Domingo, 31 de mayo de 2009
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        Esa vieja costumbre de sentir

 

     En las viejas décadas de este siglo revuelto han ocurrido relevantes hallazgos, mutaciones, rupturas, vaivenes. Cualquier interesado en el tema podría hacer la lista; yo también, pero no quiero cansar al lector con una nómina de señales que la prensa exhibe diariamente en sus titulares. Sin embargo, se han producido otras alteraciones, menos espectaculares, ya no entre poder y poder, o entre invasor e invadido, sino entre prójimo y prójimo. Como extraña derivación de tales reajustes, los sentimientos están pasando a la clandestinidad. La violencia como abrumadora propuesta de los medios audiovisuales; la desaforada obsesión del consumismo y la inescrupulosa persecución del sacrosanto status; el fundamentalismo del confort; la plaga universal de la corrupción; la represión ilegal, y la otra, la autorizada; la antigua brecha, hoy convertida en profundo abismo, entre acaudalados y menesterosos; todo ello conforma un azote colectivo que castiga las emociones, cuando no las expulsa, las exilia. Acorralados y escarnecidos, los sentimientos pasan a la clandestinidad. A veces hay que esconderse para ejercer o recibir la solidaridad.

     Por otra parte, el virus antisentimental se ha transmitido a las artes y las letras. En más de un país pueden detectarse posturas de cierta crítica que no soporta la aparición o exteriorización del sentimiento. Poseedores de un recién incorporado scanner llamado Kundera, lo deslizan por los altozanos y planicies de cada nuevo libro o nueva canción o nuevo drama, y cuando tropiezan con algún sentimiento rezagado o que aún no ha pasado a la clandestinidad, se atropellan y no dan abasto para etiquetarlo como kitsch, palabra importada del alemán que significa cursi, vulgar, chabacano, de mal gusto, y otras linduras. A veces uno tiene la impresión de que algunos reseñadores culturales sólo están preparados para buscar y detectar lo kitsch (les parece demasiado vulgar decir vulgar). No es que no estén capacitados para sentir, pero quizá se lo oculten a sí mismos para no morirse de vergüenza. Curiosamente, estos fanáticos de Bukowski, sus borracheras, sus eructos en televisión y su sexo explícito, suelen ignorar olímpicamente a Henry Miller, quien también se emborrachaba y fornicaba explícitamente, pero lograba meter todo eso en un clima de poesía, casi de misticismo, y así elevaba su realismo sucio avant- la-lettre a la categoría de arte universal.

     En este hoy agobiante, la agresión al sentimiento comienza desde la infancia. Hace sesenta o setenta años, y antes aún, los niños leían a Verne, a Salgari, los más precoces a Dumas, pero también se entusiasmaban con un libro mucho más ingenuo, Core (Corazón), del italiano Edmondo de Amicis (1846-1908), a quien Benedetto Croce calificó de “non artista puro, ma scrittore moralista”. Es posible que ahora, resecos por mezquindades y laceraciones varias, juzguemos aquella obra como sensiblera, pero lo cierto es que en las infancias de varias generaciones cumplió una función no despreciable: enseñó a sentir. Aun considerando las blanduras y compunciones de “Il piccolo scrivano fiorentino”,  “Sangue romagnolo” o “Dagli Appennini alle Ande” y otros relatos de Cuore, ¿no constituía aquel libro una “educación sentimental” menos desalmada que los monstruos extraterrestres, los pistoleros galácticos o las ametralladoras de rayos cósmicos, que hoy pueblan las jugueterías, los árboles navideños y las pesadillas infantiles?

     La vieja historia, cuyo fin es enunciado con tanta soberbia por un reputado nipoyanqui, ¿quedará paralizada en este cruce de violencias?  Mientras los politólogos intentan responder a esa interrogante, el sentimiento auténtico es desalojado por lo frívolo programado. Aunque los mass media y ciertas tiernas élites intelectuales que no se arriesgan a salir de su ghetto, incluyan el sentimiento en sus “listas negras”, el ser humano tuvo y sigue teniendo necesidad de sentir. Lo malo es que si la televisión sólo le brinda un simulacro de sentimientos, él (o más a menudo ella) igualmente se aferran a la pobre imitación. Tal vez fuera útil indagar, sin ánimo encuestador pero sí reflexivo, a qué se debe el actual éxito, en todo el orbe, de las telenovelas o culebrones. ¿No será que la gente se está aburriendo de guerras interplanetarias y trasplantes de cerebros asesinos, y aspira a que las imágenes y las peripecias de la pantallita familiar de algún modo apelen a sus sensaciones presentes y no a los improbables fulgores del siglo XXII? Ya que le son birladas las emociones de buena ley, el público se atiende a remedios mediocres, a efusiones de pacotilla.

     Si el espectador antes se había conmovido, por ejemplo, con seriales españolas de excelente factura, como Fortunata y Jacinta o Los gozos y las sombras, ahora su vieja necesidad de sentir lo arrastra a hipnotizarse con Dallas, sin duda una bazofia, pero de técnica impecable. Es obvio que en los seriales norteamericanas los pobres no existen. Los pobres no sólo son indeseables en la realidad y en los presupuestos del Estado; lo son asimismo en la televisión. Aunque lo formulen desde una visión clasista, los británicos (verbigracia, Los de arriba y los de abajo) al menos no los ignoran totalmente. Entre los latinoamericanos, Brasil (que es el de mejor nivel profesional), hace sus equilibrios. Los mejores en este rubro quizá sean los australianos, que están produciendo seriales de indudable calidad artística y honesta proyección social. En cambio, en sus equivalentes norteamericanos (Dallas, Dinastía, Falcón Crest, etcétera), las pasiones, los crímenes, las escenas de cama, las gestas de la hipocresía, ocurren por lo general entre acaudaladas familias que generan su peculiar y suntuosa ley de la selva. La verdad es que, cuando las recibimos en el Tercer Mundo, resultan historias para ser contempladas desde lejos, nunca desde un palco proscenio sino desde el gallinero, puesto que tales dramas no nos involucran. Se trata de chismes y puteríos, pero de un remoto Walhalla. Aun así, puede ser francamente divertido presenciar cómo héroes y semihéroes, diosas y vicediosas, se traicionan y abofetean, se despanzurran o se inmolan, sin que, por otra parte, nada de ello signifique el final de la trama. ¿Acaso no aparecen, tras el boato de cada funeral, los cuantiosos legados, con sus cruentas batallas anexas, gracias a las cuales pueden prolongarse la expectativa y los consiguientes dividendos mundiales?

      Ya no en la televisión sino en la vida monda y lironda, las hecatombes varias de estos años de delirio han generado nuevos prejuicios, xenofobias, discriminaciones, condenas. Haber luchado alguna vez (cercana o remota, poco importa) por la justicia y la distribución decente de la riqueza puede ser hoy una mancha en el currículo del más pintado. Lo cierto es que los sentimientos son incómodos: no caben en la computadora, no pagan impuestos, no convocan multitudes y ya ni siquiera hacen goles. Por otro lado, la televisión enseña a sus mirones a aburrirse de los indigentes y a entretenerse con los espléndidos. Es claro que también los pobres se aburren de su pobreza. Un anónimo humorista uruguayo pergeñó hace poco un chiste tan macabro como verosímil: “El Uruguay no es un país subdesarrollado, sino en vías de subdesarrollo”. No obstante, antes de hundirse en ese subdesarrollo y en la insensibilidad programada desde el poder, la gente busca afanosamente volver a sentir. El sentimiento es una vieja costumbre y, en el fondo, el hombre y la mujer corrientes no se resignan a perderla.

     Para el publicitario y congelante posmodernismo el sentimiento no cuenta; es apenas un insignificante rescoldo de romanticismo.

     Es claro que para el posmodernismo son tantas las cosas que no cuentan, que el sentimiento es tan sólo un inmolado más. No obstante, en los países “en vías de desarrollo”, donde el fabuloso consumismo de los sectores privilegiados puede llegar a ser una insultante exhibición para aquellos hombres y mujeres que ni siquiera tienen seguros el techo o la comida, el sentimiento se aún un refugio, una cantera.

     En un mundo donde, al decir del cardenal Roger Etchegaray, “el capitalismo se siente debilitado por su propia victoria y busca una ética como nunca lo ha hecho”, el sentimiento podría ir saliendo de sus catacumbas, ya que al capitalismo, por más esfuerzos que haga, le va a ser muy difícil encontrar una ética que nunca tuvo. En el pasado (después de Cristo, pero antes de Kundera) el sentimiento representó una fuerza vital, un sostén y un resguardo de la ética. Quizá hoy el sentimiento sólo pueda movilizarse a golpes de utopía. No estaría mal, después de todo. Las utopías, realizadas o no, pero siempre generosas y abiertas, han funcionado muchas veces como sistemas de circulación del sentimiento, y es obvio que el mundo en crisis necesita esa savia.

 

 

 

                                                                  Mario Benedetti 1992

 

                                                                                                                Sevilla, mayo 2009

      


Tags: Homenaje a un gran poeta

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