar lo infrahumano y por rozarse con ello como si tuviera prestigio o gracia y mayor trascendencia que los cien mil conflictos que nos asedian sin caer en eso. Hay en esta actitud un elemento de soberbia, tambi?n, uno m?s: se ahonda en la anomal?a, en lo repugnante y mezquino como si nuestra norma fuese la del respeto y la generosidad y la rectitud y hubiese que analizar microsc?picamente cuanto se sale de ella: como si la mala fe y la traici?n, la malquerencia y la voluntad de da?o no formaran parte de esa norma y fueran cosas excepcionales, y merecieran por ello todos nuestros desvelos y nuestra m?xima atenci?n. Y no es as?. Todo eso forma parte de la norma y no tiene mayor misterio, no mayor que la buena fe. Pero esta ?poca est? dedicada a la tonter?a, a las obviedades y a lo superfluo, y as? nos va. Las cosas deber?an ser m?s bien al rev?s, hay acciones tan abominables o tan despreciables que su mera comisi?n deber?a anular cualquier curiosidad posible por quienes las cometen, y no airearla ni suscitarla, como tan imb?cilmente sucede hoy? (p?gs. 217-218). Esta reflexi?n un tanto amarga, revela la desilusi?n de un esp?ritu de ?tica sustancia, nada kantiana y s? normativa, y concluye afirmando que la ?tica del mal obviado le resta prestigio al malhechor. Frases de activaci?n de la venganza dicha por el padre Juan Deza: ?le habr?a dado una especie de justificaci?n [?] en el conjunto de una vida lo cronol?gico va perdiendo importancia, no se distingue tanto de lo que vino antes de lo que vino luego ni los actos de sus consecuencias, ni las decisiones de lo que desencadenan? (p?gs. 219-220).

La humillaci?n y el desafecto del que recibe ayuda en palabras de Deza, padre, sacan a la luz la mezquindad del ser humano ?porque hay personas que no soportan que se porte uno bien con ellas, que les tenga lealtad, que los defienda y les preste su apoyo, no digamos que les haga un favor o los saquen de alg?n apuro, eso puede ser la sentencia definitiva para el bienhechor, [?] Parece como si esas personas se sintieran humilladas por el afecto y la buena intenci?n, o pensaran que con eso se les hace de menos, o no soportaran creerse en imaginaria deuda, u obligados a la gratitud, no s?. Claro que esos individuos no querr?an tampoco, v?lgame el cielo, son de una gran inseguridad. Y perdonar?an a?n menos que se portase uno mal y con deslealtad, que les negara favores y los dejara metidos en sus atolladeros?, y luego concluye con otra lapidaria: ?Hay personas que simplemente resultan ser imposibles y lo ?nico sabio es apartarse de ellas y mantenerlas lejos, que no se te acerquen ni para bien ni para mal, que no cuenten contigo, no existir para ellas, ni siquiera combatirlas ? claro que eso es un desider?tum. Por desgracia uno no resulta invisible a voluntad y seg?n su elecci?n? (p?g. 220).

El protagonista narrador cuenta c?mo se va adormilando en la noche oxoniense, con el recuerdo de las tautolog?as con que los fan?ticos suelen responder a las indagaciones racionales de la madre del traidor: la patria es la patria La defensora de Deza, padre (Margarita): ?las mentiras son las mentiras?. Deja el autor en suspenso el tema del tiempo de creer, la vida en la indefensi?n frente al mundo, al futuro, a la historia.

Finalmente concluye la secci?n o el bloque narrativo Fiebre con la evocaci?n del r?o, cuyo fluir se escucha en la habitaci?n, como la eterna y nunca agotada met?fora del tiempo. Tautolog?as: ?el r?o es el r?o. Y nada m?s? (p?g. 224). No deben tras esto extraerse falsas explicaciones, ni tiempo, es decir, el r?o, s?lo el r?o.



[1] Prosigo con la lectura de TRM de Javier Mar?as, en el primer libro. ?Fiebre?. Edici?n Alfaguara 2002.

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