Mi?rcoles, 16 de septiembre de 2009
Publicado por Curunir @ 22:14  | Comentario
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El presente, es un mero comentario tangencial o adyacente que sobre la lectura íntegra del texto de Dumas, publicado por MONDADORI, dejé escrito en mi diario personal el pasado 8 de septiembre de 2009:

COMENTARIO ADYANCENTE

 

Me llama la atención el tema obsesivo del castigo. El hecho de la prisión del inocente, pero también que el hecho que mueve a los enemigos de Edmundo a traicionarle y a venderle son terribles  y  a la vez profundamente humanos, y es susceptible de destacar que el único de los enemigos que efectúa la delación, el verdadero delator (Danglars), que además opera por pura ambición social, es el único que no muere.

Es una parábola de la muerte y la resurrección. Edmundo Dantés muere en If, y es devuelto a la vida por la actividad formativa de la Iglesia, primero por medio de Faria, el abate sabio que le proporciona instrucción, conocimiento, astucia y dinero (instrumentos), y sobre todo la libertad de acción; y segundo por el trasunto de Edmundo en el mundo de los sentimientos, el abate Busoni.

La venganza exige la muerte, más la destrucción personal que la física, de los traidores: así como Edmundo Dantes dejó de existir, del mismo modo han de hacerlo los demás, Caderoux, Villefort, Fernando Mondego, Danglars.  Y el castigo se verifica por la generación siguiente de estos personajes: debido al reguero de fechorías que cometieron con posterioridad al encarcelamiento de Edmundo y que les reportaron grandes fortunas, consideraciones y títulos a sus actores.

La redención de Edmundo es únicamente viable por medio de la venganza de sus enemigos, y esto se lo proporciona la iglesia militante. Ya hemos dicho que Faria  lo forma en la prisión, le otorga la libertad, le da el instrumento material para la venganza ( la fortuna ducal) y le abre los ojos respecto delos enemigos cuya cruel conducta le llevaron a la prisión.

Los tres estamentos del antiguo régimen colaboran con el Conde de Montecristo para vengarse de los burgueses advenedizos, representados por los cuatro malhechores, a su vez representantes de las cuatro instituciones que conformaron el mundo burgués que forjó la Revolución Francesa y se rebeló contra el bonapartismo (de que fue condenado injustamente Edmundo): Villefort representa la curia, el poder de los tribunales tan presto a la corrupción por dinero o por ambición; Danglars, representa a la masa bancaria, el dinero, el elemento plutócrata, que consigue las preces sociales por medio de la fortuna material de los réditos, las rentas y los intereses usurarios propios de los bancos; Fernando Mondego, representa el estamento militar, que tras Napoleón se corrompió de tal manera que cualquier advenedizo sin escrúpulos y sin valor probado, aunque con gran crueldad, podía acceder a las más altas instancias de la jerarquía castrense, bien comprando los títulos o los grados dentro de la escala de la oficialidad, o bien obteniéndolos mediante la extorsión,  el chantaje o la mentira. Y por último, Caderousse, representa el brazo secular de un pueblo venal sin principios, brutal y codicioso hasta la criminalidad. Estos tres estamentos a que me refería, adyuvantes en el destino de Edmundo , son sin dudar: la Iglesia por medio de Faria y del sosias, Busoni; la aristocracia, con el prestigio de su ranciedad y los títulos nobiliarios, de que eran tan codiciosos los burgueses advenedizos, por medio del Conde de Montecristo, y el pueblo ruin y aplebeyado, la mafia y el mundo oscuro del hampa, representado por el mundo de los contrabandistas y las bandas de Luigi Vampa, en Roma.

El conde accede a la gran sociedad, a través de los hijos de sus adversarios, concretamente a través de Alberto Morcef,el hijo del antigo Mondego (ahora Fernando Morcef) y de la antigua novia de Edmundo, la catalana Mercedes de Marsella, ahora casada aquél. Es de notar, que salvo aquellos hijos desnaturalizados, es decir, no reconocidos por los enemigos de Edmundo, los hijos de estos son personas buenas, educadas en el bien ético  de los bellos ideales y de la vida buena, y representan la nueva generación, fuerte y sana, representantes de una nación emergente nacida del crimen y de la extorsión, que acaban descubriendo a sus padres y avergonzándose públicamente de ellos. Ocurre con la hija de Villefort, y con el hijo de Fernando, y en cierta  medida, con la hija de Danglars, esta ultima reclamando la libertad que el encorsetado nivel de vida de un padre, que no la quiere, y de una madre que la ignora, viéndose obligada a tomar para sí en sus relaciones sexuales y sociales.

También hay premios para quien siguió siéndole fiel a Edmundo: Morrel, el naviero, recibe junto con el premio de una nave que creía perdida, la gratitud del extraño banquero y la muerte bendita en medio de la dignidad que creía perdida. Es su hijo, al igual, que los demás, quien recoge los frutos que la s acciones de su padre para con Montecristo: y, tras ser protegido innumerables veces por el conde, consigue obtener los favores, el amor y la mano de la hija de Villefort, quien está a punto de ser envenenada por la mujer de éste, en una  maniobra para apartarla de la herencia que ella quiere para su hijo, quien al final es el que muere víctima de las maquinaciones de su madre.

En fin: la suprema venganza de Montecristo es la de sentirse como Dios (el nombre puede servir como juego inductor), impartiendo justicia en este mundo, premiando a los buenos y castigando a los malos, pero admirando delante de sí un vacío existencial enorme en el momento en que su misión se cumple. No puede recoger su vida, porque él murió, y su resurrección ha sido solo metafísica con el objeto de hacer del mundo un lugar menos injusto.

Su retiro espiritual y su fuga hacia oriente como decisión final de acabamiento es el colofón de esta novela inspirada en el silencio de Dios, pero del que sólo recoge la vertiente vengadora y nunca la misericordiosa, a lo mejor porque en definitiva, Montecristo, no es Dios, sino un hombre, un simple mortal, herido, miserable, roto, muerto, digno de lastima y de olvido.


Tags: CEBRERO, comentario, Conde de Montecristo, Dumas, novela

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