Lunes, 21 de septiembre de 2009
Publicado por neracare @ 21:54
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la crisis, lasambiciones proletarias entraron en escena de tal forma que hicieron que lapolarización básica de la vida política española se agudizara más que nunca.

          La simetría del sistema de la Restauración, con elpoder político concentrado en manos de aquellos que también gozaban delmonopolio del poder económico, saltó en pedazos con el estallido de la Primera Guerra Mundial. No sólose avivó un agrio debate sobre si España debía intervenir o no  en la guerra y en qué bando, que acentuó lascrecientes discusiones dentro de los partidos Liberal y Conservador, sino quehubo una masiva turbulencia social. El hecho de que España fuera no beligerantela situó en una posición económicamente privilegiada, ya que pudo abastecertanto a la entente como a lasPotencias Centrales. Los propietarios de las minas de carbón de Asturias, losbarones vascos del acero y de la construcción naval y los magnates textilescatalanes se beneficiaron de un espectacular boom económico que constituyó el primer y dramático despegue de laindustria española. La balanza de poder en el seno de la elite económica semodificó en cierta medida. Los intereses agrarios seguían siendo determinantespero los industriales se mostraron poco dispuestos a continuar tolerando susituación de subordinación política. Su descontento alcanzó un punto críticocuando en 1916, Santiago Alba, ministro liberal de Economía, intentó implantaruna contribución sobre los cuantiosos beneficios bélicos de los industrialesdel norte, sin prever ninguna medida similar para los productos agrícolas. Yaunque el proyecto se retiró, puso tan de manifiesto la arrogancia de laoligarquía agraria, que precipitó la apuesta de la burguesía industrial por lamodernización de la política.

         El descontento de los industrialesvascos y catalanes les había llevado a desafiar a la oligarquía agrícolaespañola, a base de financiar los movimientos regionalistas –el PartidoNacionalista Vasco (PNV) y la Lliga Regionalista de Catalunya-. El celo reformador de losindustriales, enriquecido ahora por la guerra, coincidió con una desesperadanecesidad de cambio de un proletariado empobrecido por ésta. El boom industrial había atraído mano deobra rural hacia las ciudades, donde prevalecían las peores condiciones delincipiente capitalismo. Esto se daba sobre todo en Asturias y el País Vasco. Almismo tiempo, las exportaciones masivas generaron escasez, creciente   inflación y el derrumbe de los niveles devida. La UGTsocialista y la anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT)obraron conjuntamente con la esperanza de que una huelga general provocaraelecciones libres y luego la reforma. Mientras los industriales y obrerospresionaban para conseguir un cambio, los oficiales de los grados intermediosdel Ejército iniciaban una protesta por los bajos salarios, las anticuadasestructuras de promoción y la corrupción política Así se forjó una extraña yefímera alianza, debida en parte a la equívoca posición del Ejército respecto ala política.

          Las quejas de los militares seexpresaban en el lenguaje reformista que se puso de moda después de la pérdidadel imperio español en 1898. Conocido como “Regeneracionismo”, fue un discursoque asociaba la derrota de 1898 a la corrupción política. En el fondo, elRegeneracionismo fue utilizado tanto por la derecha como por la izquierda, dadoque entre sus defensores se encontraban aquellos que se proponían erradicar eldegradado sistema caciquil a través de reformas democráticas, como quienes seproponían eliminarlo mediante la simple solución autoritaria de un “cirujanocon mano de hierro”. No obstante, los oficiales que en 1917 discurseabanutilizando los vacíos tópicos regeneracionistas, fueron aclamados como portaestandartesde un gran movimiento de reforma nacional. Por un breve instante, obreros,capitalistas y militares se unieron con el objetivo de limpiar la políticaespañola de la corrupción del caciquismo. Si el movimiento hubiera triunfado enel establecimiento de un sistema político capaz de permitir un reajuste social,no habría sido necesaria la Guerra Civilde 1936. Pero tal y como se sucedieron los acontecimientos, la gran crisis de1917 sirvió únicamente para consolidar el poder de la atrincherada oligarquíaterrateniente.

          A pesar de la coincidencia retóricade sus exigencias de reformas, los intereses últimos de obreros, industriales yoficiales eran contradictorios y el sistema pudo sobrevivir explotandohábilmente esas diferencias. El primer ministro, el conservador Eduardo Dato,accedió a las peticiones económicas de los militares. Después provocó unahuelga de los trabajadores socialistas ferroviarios, forzando así la respuestade la UGT antesde que la CNTestuviera preparada. Ya en paz con el sistema, el Ejército estuvo encantado dedefenderlo en agosto de 1917 aplastando a los huelguistas socialistas de formasangrienta. Alarmados ante la perspectiva de que los obreros ocuparan lascalles, los industriales renunciaron a sus propias reivindicaciones de reformapolítica y, atraídos por las promesas de modernización económica, en 1918apoyaron al gobierno de coalición nacional con liberales y conservadores. Unavez más, la burguesía industrial había abandonado sus aspiraciones políticas yse había unido a la oligarquía terrateniente por el temor que tenía a lasclases más humildes. Esa efímera coalición simbolizaba una ligera mejoría de laposición de los industriales dentro de la alianza reaccionaria, todavíadominada por los intereses agrarios.

 

          En 1917, más agudamente que en ningúnmomento anterior, España estaba divida en dos grupos mutuamente hostiles: losterratenientes y los industriales por un lado, y los obreros y los campesinossin tierra por el otro. Sólo había un grupo social numeroso que quedabaprovisionalmente fuera de los dos bandos: el de los pequeños propietariosagrícolas. De modo significativo, durante los años anteriores a la Primera Guerra Mundial sellevaron a cabo esfuerzos para movilizar a los granjeros católicos en defensade los intereses de los latifundistas. Viendo los estragos del anarquismo y elsocialismo entre los obreros urbanos, los terratenientes más previsoresintentaban impedir la expansión el “veneno” hacia las zonas rurales. Desde 1906los latifundistas financiaron sindicatos contrarrevolucionarios, pero elproceso fue sistematizado a partir de 1912 por un grupo de dinámicossocialcatólicos, liberados por Ángel Herrera, la eminencia gris del catolicismopolítico en España antes de 1936. A través de determinadas actividades social-cristianasde la Asociación CatólicaNacional de Propagandistas (ACNP), Herrera contribuyó a organizar una serie deFederaciones Agrarias Católicas que trataron de prevenir que los famélicoscampesinos se decantaran por la izquierda ofreciéndoles facilidadescrediticias, asesoramiento agronómico, almacenes y maquinaria a cambio de queadoptasen una actitud política de militante antisocialismo. Muchos de losentonces reclutados desempeñaron un papel importante cuando la oligarquíaterrateniente se vio forzada a buscar formas de defensa más modernas en losaños treinta, votando primero a los partidos legales de la derecha durante la Segunda Repúblicay, más tarde, combatiendo con Franco.

          Sin embargo, en las secuelas de lacrisis de 1917 el orden existente sobrevivió en parte debido a la ingenuidadorganizativa de la izquierda, más que por su propia disposición a recurrir a larepresión armada. La derrota de los socialistas urbanos en 1917 no significó elfinal del asalto al sistema. Desde 1918 hasta 1921, años conocidos como el trienio bolchevique, los bracerosanarquistas del sur participaron en una serie de alzamientos. Aplastadas por lacombinación de las fuerzas de la Guardia Civil y el Ejército, las huelgas y ocupaciones de tierras deesos años intensificaron el resentimiento social del sur rural. Al mismotiempo, los anarquistas de las ciudades también entraron en conflicto con elsistema. Tras dejar de invertir sus beneficios bélicos en maquinaria moderna yen la racionalización de ésta, los industriales del norte se vieron gravementeafectados por la reanudación de la competencia extranjera durante los años dela posguerra. Los catalanes, en particular, intentaron combatir la recesión conrecortes salariales y despidos de personal. Ante las consiguientes huelgas,reaccionaron con cierres y contratando a pistoleros. Los anarquistas replicaroncon igual talante y, entre 1919 y 1921, las calles de Barcelona fueron testigosde una espiral terrorista de provocaciones y represalias. Era obvio que lapolítica de la Restauración ya no era un mecanismo adecuado para defenderlos intereses económicos de las clases dominantes.

          El 23 de septiembre de 1923, elgeneral Miguel Primo de Rivera dio golpe de Estado. Aparentemente, Primo tomóel poder para acabar con el desorden e impedir que un embarazoso informe preparado por una comisión parlamentariacausase problemas al Rey. Sin embargo, como capitán general de Barcelona y ensu condición de amigo íntimo de los barones de la industria textil catalana,era plenamente consciente de la amenaza que para ellos representaban losanarquistas. Además, procedente de una gran familia de terratenientes sureños,también tenía experiencia de las agitaciones campesinas de 1918-1921. Encarnaba,pues, el ideal del defensor pretoriano de la coalición de industriales yterratenientes que se habían consolidado durante la gran crisis de 1917. Sudictadura gozó de dos grandes ventajas iniciales: una revulsión general contrael caos de los seis años anteriores y el retorno de la prosperidad en laeconomía europea. Primo de Rivera puso fuera de la ley al movimiento anarquistay llegó a un acuerdo con la UGTpor el que ésta obtenía el monopolio de las actividades sindicales. Un programade grandes obras públicas, que implicaba una modernización significativa delcapitalismo español y la construcción de una infraestructura de comunicaciones,cuyos frutos sólo se alcanzarían treinta años más tarde, dieron a muchos laimpresión de que la libertad estaba siendo sacrificada a favor de laprosperidad.

          Años más tarde, la dictadura de Primode Rivera se vio como la edad dorada de la clase media española y se convirtióen el mito central de la derecha reaccionaria. Paradójicamente, sin embargo, suefecto a corto plazo fue desacreditar la idea del autoritarismo en España. Enparte, este fenómeno fugaz nació por el hecho de que el general dejó deutilizar los logros económicos para construir una alternativa política duraderafrente a la decrépita monarquía constitucional, pero más de inmediato, fueconsecuencia de su alejamiento de los poderosos intereses que inicialmente lehabían apoyado. Excéntrico y afable con una concepción falstaffiana de la vidapolítica, gobernada con una personal improvisación que atrajo sobre sí mismotodas las críticas por el fracaso de su régimen. Alrededor de 1930, apenashabía una parte de la sociedad española que no se hubiera visto ofendida porél, pero sus errores decisivos fueron los que le granjearon la enemistad de industriales,terratenientes y oficiales del Ejército. La burguesía catalana le reprochó suofensiva contra las aspiraciones regionalistas. Los industriales del norte seindignaron aún más por el colapso de la peseta en 1928, que atribuían a suinflacionario gasto público. Lo más importante es que se perdió el apoyo de losterratenientes, debido a sus esfuerzos por introducir en las zonas ruralescomités paritarios para solucionar temas salariales y las condiciones detrabajo. A finales de enero de 1930, Primo de Rivera dimitió.

          La vuelta del sistema político de1923 era impensable. Aparte de que había caído en descrédito antes de que Primode Rivera llegara al poder, habían sucedido cambios importantes en lasactitudes de la clase política. Entre los políticos veteranos habían hechoestragos la muerte, la vejez y, por encima de todo, el resentimiento ante ladespreocupación con que el Rey había ignorado la Constitución de 1923.Respecto a los políticos más jóvenes, algunos habían optado por el movimientorepublicano, en parte por resentimiento, en parte por la convicción de que elfuturo político se orientaba en esa dirección. Otros, especialmente aquellosconservadores que habían llevado las implicaciones autoritarias del“Regeneracionismo” hasta el extremo más ilógico, se habían dedicado en cuerpo yalma al servicio del dictador. Para ellos, no podía haber marcha atrás. Suexperiencia en el gobierno de Primo de Rivera reforzó su convicción de que laúnica solución factible ante los problemas con que se enfrentaba la derecha,consistía en una dictadura militar. Fueron ellos quienes formarían el estadomayor de la extrema derecha durante la Segunda Repúblicay suministrarían buena parte de los contenidos ideológicos del régimen deFranco.

          Como recurso desesperado, AlfonsoXIII utilizó a otro general, Dámaso Berenguer, cuya blanda dictadura consistióen una serie de tanteos en busca de la fórmula adecuada para volver a unamonarquía constitucional, pero fue socavado por complots republicanos, agitacionesobreras y sediciones militares. Al convocarse las elecciones municipales el 12de abril de 1931, los socialistas y los republicanos procedentes de las clasesmedias liberales obtuvieron la mayoría en las principales ciudades, y losmonárquicos sólo pudieron ganar en las zonas rurales en las que seguía intactoel poder social de los caciques. Apoyado únicamente por la dudosa lealtad delEjército y de la Guardia Civil,el Rey siguió el consejo de sus asesores de que era preferible alejarsevoluntariamente antes de ser derrocado por la fuerza. La actitud de losmilitares reflejaba la esperanza de un pequeño sector de las clases altas deque, sacrificando al Rey, sería posible contener los deseos de cambio tanto dela burguesía progresista como de la izquierda. Iba a ser una ambición imposiblesin algunas concesiones en el campo de la reforma agraria.

          Los conflictos del trienio bolchevique habían sidosilenciados por la represión de 1919-1920 y por la dictadura de Primo deRivera, pero seguían latentes. La violencia de aquellos años había acabado conel arduo modus vivendi del suragrario. La represión había intensificado los odios de los braceros hacia losgrandes latifundistas y los propietarios se sentían ultrajados por elcomportamiento insubordinado de los braceros, especie a la que considerabancasi infrahumana. Por tanto, los elementos paternalistas que habían mitigadocon anterioridad la dureza de la vida de estos trabajadores cesaronbrutalmente. La recogida de los frutos caídos por el viento antes de lacosecha, el permiso para abrevar el ganado e, incluso, la recolección de leña,se juzgaron como prácticas de “cleptomanía colectiva” y se impidieron mediantela vigilancia de guardias armados. Por tanto, la nueva República iba a heredar unasituación de esporádica guerra social en el sur, que iba a disminuirdramáticamente sus posibilidades de establecer un régimen de convivencia. Noobstante, con buena voluntad por ambas partes, todo –incluso la paz- eraposible en 1931. Sin embargo, al cabo de unas pocas semanas de la proclamaciónde la República,se percibía claramente que entre los antiguos partidarios de Alfonso XIII y enel seno del movimiento anarquista no había buena voluntad hacia una nuevademocracia en España.

 

 

 

                                                                             Paul Preston: “La Guerra Civil Española” 1999


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