Domingo, 31 de mayo de 2009
Publicado por neracare @ 0:27  | Poema
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                 CANCIÓN DE CUNA

 

 

Se aquieta el ruido del trabajo,

Declina otra jornada y una

gruesa penumbra la reemplaza.

¡Paz! ¡Paz! Vacía tu retrato

de sus afrentas y descansa.

Se acabó tu ronda diaria,

has sacado ya la basura,

respondido cartas latosas

y puesto un cheque en el correo,

y todo frettolosamente.

Ya puedes tumbarte en la cama,

desnudo y encogido como

una quisquilla, disfrutando

de su agradable microclima:

Canta, mi niño, canta arrorró.

 

 

Los antiguos griegos erraron

el tiro: Narciso es un viejo,

domado por el tiempo, inmune

al fin de una ciega lujuria,

racional y reconciliado.

Durante años envidiaste

al hombre hirsuto, varonil.

Ya no: ahora manoseas

tu carne casi femenina

con ardorosa complacencia,

creyéndote autosuficiente

y libre de pecado, a gusto

en la leonera de ti mismo,

Madonna y Bambino a la vez:

Canta, mi niño, canta arrorró.

 

 

 

 

 

Da gracias cada vez que piensas:

honra a tus padres, pues te dieron

un superego de entereza

que te ahorra muchas molestias,

telefonea a tus amigos,

luego rinde justo homenaje

a tus años, a haber nacido

cuando lo hiciste. En tu niñez

se te permitió conocer

viejos y hermosos mecanismos

que ya empiezan a ser historia:

locomotoras de caldera,

pistones y ruedas hidráulicas.

Sí, cariño, has tenido suerte:

Canta, mi niño, canta arrorró.

 

 

Venga, pues, el olvido: que

la mente del vientre se adueñe,

de tu diafragma para abajo,

del feudo de las Madres, las

que guardan las Puertas Sagradas,

sin cuyas mudas advertencias

el yo verbalista muy pronto

se vuelve un déspota siniestro,

libertino, incapaz de afecto,

altivo y hambriento de estatus.

Si algún sueño te ronda, ignóralo,

pues todos, dulces o espantosos,

son chistes de dudoso gusto,

intratables de tan insípidos.

Duerme, mi niño, duérmete ya.

 

 

                                            Abril  1972

 

 

                      De Poemas de: “Los señores del límite” de W. H. Auden


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