Viernes, 19 de noviembre de 2010
Publicado por Curunir @ 20:49  | Diario de lectura
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Tu rostro ma?ana. Fiebre

Segunda sesi?n

Prosigo con la lectura de TRM, y pretendo hablar de c?mo continua la historia.

Una vez establecido el marco narrativo, el espacio y el tiempo, signados por el estilo digresivo y voluntariamente interiorista, vienen los fragmentos narrativos, que hacen las veces cap?tulos, aunque no llevan indicaci?n de tales, sino el tradicional salto de p?gina.

?ste comienza con unas reflexiones sobre Tupra, anticipadas a su real conocimiento o al relato de tal acontecimiento. Esta anticipaci?n pretende crear una especie de prejuicio en el lector, que lo condicione y le prevenga oblig?ndole a adoptar una determinada actitud. Se hace constar la relaci?n de Tupra con Toby Rylands, quiz?s debida al paralelismo de ambos personajes con respecto al autor narrador y su equidistancia mutua con Peter Wheeler, que act?a como valedor, como contrase?a que abre las puertas a la relaci?n. El primer argumento que emplea el autor para emparejar a ambos (Toby y Tupra)) es el hecho de tener ambos la condici?n de ingleses ?postizos?, no nativos. Y este resulta ser uno de los motivos del inter?s de Wheeler porque el autor protagonista debiera conocer al otro.

Tras un p?rrafo bisagra en que busca el autor el tel?fono de Wheeler da con el suyo propio, que ahora es el de Luisa y los ni?os: reflexi?n sobre el nuevo estado, que permite alargarla debido a que est? comunicando. Esta es la reflexi?n sobre su familia, la cual le permite pensar en su primog?nito, adoptando el papel de protector de su hermana, y pssa al generalizado sufrimiento de la persona que adopta el papel de protector, el cual se basa en el sufrimiento. Esto le lleva a divagar sobre la ausencia o las ausencias, capaces de causar una especie de extra?o dolor fr?o.

Indaga sobre el motivo de la separaci?n, el tiempo de los c?nyuges marcha sin incorporarlos mutuamente, sino cada uno por su lado. Se siente cad?ver vivo para su mujer y sus hijos, y m?s lo estar? cuando otro ocupe su lugar. Se imagina el talante de este otro: manso, juerguista, maltratador, figura utilizada para la reflexi?n general: todos somos sustituibles. ?Qui?n sabe qui?n nos sustituye, s?lo sabemos que se nos sustituye siempre, en todas las ocasiones y en todas las circunstancias y en cualquier desempe?o, en el amor[1], la amistad, en el empleo y en la influencia, en la dominaci?n?? (p?g. 47).

Contin?a con un p?rrafo sustantivo; se vuelve a encontrar en ?l una especie de teyckoskopya: contempla el atardecer londinense desde la ventana. Los inactivos suceden a los activos (la figura del mendigo ingl?s, sombra).

Convertido en un vuayer (?voyeur?), nos da cuenta del tipo, que baila al son de los auriculares en el piso de enfrente. As? pasa al estado de inconsciencia que lleva a la mayor parte de las personas a permanecer en el presente que va haci?ndose pasado. Nueva reflexi?n que le conduce a la conclusi?n del p?rrafo; la negativa de la gente de hoy a mirar al futuro: ?Pero nadie quiere ver nada y as? nadie ve casi nunca lo que est? delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano, nadie deja de entablar conversaci?n e amistad con quien solo nos traer? arrepentimiento y discordia y veneno y lamentaciones, o con aquel a quien nosotros traeremos eso, por mucho que lo vislumbremos en el primer instante, o por manifiesto que se nos haga?. Observa la an?fora redundante introducida por el adverbio ?nadie? y la yuztaposici?n retardada y extendida por el uso de la copulativa ?y? en la enumeraci?n, enmarcadas dos consecuencias emocionales ?arrepentimiento? y ?lamentaciones? por los efectos ?discordia y veneno?. Enumeraciones, redundancias y sobre incisos que ofrecen un texto muy denso en este p?rrafo, el cual ocupa cuatro p?ginas (parece un p?rrafo clave: habla del rostro, del ma?ana, de la ?Fiebre? ? ojo con ?l. Y la conclusi?n parece encontrarse en la afirmaci?n de que nadie desea saber, porque el saber provoca dolor y nadie quiere convertirse en su propio dolor ni en su propia fiebre.

Regresa de inmediato a la reflexi?n sobre las relaciones sexuales al darse cuenta de que el bailar?n del apartamento de enfrente ha compartido sesiones con dos mujeres. En narrador nos avisa de varias ? tres ? ?visitas? femeninas que le lleva a volver a la figura de su sustituto vital generalizando hasta la tipicidad psicol?gica sobre el talante del sucesor en una relaci?n rota. Caracter?sticas: adulador, continuista, cumplidor de los esquemas ya establecidos por su antecesor. Nueva reflexi?n sobre la separaci?n matrimonial que antecede a su conversaci?n telef?nica de la qe lleva hablando desde el inicio del cap?tulo. Parece que toda la divagaci?n es consecuencia de la espera infructuosa tras llamadas continuadas. Perfecta descripci?n de gran penetraci?n psicol?gica del amante futuro maltratador o ?desp?tico? (extrapolable a la mujeres manipuladoras o autoritarias: castradoras): ?Ese no se queda a dormir ni aunque se lo imploren, [?] ese sujeto torcido que m?s adelante no la dejar? respirar ni a solo ni a sombra y la aislar? totalmente? (p?g. 57).

Cuando por fin alguien coge el tel?fono al otro lado, transcurre una conversaci?n convencional: introducci?n de frases melanc?licas sobre la pareja deshecha, sobre los hijos de padres separados (algo malo este pasaje). Y al menos ya se ha informado al lector y revelado el apellido del narrador (han tenido que transcurrir tres lustros y dos novelas y media): Deza.

Con la reflexi?n de la impredecibilidad de las relaciones y de la torpeza del para siempre, o del condicionante ?si no ocurre algo malo?, concluye el fragmento narrativo, que a partir de ahora y por simplificar, llamar? cap?tulo.



[1] Tendencia a precisar la totalidad invocada con anterioridad, enmarcando la naturaleza del todo y el siempre.


Tags: CEBRERO, JAVIER MARIAS, TU ROSTRO MAÑANA, Novela, Diario, Comentario

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