Domingo, 06 de septiembre de 2009
Publicado por Curunir @ 11:56  | Ensayo
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La gnosis[1] es un movimiento intelectual complejo y variado. Los especialistas convienen en llamar “gnosticismo” a un conjunto de doctrinas y teorías que surgen a partir del siglo II; la “gnosis”, en cambio, sería el conocimiento de los misterios divinos, reservado a una elite, que permite liberarse del destino. Lo que podría denominarse la “familia gnóstica” comparte un conjunto de tesis generales que conocen una infinidad de matizaciones y particularidades que ahora no hacen al caso, será suficiente con recordar que todos ellos, entremezclando el discurso platónico con la exégesis neotestamentaria, sostiene que en el hombre habita una chispa divina que procede del mundo celestial, más por una falta o porque así lo ha dispuesto el destino ha caído en este mundo sensible sometido al nacimiento y la muerte. Los Hombres, empro, poseen algo sobrehumano en sí, y unos pocos de ellos, una minoría de varones, aun en medio de la maldad y corrupción más extremas, pueden despertar este elemento divino para reintegrarlo al mundo superior del que era originario, liberándose de este modo del mal y la fatalidad.[2] Servio describe del siguiente modo el proceso de caída:

Según las almas descienden, se van invistiendo del torpor de Saturno, la ira de Marte, la concupiscencia de Venus, la lujuria de Júpiter; todas estas adherencias producen confusión en las almas, de suerte que ya no son capaces de utilizar su propia potencia y sus propias facultades. (In Aen. VI, 714”

Puede entenderse que el alma humana tiene un núcleo o una chispa divina a la que se adhieren, como envoltorios o vestiduras, una serie de capas que ocultan su verdadera y auténtica naturaleza divina, según una estructura similar pero inversa a la del cosmos en su totalidad, cuyo envoltorio más extenso, donde habitan los dioses, se corresponde con el más íntimo del alma humana, mientras que el estrato más externo de los seres humanos, de naturaleza material y rebosante de males y vicios, se asocia con este mundo nuestro, que es, en efecto, lo que está más dentro en el esquema esférico del cosmos. De manera paralela, la topología externa del ascenso a través de las esferas puede interiorizarse como la progresiva liberación de todas esos sedimentos que habían ido pegándose al alma de su descenso. “La dinámica de una progresiva autotransformación espiritual – escribe Hans Jonas – se corresponde con el empuje espacial a través de las esferas celestes. De ese modo, la propia transcendencia podía volverse inmanencia, de suerte que el entero proceso se convertía en espiritual y se ponía dentro de la órbita del sujeto.[3]

La gnosis sería así una más de las muchas doctrinas que sustentan la tesis de la degradación de lo divino y la necesidad de una saber de redención; su peculiaridad radicaría en plantearla dentro de una complejo marco teórico que en el caso de la gnosis valentiniana, que con toda probabilidad está por detrás de las críticas plotinianas, puede resumirse en los siguientes puntos. Existen tres hipóstasis divinas: el sumo Transcendente (también llamado Pre-Principio, Pre-Padre y Abismo), el Intelecto o Pensamiento (también llamado Gracia y Silencio) y el Alma o Sophía. El Sumo Transcendente es absolutamente transcendente: más allá del ser, del uno y del intelecto; con palabras de Ireneo: “ es para ellos [los gnósticos] inabarcable en su manera de ser e invisible, sempiterno e ingénito”. Pensamiento y Silencio vivieron en común “infinitos siglos en magna paz y soledad”. Continúa Ireneo:

Una vez, pensó este Abismo emitir de su interior un principio de todas las cosas, y esa emisión que pensaba emitir la depositó a manera de simiente en Silencio, que vivía con él, como en una matriz. Habiendo ella recibido esta simiente y resultado grávida, parió un nous lo llaman también Unigénito, Padre y Principio de todas las cosas. Junto con él fue emitida Verdad (Adv. Haer. I, 1,1).

También para Platón el cosmos es único, unigénito y amado de dios ( Tim. 31 a-b). De esta “primera y principal tétrada pitagórica” (también llamada Raíz del universo) se deriva un drástico dualismo cosmológico: entre el mundo superior (pléroma) y el inferior (kénoma) hay una radical diferencia, si bien existe un espacio intermedio que participa de ambos ( la ogdóada, el octavo cielo en la esfera de las estrellas fijas). Se suceden entonces las emisiones y la multiplicación de entidades. El pléroma está compuesto por treinta eones, que de esta manera llamaban los gnósticos a las entidades o personificaciones del mundo superior y pleromático: una Ogdóada ( Abismo y silencio, Mente y Verdad, Lógos y Vida), una década (diez seres engendrados por Lógos y Vida) y una duodécada formada por seis parejas engendradas por Hombre e Iglesia.

El Unigénito, por su parte, ha sido emitido para que exista una imagen asequible del Padre supremo, que así se da a conocer en aquél a través del conjunto de virtualidades que constituyen el pleroma[4]. No hace falta señalar que tan difícil conocimiento queda reservado a unos pocos elegidos. El Primogénito, pues, es la imagen terrena del Unigénito: a través de aquél se refleja éste, pudiendo así ser conocido. Por esto en la gnosis o conocimiento está la salvación. Logos y vida emiten al eón Hombre, no el hombre empírico y sensible, sino el modelo de ser racional plenamente habitado por la chispa divina a la que me refería antes. El Hombre se empareja con el eón Iglesia, la comunidad de los elegidos, de donde se sigue con necesidad que el conocimiento y la salvación sólo está al alcance de unos pocos.

El problema pueden plantearse en los siguientes términos: el eón Sabiduría desea conocer al Padre, Unigénito. La alegoría es clara: el consorte de Sophía es Deseado, el deseo común a todos los eones de allegarse lo más posible al Sumo Transcendente, un deseo conforme a la voluntad suprema, pero sólo en la medida en que se mantenga dentro de ciertas fronteras, respetando los límites de la economía cósmica y cognoscitiva deseada por el Padre. Los eones – explica Ireneo – “concebían en su paz un cierto deseo de ver al que había emitido su simiente y de saber acerca de la raíz sin principios”. Sabiduría, sin embargo, “experimentó una pasión sin el abrazo de su cónyuge, Deseado”: al ver que todos los demás eones estaban unidos en conugios mientras ella carecía de cónyuge, lo buscó en las regiones inferiores, “donde alumbra un fruto congruente a las circunstancias morales de su aventura”[5].

“Lo que había tenido su comienzo con los que estaban en torno al Intelecto y la Verdad, se concretó en esta descarriada, en apariencia por causa del amor, pero de hecho por audacia, porque no tenía comunidad con el Padre perfecto, como la tenía el Intelecto (Adv. Haer, I.2,2.).

El proceso habría sido fatal, pues por la audacia de Sophía lo que era un deseo legítimo se convirtió en una pasión desordenada de saber que arrastró consigo a la totalidad de los eones, dada la solidaridad óntica que los une. Por eso el Todo de los eones necesita redención. Dicho de otra manera, aunque el mal surgió por el deseo inmoderado de Sabiduría, afecta, sin embargo, a la totalidad de la realidad, superior e inferior. La pasión de Sabiduría se resolvió a su vez en res pasiones: temor, tristeza y perplejidad. Hay, sin embargo, una fuerza llamada Límite “que consolida y conserva a los eones fuera de la inefable grandeza”, esto es, que separa al Sumo Transcendente y al Pleroma situando a Sabiduría en el marco pleromático en el que cumple su cometido dentro de la economía del Todo sin permitir la audacia de querer conocer el verdadero y auténtico primer principio, absolutamente transcendente y de todo punto inefable e incognoscible. La gnosis perfecta del Padre queda reservada al Unigénito, en el mundo inferior reina la más absoluta de las ignorancias, si bien entre esta perfección hy la ignorancia cabe el conocimiento racional, mas sólo para aquellos que por ser Iglesia reciben la iluminación de Cristo-Logos. Vuelvo a citar a Ireneo:

“Cristo les enseñó la naturaleza del conyugio. [ya que eran capaces de acceder a la comprensión el Ingénito] y anunció entre ellos el conocimiento del Padre, a saber, que es inabarcable e incomprensible, que no se le puede ver ni oír, sino solamente a través del Unigénito, y que la causa de la eterna permanencia de los eones reside en la incomprensible del Padre, mientras que la causa de su generación y de su formación depende de lo que en él hay de comprensible, esto es, el Hijo. (Adv. Haer. I, 5).

El Límite, pues, escinde a Sophía : en parte la redime al reintegrarla a su puro ser substancial y en parte la expulsa del Pleroma: surge así la Sabiduría inferior o Achamot (también llamada Madre) y la determinación abstracta del mal a la que me refería más arriba se concreta cosmológicamente, pues el pecado de Sophía es al mismo tiempo principio de la emanación del mundo inferior y material. Interviene el Demiurgo a modo de eslabón entre lo incorporal (la materia inteligible) y lo corporal, formando a los “seres corporales a partir de los incorporales” (Adv.  Haer. I, 5, 2)., más ignorando los modelos: “ignoraba los modelos de las cosas que hacía y aun la existencia de la Madre misma, creyendo serlo él todo” (Avd. Haer, I,5,3.)

Una vez creado el mundo, el Demiurgo hizo al hombre terreno a partir de la materia no del todo degradada, materia incoroporal, derivada de las pasiones de Sabiduría. El hombre, pues, es material, si bien el Demiurgo insufló a algunos de esots hombres materiales su propia sustancia, la sustancia psíquica: surgen así los “hombres psíquicos”, hechos “a semejanza” del Demiurgo. Es también el momento del Cristo-Salvador, que completa el momento de iluminación con el redención: gracias a su labor redentora la Sabiduría se convierte en madre de algunos hombres a través del Demiurgo, que en estos momentos actúa en la ignorancia como mero eslabón intermedio; estos hombres, los “espirituales”, escogidos por el Salvador, reciben el elemento espiritual (si bien imperfecto) de Sabiduría. Tenemos así tres tipos de hombres: los hílicos (cuya sustancia puramente material no es otra cosa que las pasiones de Sabiduría), los psíquicos (cuya sustancia es material y también psíquica) y los espirituales (compuestos de las sustancias material, psíquica y espiritual).

Con estas explicaciones no se decide tanto una antropogenia y una antropología cuanto una soteriología, pues cada uno de estos tipos de hombres representa posibilidades distintas de salvación.[6] El constructo teórico se  justifica y alcanza coherencia desde su final, cuando los gnósticos dibujan su propia autocomprensión como “elegidos”, hombres “espirituales” a imagen de los ángeles del Salvador que constituyen la verdadera Iglesia gnóstica. Sólo ellos poseen la gnosis y sólo ellos puedan transmitirla a los restantes hombres, siempre y cuando sean “psíquicos”, cuya alma se esfuerza por retornar al mundo superior, y no meramente “hílicos”, cuya sustancia es sólo material y que por tal motivo serán destruidos al final de los tiempos, cuando el fuego aniquile todo lo material (“la materia no es capaz de salvación”). El alma de los espirituales y los psíquicos, por el contrario, asciende hasta lo alto y disfruta de beatitud eterna, pero sólo la de los primeros, cuando se consumen los tiempos, se remontará hasta su verdadero origen y conseguirá la felicidad perfecta, escapando de este modo de la fatalidad y del destino, porque sólo ellos 8 tras pruebas tan duras como las que atravesó Odiseo antes de regresar a Ítaca o los hebreos que debieron recorrer el desierto antes de ver la tierra prometida o como las que padeció eneas antes de pisar suelo Itálico) han comprendido en este mundo que no son de este mundo, porque la patria del gnóstico no pertenece al mundo, sino que está dentro de él, es él mismo.[7]  Muy pocos pueden alcanzar estas cimas de conocimiento y autoconomiento sólo los hombres espirituales , aun en medio de los más terribles sufrimientos, saben que les ama Sabiduría, que ha compartido con ellos el dolor de la caída y del alejamiento del Padre, pero sabe de Él, de su verdad y su luz.

Si me he detenido aunque sea con brevedad y a grandes rasgos en el gnosticismo es porque representa una versión intelectualizada (al menos en la medida en que posee un fuerte sustrato filosófico) de tendencias muy presentes en la religiosidad imperial, que insinúan el descrédito y la inoperancia de las formas de culto oficiales y más reconfortadora que proporcionaba un dios particular, venerado dentro de un grupo del que el fiel podía esperar confianza y seguridad[8]. El gnosticismo satisfacía la necesidad que sentían algunos individuos de reunirse en un grupo limitado de escogidos, al margen de las celebraciones oficiales, con la ventaja adicional de presentar las necesidades soteriológicas (tan bien servidas por las religiones orientales) bajo la forma del canon intelectual grecolatino: el Timeo al servicio de místicas de redención y salvación.

Por otra parte, las diversas sectas gnósticas también ponían a disposición de los fieles un clero especializado capaz de enseñar y dirigir las conciencias. No hay que olvidar que la gnosis es conocimiento salvífico, pero que esta soteriología sólo puede obtenerse dentro de grupos muy concretos y determinados en cuyo seno, en principio, desaparecen todas las diferencias, porque la condición de hílico, psíquico o espiritual es independiente del status social. Muchos son los llamados, pocos los elegidos, porque aún cuando la secta está abierta a todos, sólo una minoría tiene la fuerza y el valor necesarios para seguir sus elevadas exigencias. De aquí la necesidad de sacerdotes, por la debilidad inherente a la mayoría de los seres humanos.

Cabe incluso suponer la existencia de rituales mistéricos gnósticos, desconocidos pero que cabe imaginar celebrados por los hombres espirituales y dirigidos a individuos que experimentan el delicioso tormento de ignorar si se encuentran entre los elegidos, la duda de no saberse con entera certeza hombre psíquico, el miedo de ser hombre material, la progresiva superación de este temor al someterse a los consejos y exigencias de los hombres espirituales, apropiándose de este modo de los elevados misterios que acercan a ellos. En algunas sátiras de Luciano se leen las formas más toscas de esta forma de proveer, que es, por cierto, la misma que experimenta Lucio en los momentos finales de las Metamorfosis de Apuleyo, y aunque la gnosis representa el otro extremo, pues su fe toma pie en formas de conocimiento muy elaboradas, el sentimiento es idéntico: la confrontación continua entre lo humano y lo divino, el desequilibrio entre las exaltadoras promesas de inmortalidad y la obsesión por la indignidad humana, entre el esfuerzo de perfeccionamiento moral y la sujeción fanática a ritos extraños y complicados[9]



[1] Fragmento de El pensamiento romano, de Salvador Mas . Cap. XXIII “Plotino, la gnosis y el problema del mal”, Tirant lo Blanch, Valencia 2006 (pgs. 596-602). Las siguientes notas al pie pertenecen al fragmento escogido.

[2] Cfr. U. Bianchi (1970), p p. XX-XXI

[3] H. Jonas (1992),p. 166.

[4] Sigo las explicaciones de J. Montserrat Torrents (Gredos 1983) pp. 259 y ss.

[5] Ignacio Gomez de Liaño (1998), p. 450

[6] “Y por esto, precisamente, vino el Salvador a lo psíquico, porque tiene libre arbitrio, para salvarlo. Pues sostienen que recibió las primicias de aquellos a los que iba a salvar: de Achamot recibió lo espiritual, del Demiurgo se revistió del Cristo psíquico, de la economía recibió el cuerpo como vestido, poseedor de sustancia psíquica, construido con un arte secreto de modo que resultara visible, tangible y posible. Pero nada en absoluto recibió – dicen – de material, pues la materia no es capaz de salvación. Se dará la consumación cuando se forme y alcance la perfección en el conocimiento todo lo espiritual, es decir, los hombres espirituales que poseen el perfecto conocimiento acerca de Dios y han sido iniciados en los misterios de Achamot. Y sostienen que los tales son ellos mismos, precisamente” (Adv. Haer. I, 6, 1).

[7] Cfr. I. Gómez de Liaño (1998), p. 470.

[8] J. Bayet (1984), 208.

[9] J. Bayet (1984), p. 249.


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