Mi?rcoles, 22 de julio de 2009
Publicado por neracare @ 16:41  | Ensayo
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                           LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

   

                         

                                INTRODUCCIÓN

 

                   La Guerra Civil al cabo de sesenta años

 

        A escala geográfica y humana y dejando aparte los horrores tecnológicos, la Guerra Civil se ha visto empequeñecida por conflictos posteriores. No obstante, ha generado alrededor de quince mil libros, epitafio literario, equiparable al de la Segunda Guerra Mundial. En parte, esto refleja la medida en que incluso después de 1939, la guerra siguió librándose entre los nacionalistas victoriosos y los republicanos derrotados y exiliados. Pero además, y sobre todo por lo que respecta a observadores extranjeros, la pervivencia del interés por la tragedia española estaba íntimamente ligada a la prolongada vida de su vencedor. El ininterrumpido disfrute del general Franco de un poder dictatorial, logrado con la ayuda de Hitler y Mussolini, suponía una afrenta exasperante para los oponentes del fascismo de todo el mundo. Además, nunca se permitió que la destrucción de la democracia en España se convirtiera en un desaparecido vestigio de las humillaciones del período de pacificación: lejos de intentar cicatrizar las heridas de la contienda civil, Franco se esmeró por mantener la guerra como una llaga viva y ardiente, tanto dentro como fuera de España.

        El recuerdo de la victoria franquista sobre el comunismo internacional fue frecuentemente utilizado para solicitar los favores del mundo exterior. Tal fue el caso cuando justo después de la Segunda Guerra Mundial se hicieron frenéticos esfuerzos por disociar a Franco de sus antiguos aliados del Eje. Ello se hizo subrayando su oposición al comunismo, al tiempo que se restaba importancia a su igualmente firme oposición a la democracia liberal y al socialismo. Durante la guerra fría se utilizó el irrefutable anticomunismo del bando nacional para consolidar una imagen de Franco como baluarte del sistema occidental, como el “centinela de Occidente” según la frase acuñada por sus propagandistas. En el interior de la propia España, los recuerdos de la guerra y de la consiguiente y sangrienta represión fueron cuidadosamente alimentados para mantener lo que se ha llamado “el pacto de sangre”. El apoyo social al dictador provenía de una insólita coalición entre los más privilegiados –terratenientes, industriales y banqueros- y lo que se ha dado en llamar las “clases de servicio” del franquismo –aquellos miembros de las clases media y trabajadora que por diversas razones (oportunismo, creencias o circunstancia geográfica durante la guerra) compartieron su suerte con la del régimen y, finalmente, aquellos católicos españoles comunes que apoyaron a los nacionalistas como defensores de la religión, la ley y el orden. Los recuerdos de la guerra iban a ser muy útiles para reafirmar la vacilante lealtad de alguno de estos grupos, o de los tres.

        En general, los privilegiados se mantuvieron distanciados de la dictadura y despreciaron su propaganda. Sin embargo, aquellos que se implicaron en las redes de corrupción y represión del régimen, los beneficiarios de las matanzas y del pillaje, eran especialmente susceptibles a las sugerencias de que solamente Franco se interponía entre ellos y las venganzas de sus víctimas. En cualquier caso, para muchos que trabajaban para el dictador en la gigantesca burocracia de su partido único, el Movimiento, en su organización sindical o en su amplia red de prensa como policías, guardias civiles, humildes serenos o porteros, la Guerra Civil era una parte esencial de su currículum y su sistema de valores. Y fueron ellos quienes, en los años setenta, constituyeron lo que se conoció como el búnker, los franquistas intransigentes, dispuestos a seguir combatiendo por los valores de la Guerra Civil desde los sótanos de la Cancillería. Pero un compromiso similar y aún más peligroso los consagraba como defensores de la herencia de lo que los derechistas españoles llamaban el 18 de julio (por la fecha del alzamiento militar de 1936). Desde 1939, en las academias militares se había educado a los oficiales en la creencia de que su misión era defender a España del comunismo, el anarquismo, el socialismo, la democracia parlamentaria y los separatistas que pretendían destruir su unidad. Por tanto, después de la muerte de Franco, el búnker y sus partidarios militares intentaron, una vez más, destruir la democracia en España en nombre de la victoria nacionalista de 1939.

        Quizá para estos ultraderechistas los esfuerzos de la propaganda nacionalista por mantener los odios de la Guerra Civil eran gratuitos. Sin embargo, el régimen consideraba esencial tal propaganda de cara a aquellos partidarios españoles que prestaron a Franco un apoyo pasivo que abarcaba la renuencia. Los católicos y los miembros de las clases medias que experimentaron horror ante la visión de los desórdenes republicanos y el anticlericalismo promovido por la prensa izquierdista, fueron inducidos a cerrar los ojos a los aspectos más repulsivos de la sangrienta dictadura mediante un recuerdo constante y exagerado de la guerra. Al cabo de unos meses del cese de las hostilidades, se publicó una voluminosa Historia de la Cruzada en fascículos semanales, que glorificaba el heroísmo de los vencedores y retrataba a los vencidos como marionetas de Moscú, como miserablemente egoístas o como locos sanguinarios perpetradores de sádicas atrocidades. Hasta muy entrados los años sesenta, una sarta de publicaciones, muchas de ellas dirigidas a los niños, presentaban la guerra como una cruzada religiosa contra la barbarie comunista.

        Más allá de las fronteras herméticamente cerradas de la España de Franco, los derrotados republicanos y sus simpatizantes extranjeros rechazaban la interpretación franquista de que la Guerra Civil había sido una batalla de las fuerzas del orden y la verdadera religión contra una conspiración judeo-bolchevique-masónica. Por el contrario, sostenían que la guerra había sido la lucha de un pueblo oprimido en busca de una calidad de vida decente contra la oposición de las atrasadas oligarquías españolas terrateniente e industrial y de sus aliados nazis y fascistas. Por desgracia, las opiniones profundamente divididas sobre las razones de su derrota les impedían presentar una visión monolíticamente coherente de la guerra, como hicieron sus oponentes franquistas. De un modo que debilitó su voz colectiva, pero que enriqueció enormemente la literatura sobre la Guerra Civil, se enzarzaron en un vociferante debate sobre si la habrían ganado en el caso de que hubieran desencadenado la guerra revolucionaria abogada por los anarquistas y los trotskistas, en oposición al aumento del esfuerzo bélico impuesto por los todopoderosos comunistas del PCE.

        Posteriormente, los simpatizantes republicanos se enzarzaron en un debate sobre “guerra o revolución”, incapaces de ponerse de acuerdo sobre las causas de la derrota de la izquierda. Durante la guerra fría, este debate fue utilizado con éxito para difundir la creencia de que fue la opresión estalinista de la revolución en España lo que permitió la victoria de los nacionales. El Congreso para la Libertad Cultural, dependiente de la CIA, patrocinó numerosas investigaciones sobre la Guerra Civil que propagaron tal idea. El éxito de la antinatural alianza entre anarquistas, trotskistas y los partidarios de la guerra fría ha oscurecido el hecho de que Hitler, Mussolini, Franco y Chamberlain –y no Stalin- fueron responsables de la victoria nacionalista. Sin embargo, las nuevas generaciones han seguido investigando la Guerra Civil, a veces estableciendo paralelismos con las luchas de liberación nacional de Vietnam, Cuba, Chile y Nicaragua, y otras veces buscando en la experiencia española sólo el idealismo y el sacrificio asociados de manera tan singular y actualmente ausentes de la política moderna.

        La significación de la Guerra Civil tanto para los partidarios de Franco como para los militantes de izquierda de todo el mundo no explica del todo la fascinación aún más amplia que hoy todavía sigue ejerciendo el conflicto. A la sombra de la Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam, la guerra española sólo puede resultar insignificante. Como ha señalado Raymond Carr, comparado con Hiroshima o Dresde, el bombardeo de Guernica parece un “pequeño acto de vandalismo”. Y sin embargo provocó una polémica más encendida que casi cualquier otro incidente de la Segunda Guerra Mundial. Y esto no se debe –como algunos podrían pensar- a la fuerza del lienzo de Picasso, sino porque fue la primera destrucción total de un objetivo civil indefenso mediante bombardeo aéreo. En consecuencia, la Guerra Civil española ha quedado grabada a fuego en la conciencia europea, no sólo como el ensayo de una guerra mundial de mayores dimensiones que se iba a producir más tarde, sino como un presagio de la apretura de las compuertas de una nueva y horrible forma de guerra moderna, universalmente temida.

        Debido al compartido temor colectivo hacia lo que podía significar la derrota de la República española, hombres y mujeres, trabajadores e intelectuales se unieron a las Brigadas Internacionales. En 1936, la izquierda europea vio claramente lo que durante tres años la derecha democrática decidió ignorar: que España era el último baluarte contra los horrores del hitlerismo. En una Europa que todavía ignoraba los crímenes de Stalin, las Brigadas organizadas por los comunistas parecían luchar por cosas que aún merecían la pena salvar, como los derechos democráticos y las libertades sindicales. Los voluntarios creían que luchando contra el fascismo en España, también lo combatían en sus propios países. El buceo en las sórdidas luchas de poder en la zona republicana entre comunistas por un lado, y socialistas, anarquistas y trotskistas del POUM por otro, no puede disminuir el valor del idealismo de las personas implicadas en ellas. Además, hay un matiz inmensamente trágico en los refugiados italianos y alemanes que huían de Mussolini y Hitler y que, finalmente, se alzaron en armas contra sus perseguidores para verse derrotados otra vez.

        Pero hacer sólo hincapié en el impacto de los horrores de la Guerra Civil y en la importancia de la defensa contra el fascismo es perder de vista uno de los aspectos más positivos de la experiencia republicana: el intento de empujar a España hacia el siglo XX. En la Europa gris de los años de la Depresión, lo que estaba sucediendo en el país parecía un experimento emocionante. El célebre comentario de Orwell lo veía así: “De inmediato reconocí que aquel era un estado de cosas por el que valía la pena luchar”. Los logros culturales y educativos de la República eran sólo los aspectos más conocidos de una revolución social que tuvo más impacto en el mundo contemporáneo que los de Cuba y Chile en los años sesenta: España no sólo era cercana, sino que sus experimentos sociales se realizaron en un contexto de desencanto generalizado respecto a los errores del capitalismo. En 1945 la lucha contra el Eje estaba íntimamente ligada a la conservación del viejo mundo. En cambio, durante la Guerra Civil la lucha contra el fascismo aún se veía, simplemente, como el primer paso para la construcción de un nuevo mundo igualitario y libre de los males de la Depresión. En el transcurso de la guerra, las exigencias del esfuerzo bélico y los conflictos internos iba a interponerse en el camino hacia el pleno florecimiento de las colectivizaciones industriales y agrarias de la zona republicana. No obstante era, y es, fuente de estímulo el modo en que la clase obrera española se enfrentó a la doble tarea de combatir el viejo orden y construir uno nuevo. El líder anarquista Buenaventura Durruti expresó a la perfección ese espíritu cuando le dijo a un periodista: “No nos dan miedos las ruinas, porque vamos a heredar la tierra. La burguesía puede hacer estallar o arruinar su mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Pero nosotros llevamos un nuevo mundo en nuestros corazones”.

        Todo ello sugiere que quizá el interés por la Guerra Civil española se base en la nostalgia por parte de los que vivieron, desde la derecha y la izquierda, y en el romanticismo político por parte de los jóvenes. Después de todo, hay motivos suficientes para representarla como “la última gran causa”. No fue casual que la contienda inspirara a los más grandes escritores de la época de un modo que no se ha repetido en ningún conflicto posterior. Sin embargo, dejando de lado la nostalgia y el recuerdo, es imposible exagerar la verdadera importancia histórica de esta guerra: más allá de su impacto en la propia España se convirtió en gran mediad, en el centro de gravedad de los años treinta. Baldwin y Blum, Hitler y Mussolini, Stalin y Trotski tuvieron papeles importantes en el conflicto español; fue en España donde se forjó el Eje Roma-Berlín a medida que quedaban implacablemente expuestas las insuficiencias de la política de pacificación. Por encima de todo, se trató de una guerra española, o más bien de una serie de guerras españolas, y también fue el gran campo de batalla internacional del fascismo y el comunismo. Y mientras el coronel Von Richthofen experimentaba en el País Vasco las técnicas de la Blitzkrieg (guerra relámpago), que más tarde perfeccionó en Polonia, agentes de la NKVD soviética reprodujeron los juicios de Moscú con los cuasitrotskistas del POUM como protagonistas.

        Tampoco carece de relevancia el conflicto español desde el punto de vista contemporáneo. En cierto modo, la guerra surgió de la violenta oposición de las clases privilegiadas y sus aliados ante los intentos reformistas de los gobiernos republicanosocialistas para mejorar las condiciones de vida de los miembros más desfavorecidos de la sociedad. Apenas necesitan señalarse los paralelismos con el Chile de los años setenta o la Nicaragua de los ochenta. Del mismo modo, la facilidad con que la República española se desestabilizó mediante desórdenes hábilmente provocados tuvo ecos sombríos en Italia, e incluso en España en la década de los ochenta. Afortunadamente, en 1981 la democracia española sobrevivió a los intentos de derribarla llevados a cabo por militares nostálgicos de una España franquista de vencedores y vencidos. La Guerra Civil también se debió a la determinación de la extrema derecha en general, y del Ejército en particular, de aplastar los nacionalismos vasco, catalán y gallego. España no presenció una “limpieza étnica” como la llevad a cabo en Yugoslavia. Sin embargo, Franco intentó, sistemáticamente, durante y después de la guerra, erradicar todos los vestigios de nacionalismos locales, políticos y lingüísticos. El genocidio cultural llevado a cabo por el nacionalismo centralista de Castilla ha provocado comparaciones entre la crisis española y bosnia.

        En la propia España, el cincuenta aniversario de la guerra en 1986 se caracterizó por un silencio ensordecedor. Hubo programas de televisión y algunas discretas conferencias académicas, una de las cuales, bajo el título de “Valencia, capital de la República”, tuvo su póster publicitario diseñado por el artista y poeta Rafael Alberti, que se basó en la bandera republicana, extraoficial pero efectivamente prohibida. No hubo conmemoración oficial de la guerra. Era un acto de prudencia política por parte del gobierno socialista, plenamente consciente de las susceptibilidades de una casta militar educada en los odios antidemocráticos del franquismo. Más aún, era una contribución a lo que se ha llamado el pacto del olvido, acuerdo tácito y colectivo de la gran mayoría del pueblo español de renunciar a cualquier ajuste de cuentas tras la muerte de Franco. Un rechazo a la violencia de la Guerra Civil y del régimen surgido de ésta, prevaleció sobre cualquier sentimiento de venganza.

        De hecho, en 1986, año del cincuenta aniversario del estallido de una guerra que condenó a España al ostracismo internacional durante casi cuarenta años, el país fue formalmente admitido en la Comunidad Europea. Diez años más tarde, se demostró el continuo debilitamiento del franquismo y la lenta consolidación de la democracia cuando el gobierno español, con el apoyo de todos los partidos, concedió la ciudadanía española a todos los miembros supervivientes de las Brigadas Internacionales que habían luchado contra el fascismo durante la Guerra Civil. Era un tardío, pero bienvenido, gesto de gratitud y reconciliación, recuerdo de una España violenta y ensangrentada que ojalá haya desaparecido para siempre.

                                                    Paul Preston: “LA Guerra Civil Española” 1999


Tags: Paul Preston, La Guerra Civil Española, Historia de España, Historia Contemporánea, hispanistas.

Comentarios
Publicado por Curunir
Martes, 04 de agosto de 2009 | 9:45
Te agradezco la colaboraci?n, Neracare. Un art?culo muy oportuno, habida cuenta de las manipulaciones y manejos que los pol?ticos actuales est?n haciendo de la tragedia espa?ola.