Lunes, 22 de noviembre de 2010
Publicado por Curunir @ 20:05  | Diario de lectura
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El cap?tulo siguiente es largo, el m?s largo de esta serie, y es muy importante: en ?l se presentan en p?blico casi dodos los personajes de los que se han hablado hasta ahora y se da entrada a alguno que otro no anunciado, con lo que se hace part?cipe al lector de la sorpresa del narrador. Este efecto se consigue evit?ndose por el narrador la anticipaci?n.

Arranca con una semblanza de Tupra: muy ingl?s a pesar de su nombre. Poco t?mido y con intuici?n. Conductor de las conversaciones. Se no informa, como anticipo y de manera que justifica su presencia importante en la obra de que tiene el don de ver a las personas que acaba de conocer, en especial a las mujeres, en el pasado, en el de cada uno, adem?s de descubrir sus secretos y pulsiones para rescatarlos en el presente y dominar, manejar, o as? lo parece, los secretos de los dem?s.

Las observaciones descriptivas en la cena fr?a de Wheeler, realiza el siguiente retrato de Tupra (p?gs.. 65 y 66): ?Tupra andar?a por los cincuentas a?os [?] Su aspecto era de diplom?tico muy viajado y aun escopetado improvisadamente a menudo de aqu? para all?, o de alto funcionario menos bregado en las oficinas que fuera de ellas, es decir, no tan importante nominalmente cuanto indispensable en la pr?ctica, [?] Parec?a un tipo bien sujeto a la tierra, en modo alguno extraviado por las alturas ni alelado por el ceremonial [?] su cr?neo abultado lo amortiguaba un pelo bastante m?s oscuro, voluminoso y rizado de lo que suele encontrarse en el reino [?], y posiblemente se tintaba las sienes, donde los rizos se le convert?an en poco menos que caracolillos, delatando as? su inoportuno pero aplazado encanecimiento. Ten?a ojos azules o grises seg?n la luz y pesta?as largas y demasiado tupidas para uno ser envidiadas por casi cualquier mujer y receladas por casi cualquier var?n. Su mirada p?lida resultaba sin embargo burlona a?n sin la intenci?n de serlo [?], y bastante acogedora o deber?a decir apreciativa, ojos a los que nunca es indiferente lo que tienen delante y que hacen sentirse dignos de curiosidad a las personas sobre quienes se posan, como si su disposici?n tan activa diera desde el primer instante la impresi?n de ir a desentra?ar lo que hubiese en el ser un objeto o paisaje o escena avistado por ellos. Es un tipo de mirada que apenas si sobrevive en nuestras sociedades, se la reprueba y se la est? desterrando?.

Descripci?n de un rostro ofreciendo matices exclusivos del cr?neo, el pelo con alusi?n a su edad y sobre todo los ojos, la verdad es que no nos hacemos una idea del rostro de este Tupra, aunque desde luego podemos sentirnos los lectores inundados? o quiz? intimidados por sus ojos, por esa rara mirada en desuso.

El siguiente p?rrafo concluye el relato pero no usando frases enunciativas, informativas, sino empleando en el descubrimiento del resto de los rasgos faciales de Tupra un largo periodo adversativo ?no tanto? sino m?s bien?: apreciativo, implica valoraci?n o repaso de cada uno de los rasgos faciales, sopes?ndolos, dando preeminencia posible a uno de ellos. Resulta raro ver este tipo de construcci?n sint?ctica con intencionalidad ret?rica en la literatura actual, sobre todo porque el lector de hoy posee una mente ordinaria o simple o uniformada en lo que espera leer, u exige ?nicamente informaci?n clara, concisa y vulgar (enumeratio), amparado en el falaz argumento de la p?rdida de tiempo o del pragmatismo archilector tan cacareado y tipificado en Norteam?rica, y no este alambicado pero hermoso proceso de valoraci?n apto para lectores de otras ?pocas, formados y gustosos: discretos. Ser?a conveniente someter a reflexi?n si el estilo de Javier Mar?as va persiguiendo al lector con estos procedimientos selectos, con claro desd?n por el vulgar y ?o?o discurrir textual que presentan la mayor parte de la mal llamada novel?stica actual ( no digamos de los infame best sellers). La conclusi?n va expuesta al principio del p?rrafo de manera subjetiva, luego toda la descripci?n se convierte en una apreciaci?n en s?, en un conjunto de matices que aclara o ampl?a la primera anunciaci?n. La prosopograf?a facial de Tupra se inscribe en la fundamentaci?n de esta apreciaci?n: ?Pens? que Tupra resultar?a irresistible para las mujeres?. (p?g. 68). Nos dice m?s adelante su edad aproximada, 50 a?os ( frisaba los 50, Don Quijote), y luego ofrece ciertos juicios generales ambiguos sobre esa irresistibilidad, para pasar al per?odo mencionado en que describe en adversativas el motivo de este car?cter irresistible: ?no tanto la nariz algo basta y como partida por un antiguo golpe o por varios m?s; no tanto la piel inquietamente lustrosa y tersa para sus a?os y de un bonito y acervezado color (toda arruga ahuyentada, y sin recurso artificial?; no tanto las cejas como tiznones y con tendencia a juntarse ( sin duda se despejar?a e vez en cuando con pinzas el espacio entre las dos); sino m?s bien la boca demasiado carnosa y mullida, o tan carente de consistencia como sobrada de extensi?n, labios un poco africanos o m?s bien hind?es o era eslavos, que al besar ceder?an y se desparramar?an como plastilina manoseada y blanda o dar?a esa sensaci?n, con un tacto como de ventosa y de siempre renovada e inextinguible humedad?. Resulta aparatosa, concentrada y cargada de apreciaciones, en algunos casos sobreabundante de alternativas. El uso de incisos entorpece a?n m?s el avance del aspecto narrativo del texto, y como ello pertenece al estilo de narrador protagonista, debemos absolver al autor Javier Mar?as de esta falla; todo gracias sobre todo al ya trillado, y por ello inteligente, artificio de hacer del estilo de Deza un lamentable y deficiente ejemplo de abuso de comentarios parent?ticos (yo peco tambi?n de lo mismo, esto no revela sino falta de pericia o de talento en el escritor).

Entre los subsiguientes comentarios y enumeraciones de los invitados de Wheeler, se menciona a Lord Rymer (el dean rijoso de All souls). Inmediatamente sigue un p?rrafo comparativo de Tupra y Toby Rylands, igualmente en adversativo. Si bien el parecido del actual, vivo, con el anterior, muerto, se marca como considerable, no obstante (este es el esquema que va form?ndose por la manera de describir de Mar?as o Deza). El mundo alusivo y hasta opresivo por la nostalgia de ?Todas las almas?, es inevitable o mejor, insoslayable.

Pasa a la presentaci?n de otro personaje (espa?ol) del que no se hab?a tenido noticias hasta este momento (efectos sorpresa) y que ya nos previene Deza va a ser importante o relevante, porque le va a arrebatar a Tupra la prerrogativa de llevarse la atenci?n del narrador en exclusiva aquella tarde, y de paso tambi?n la atenci?n de todos los lectores: se trata de un tipo nominado como De la Garza (quiz? otro personaje de nombre en clave, que yo ahora soy incapaz de reconocer).

Este personaje, presentado con un ?cido sarcasmo, da el tipo de espa?ol castizo tan denostado por los espa?oles europe?stas, el que dice tacos, el que va de paisano por el mundo, el que desde?a chocarreramente a los extranjeros incluso en el extranjero, todo siempre que tiene oportunidad de encontrarse con un compatriota. Quiz? el personaje le sirva al autor de balanc?n para equilibrar la trascendencia del encuentro con Wheeler y Tupra, y tambi?n como pretexto: opini?n sobre los escritores fascistas, los vulgares y la literatura fascista a trav?s del car?cter at?vico de este personaje. ?Hay prosas y poes?as cuyo estilo es en s? mismo fascista, aunque hablen del sol y la luna y las firmen izquierdistas por autoproclamaci?n [?] Pasa lo mismo que con los esp?ritus, o con el car?cter; los hay en s? mismo fascistas, aunque los alberguen cuerpos con tendencia a levantar el pu?o y a sudar la gota gorda en manifestaciones y mar chas con filas de fot?grafos abriendo paso e inmortaliz?ndolos como es natural. S?lo falta que ahora se reivindiquen el esp?ritu y el estilo de quienes adem?s de serlo se proclamaban fascistas, y tan ufanamente, por si no se les notaba bastante con la pluma en la mano, en cada p?gina que dieron a la imprenta y en cada denuncia entregada en comisar?a?. (p?gs. 74-75).

A mitad del p?rrafo de la p?g. 76 descubre a De la Garza, primero como perteneciente a una raza, clase o estirpe de personas: los fascistas. ?[?] he visto a muchos [tipos] as? desde la infancia y no se extinguen, solo se maquillan y adaptan: son clasistas y engre?dos y muy simp?ticos, son risue?os y hasta formalmente cari?osos, son ambiciosos y semifalsos [?], procuran parecer exquisitos y a la vez fingirse campechanos y aun barriobajeros [?] de ah? que prodiguen los tacos creyendo que eso los hace llanos y que les gana confianzas remisas, de ah? que combinen su acantonado refinamiento con modales algo castrenses y l?xico carcelario, la mili les ven?a de perlas para completar el cuadro, y el efecto que a la postre producen es de ga?anes perfumados?. Como puede verse un poco ido de mano, demasiados matices para un p?rrafo, no se nos ofrece al pobre De la Garza tan pleno de detalles t?picos. Adem?s se introducen dos frases consecutivas con el mismo sintagma ?de ah? que?, nada ?gil. De todas maneras, de esta manera (se han obviado los inevitables y pelmas incisos), De la Garza queda descrito.

A continuaci?n se particulariza a De la garza: adulador, queda bien con todo el mundo, pancista, cruel sin iniciativa. No le falta un detalle para hacer de ?l un personaje repelente, la actualizaci?n de un tipo lamentable del que deber?amos sentir verg?enza los lectores espa?oles al presentarse como representante de la espa?olidad o lo espa?ol (a la antigua, eso s?, o a lo castizo, si se quiere), en el mundo europeo.

Este tipo de reflexiones los lleva a cabo Deza en medio de una conversaci?n, lo que adensa y recarga a?n m?s la escasa acci?n (procedimiento empleado con sutileza por Proust, que Mar?as no consigue ni imitar, por supuesto). La detiene de manera barroca. El tiempo de la acci?n del relato se vuelve como en Proust un tiempo perdido que intenta recobrarse; sin embargo, a Mar?as le falta la hipersensibilidad de Proust, y por supuesto su talento. Aparte, juega en su terreno, con lo que las comparaciones se vuelven indeseables.

No faltan alusiones ir?nicas y sarc?sticas acerca de los temas generales, la ignorancia de los ministros espa?oles, el desprecio por la prensa rosa, iron?a sobre los toros o la monarqu?a. Todas realmente manidas. Como si quisiera acentuar a?n m?s el tedio de la situaci?n que se est? narrando.

Lenguaje envolvente: va de lo exterior a lo interior. Conversaci?n con Tupra sobre las mujeres con apostillas vulgares de De la Garza ? reflexi?n sobre el propio matrimonio del narrador y su hundimiento r?pido y estrepitoso. Lo que le ofrece la oportunidad para reflexionar sobre la fugacidad y opacidad de las relaciones humanas, incluidas las m?s ?ntimas. El proceso se detalla en la p?g. 86, de manera pasiva refleja: ?Se pierde la confianza con quien comparti? con uno a?os de narraci?n continua, esa persona ya no le cuenta ni le pregunta ni le responde apenas y uno mismo no se atreve a preguntar ni a contar, poco a poco se va callando y llega un d?a en que no habla nada, procura no ser notado o hacerse inmaterial en la casa com?n desde que se sabe o se acuerda que pronto dejar? de serlo y tambi?n quien habr? de irse? [?] Sabe de sobra que las [conversaciones telef?nicas] de ahora no le conciernen y sin embargo se sobresalta cada vez que oye marcar un n?mero o sonar el timbre. Pero calla y atiende con temor y calla, y alcanza el momento en que su ?nica correa de transmisi?n o asidero son los ni?os, a los que cuenta a manudo cosas s?lo para que los oiga ella desde el otro cuarto o le acaben llegando y para hacer alg?n m?rito que ya no ser? percibido nunca como tal m?rito igual que las emociones est?n descartadas, y adem?s no hay ni?o en el mundo que sea fiable como emisario. Y el d?a que por fin se larga siente un poco de alivio adem?s de la pena o la desesperaci?n [?] pero ese poco alivio mezclado ni siquiera le dura, desaparece en seguida al darse cuenta de que el suyo en verdad no existe comparado con el que siente el otro, quien se queda y no se mueve y respira hondo al ver como no se aleja y pierde. ?Todo para indicar alejamiento del asunto y as? poder generalizarlo, sustantivarlo, racionalizarlo. Pasaje, como es de ver, denso, sobrecargado de frases copulativas y adversativas, con sobrepeso en detalles redundante fijados en el proceso de separaci?n t?pico, vulgar y general del todo el mundo conocido, pero que el autor significa estar descubriendo a medida de ir experiment?ndolo. Este tipo de digresiones con el estilo t?pico y generalizado del principio de la novela y suele transitar desde lo particular a lo general, desde lo singular privado a lo general y t?pico.

Esta intenci?n moralizante vuelve pedante en extremo al narrador protagonista; sus continuos intentos por moralizar a trav?s de la iron?a, las bromas, la denuncia o el sarcasmo en cada asunto que tocar, sin pretender vulgarizar, banaliza no obstante por tal tendencia a generalizar, al centrarse en la descripci?n de lo t?pico, a inscribir sus sentimientos personales o asuntos vitales en la corriente tem?tica del mundo (v?ase p?gs. 86-87).

Del mismo modo, la Guerra civil espa?ola vivida por los ingleses como una guerra rom?ntica, esta voz contada desde lo general a lo particular, que culmina en los hermanos y esposas y la madre del narrado protagonista buscando entre cad?veres fusilados o represaliados y torturados los de su hermano o quiz? el de su futuro esposo: ?p?gs.. 90-91): ? Y sin embargo mi padre hab?a estado a punto de morir en ella con el uniforme de la Rep?blica en nuestra ciudad asediada, y hab?a sufrido a su t?rmino simulacro de proceso y prisi?n franquistas, y a un t?o m?o lo hab?an matado en Madrid a los diecisiete a?os y a sangre fr?a los del otro bando ? el bando partido en tantos, lleno as? de calumnias y purgas ?, los milicianos sin control ni uniforme que daban el paseo a cualquiera, lo hab?an matado por nada a la edad en que casi s?lo se fantasea y no hay m?s que ensue?os, y su hermana mayor, mi madre, hab?a buscado su cad?ver por esa misma ciudad sitiada sin encontrarlo, solo la burocr?tica y min?scula foto de ese cad?ver, yo la he visto y yo ahora la guardo?. Clave f?cil y concluyente de que se trata del autor Javier Mar?as [Deza] ajustando cuentas con su propia memoria hist?rica, la de su familia.

La proposici?n profesional de Tupra a la despedida es la finalidad de la cena organizada por Wheeler, aparece para cenar el cuadro l?gicamente al final de la misma y como de pasada. Pretexto para desatar los comentarios relativos al pasado, al reciente ?todas las almas?, y al remoto, a la propia familia y su tragedia en la Guerra civil. De ese modo tan ret?rico atrae todo el peso de la descripci?n anterior a la proposici?n, se habla en el limbo, en la inconsistencia.

El cap?tulo concluye con De la Garza. La comparaci?n entre el pol?tico ingl?s, correcto y contenido y el espa?ol, zafio, ordinario y chabacano, no la resiste este esp?cimen a quien sarc?sticamente el autor atribuye en varias ocasiones ?condiciones de ministro?. De la Garza (ahora mismo desconozco si es clave de alguien existente en la vida real, es decir, tiene referentes reconocibles) representa una y otra vez el papel de gracioso o buf?n en las escenas y en las comedias cl?sicas. Es el contraste de lo trascendental, que quiz? quiera entenderse como aburrido, lo que no deja de constituir una descortes?a para el lector. Aqu? desempe?a este rol sin ninguna duda (p?g. 98).


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