Mi?rcoles, 16 de septiembre de 2009
Publicado por Curunir @ 20:34  | Rese?a
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BROOKLYN FOLLIES[1]: PAUL AUSTER

Parecido a otras

 

Sobre su tono descriptivo, respecto a Faulkner

Sobre su caracterización de personajes: La conjura… de Toole

 

 Respecto a Faulkner

 

Tiene un modo peculiar de presentar las acciones. Casi todas ellas se expresan a manera de hechos consumados, sin posibilidad alguna de retroacción, lo que hace que sea inviable andar reflexionando entre ellas. Ello es debido a la falta de sinceridad del personaje narrador, más que falta de sinceridad a falta de precisión sobre aquello que adelanta, a modo de serial barato. 

Aparece en especial en el primer capítulo de la novela, el menos informativo de cuantos primeros capítulos pueda un lector desear y sobre todo el que menos precisión o más mentiras desarrolla. Todo en el es impreciso, vago, escurridizo.

"Al principio, no sabía cómo ocupar mi tiempo"  pg. 10 ( no se especifica el origen de este principio, y tiene que darse por sabido que este principio de los tiempos arranca desde el mismo día de su instalación en Brooklyn, un barrio que además el autor, con conocimiento de causa, indica al lector que escoge "para morir", lo que luego resulta falso. Además el lugar escogido, no lo es a propia voluntad y por un deseo vehemente, o expreso, sino que lo escoge porque " Alguien me recomendó Brooklyn", y "Al día siguiente" (obsérvese la falta de coherencia entre la falta de deseo, la desgana y el hecho de morir, y la prisa que se da el personaje en marcharse a un lugar buscado para morir y el hecho que alguien le recomendara Brooklyn para hacerlo.  Desde el punto de vista formal hay que tomar a este "alguien", anónimo, como el verdadero impulsor de la novela.

En este tipo de manifestaciones imprecisas, vagas, a la hora de describir situaciones, personajes, es a lo que me refiero cuando observo cierto parecido con el impulso disgregador de Faulkner, impreso en sus personajes más misteriosos, en especial Slopes (cuyo apellido aparece varias veces mencionado a lo largo de la obra referido a otros trasuntos).

 

 

La conjura… de Toole

 

Los actantes figuran en torno al narrador casi todos como adyuvantes, al contrario que en la novela de Toole, pero igualmente tocados por un halo de necedad o de triste locura.

Todos andan como perdidos hasta que se topan con el personaje del protagonista narrador, que de esta manera se convierte en redentor. El nombre de Nathan Glass opera como un identificativo: Nathaniel Hawthorne es el paradigma contrario (hay un capitulo en que juega con el nombre del autor de la "Letra Escarlata", convirtiéndolo en Hawthorn ("espino"): clara contraposición a Glass ("Cristal").d

Es el último personaje que figura explícitamente en la obra, Rory, la sobrina del narrador, es rescatada del mundo sectario estadounidense, por este Nathan Glass, tan contrario al otro Nathan, Hawthorn, cuyo nombre era el de la calle donde ella residía.

Por otro lado, casi toda referencia a textos literarios es claramente intencionada, y en casi todos los pasajes burdamente exhibida por el autor, al contrario de las referencias de Toole, que son todas vagas, inconexas, discretas, pero de algún modo localizables por un lector medio. Esta característica de utilizar el texto literario como instrumento o vía de demostración de conocimientos literarios no se justifica en esta obra que es básicamente de personajes o situaciones, en la que no se discuten grandes temas de la literatura, o donde la historia de la humanidad nada tiene que decir, o donde no se intertextualiza ninguna acción de cualquier otra obra clásica que opere como objeto referencial; más bien, es el recurso  típico del autor inseguro y principiante que quiere dejar claro a los lectores de cultura superior que opera conscientemente con los iconos o referencias culturales. Esto rebaja claramente la calidad de una prosa ya por sí demasiado vulgarizada. La incoherencia entre la falta de altura de la prosa usada y el supuesto bagaje literario que el autor pretende se le reconozca aquieta el valor de la novela y la sitúa entre los productos consumibles de la cultura mediática, característica tan propia del mundo editorial norteamericano. 

Sobre el carácter enfermizo de los personajes, la cuestión del yo narrador y el estado actancial, el conocimiento de los medios y los hechos, se hablará en otro lugar; sin embargo, hay que dejar anotado que en el planteamiento y diseño estructural implosivo de todo el mundo, el colorido naif de las escasa descripciones con especial fijación en cuestiones vulgares cuando no escatológicas, el trazo de las secuencias y los diálogos, la explicitud de las referencias sexuales, etc.  evidencian una influencia más que notable de la  novela de Toole.

 

 

Introducción de los personajes

 

Surgen por invocación del autor, revelando de inmediato su carácter de ser no meros adyuvantes del personaje narrador, sino los auténticos protagonistas de la novela. Conforme la novela va avanzando, los personajes modelan y remodelan el devenir de su fábula hasta hacerse con ella, de manera que son ellos y no la historia en sí a quienes determinan la sustancia de la acción del relato.

 

 

Nada hay dejado al azar y lo que parece tal, no es sino un tejido fino del autor, lo cual revela la intención de pergeñar la historia como una justificación de la aparición de los personajes. Esto hace que los mismos sean realmente quienes manejen todo el meollo novelesco, quedando la acción del relato supeditada a las voliciones y a menudo excentricidades de los personajes convertidos ya en auténticos demiurgos indirectos.

 

 

Que las acciones y circunstancias de Tom condicionen la vida y su perspectiva de Nathan, junto con los personajes adyacentes a este personaje, hacen que el propio narrador protagonista ceda este protagonismo a aquél. Ni que decir tiene las consecuencias posteriores de la gamberrada de Lucy y el posterior fallecimiento de Harry. Así en un encadenado muy bien tejido por el autor, que en boca de un narrador sumamente residual como Nathan, consiguen un efecto de panoplia, de cuadro de familia que al final no es posible olvidar. No informa, sino performa, y por lo mismo, son personajes que pretenden cuya peripecia persigue quedar indeleble en la mente del lector.

 

 

El motivo quizá pueda encontrarse en el hecho de que la existencia misma de dichos personajes en torno al narrador protagonista comporta un ascenso de la calidad de la vida afectiva de éste, y por consecuencia una sensación de que su persona se transforma en radio alrededor del cual giran de manera coherente las vidas de los demás. Una especie de novela hacia lo alto, con final feliz aunque fugaz, de perfección personal gracias a la socialización, es el mensaje último y básico que he podido encontrar en esta obra.

 

 

El yo narrador

 

 Personaje enfermo

 

Una de las características del personaje narrador es la de hacer creer al lector desde el principio que su enfermedad es mortal.

Luego, conforme avanza la acción del relato, el propio narrador nos confiesa que se trata de una mentira y que su enfermedad, aunque mortal en oro tiempo,  se trataba de un cáncer que acaba superando, de hecho, cuando afirma al principio de estar buscando un lugar para morir, no es del todo sincero sobre lo que se sugiere con esta frase, ya que su muerte no es inminente, n está desahuciado por la medicina y busca como lo que parece un lugar donde retirarse a sufrir sus últimos momentos en el aislamiento o en soledad, sino todo lo  contrario, se encuentra ya sano de la enfermedad que lo jubiló y con dinero en el bolsillo merced a las transacciones referidas a la disolución del matrimonio. Lo que pormenoriza sin sentido alguno en los primeros compases de la obra.

De hecho, las alusiones a su supuesta enfermedad son solo retóricas, y puede asociarse a la enfermedad social del aislamiento el hecho de encontrarse enfermo para el mundo, una vez que el matrimonio se deshace y se encuentra completamente solo, hasta abandonado por Rachel, su única hija, de quien no soporta su extraordinaria capacidad de comportarse de manera obvia.

 



[1] Brooklyn Follies.- Paul Auster, Ed. Anagrama, 2006, en col. 2009.


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