Domingo, 08 de marzo de 2009
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TEXTO NUMERO 5.-

EL OTOÑO DEL PATRIARCA.- GABRIEL GARCIA MARQUEZ

 

El texto que propongo aquí es largo, pero en él se puede estudiar la técnica y el estilo del autor colombiano, su retórica envolvente por medio de párrafos larguísimos, en los que se deteriora la unidad del mensaje para dar paso a un universo compacto donde impera la divagación y el discurso encadenado por medio del amontonamiento de períodos enlazados, de la redundancia y la hipotaxis.

Con el estudio de este texto en forma de párrafo gigante se pueden aprender las técnicas del macrosegmento, el uso de las cláusulas de unión y el empleo de la recurrencia. Se subrayaran destacándose la aparición de conjunciones de subordinación, y se marcarán las pausas largas (.) y seguido. Las primeras irán en negrita cursiva y los segundos con //.

Durante el fin de semana las gallinazas se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza.// (1) Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien las empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a los lombardos de William Dampier.// (2) Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita.// (3) A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo dorso ordinario habían sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizados con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo las telarañas polvorientas y todas pintadas con los colores de la bandera.// (4) En el patio siguiente, detrás de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormían los leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial convertida en establo de ordeño.// (5) Abriéndonos paso a través del matorral asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas, y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de máquinas de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las cocinas, (vimos) la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, (vimos) la sentina abierta del cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, con savia y su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosías desportilladas seguían metiéndose las gallinazas.// (6) No tuvimos que forzar la entrada, como habíamos pensado, pues la puerta central pareció abrirse al solo impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera de piedra cuyas vivas alfombras de ópera habían sido trituradas por las pezuñas de las vacas, y desde el primer vestíbulo hasta los dormitorios privados vimos las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde avanzaban las vacas impávidas comiéndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo entre muebles rotos y plastas recientes de boñiga de vaca, vimos un comedor comido por las vacas, (vimos) la sala de música profanada por estropicios de vacas, (vimos) las mesitas de dominó destruidas y las praderas de las mesas de billar esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincón la máquina del viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue, vimos jaulas de pájaros colgadas por todas partes y todavía cubiertas con los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar.// (7) En aquel recinto prohibido que muy pocas gentes de privilegio habían logrado conocer, sentimos por primera vez el olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenaria, (percibimos) su instinto premonitorio, y guiándonos por el viento de putrefacción de sus aletazos encontramos en la sala de audiencias los cascarones agusanados de las vacas, sus muertos traseros de animal femenino varias veces repetido y en los espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba a una oficina disimulada en el muro, y allí lo vimos a él, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talón izquierdo, más viejo que todos los hombres y todos los animales de la tierra y del agua, y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras noche durante todas las noches de su larguísima vida de déspota solitario.// (8) Sólo cuando lo volvimos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correos, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y en los escapularios, y aunque en litografía enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él estaba vivo en la casa del poder porque alguien había visto encenderse los globos de luz una noche de fiesta, alguien había contado que vio los ojos tristes, (vio) los labios pálidos, la mano pensativa que iba diciendo adioses de nadie a través de los ornamentos de misa del coche presidencial, porque un domingo de hacía muchos años se habían llevado al ciego callejero que por cinco centavos recitaba los versos del olvidado poeta Rubén Darío y había vuelto feliz con una morrocota legítima con que le pagaron un recital que había hecho sólo para él, aunque no lo había visto, por supuesto, no porque fuera ciego sino porque ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin embargo sabíamos que él estaba ahí, lo sabíamos porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas y los faroles mustios de la Plaza de Armas, y otros músicos viejos reemplazaban en la banda a los músicos muertos.// (9) En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabíamos  que había alguien en la casa civil porque de noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supinos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado que habíamos visto una vaca en el balcón presidencial donde nada se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnado impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas, como sólo era concebible en una casa sin autoridad, de modo que también nosotros nos atrevimos a entrar y encontramos en el santuario desierto los escombros de la grandeza, el cuerpo picoteado, las manos lisas de doncella con el anillo del poder en el hueso anular, y tenía todo el cuerpo retoñado de líquenes minúsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las axilas y en las ingles y tenía el braguero de lona en el testículo herniado que era lo único que había eludido los gallinazos a pesar de ser tan grande como un riñón de buey, pero ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas. (10) […]”

El texto continúa y continúa formando una masa compacta que no brinda descanso alguno al lector, imposibilitándole el mínimo respiro de un punto y aparte, ni siquiera un cambio de perspectiva que le procure o le dispense de la lectura aun un breve momento para las necesidades fisiológicas básicas. Resulta agotador deslizar la vista por semejante bloque compacto de letras, páginas y páginas completamente rellenas de tipología apretada y sin tregua como el ente parmenídeo. Semeja la actitud del charlador que toma la palabra sin darse siquiera el descanso necesario para tomar un vaso de agua. Resulta agotador seguir el hilo conductor de semejante parloteo incansable, de tan infinita verborrea exultante e inmisericorde cuya única pretensión parece consistir en ir envolviendo al lector desde el primer aliento, aferrarse a su voluntad de proseguir la lectura y apresarlo en un tejido literario abigarrado, barroco en el sentido churrigueresco del horror al vacío, sin pretender soltarlo hasta el punto final.

En estos diez primeros párrafos se despliega prácticamente todo el universo mítico real-maravilloso de García Márquez, sobre todo, la demoledora inmanencia de los elementos naturales, su continuidad dentro de un mundo rural ajeno a los refinamientos del arte antiguo asociado a la aristocracia, mal heredado y peor asimilado por la burguesía; la crítica a la ranciedad de los elementos artísticos artificiales e importados, que acaban siendo carcomidos por el comején y devorados por los animales domésticos. El triunfo de lo rural sobre lo ciudadano, esas vacas omnipresentes en todas las estancias del palacio del dictador, tragándose las alfombras y las cortinas, defecando en los salones abandonados y rompiendo con su incuria de bestias pacíficas pero demoledoras las desvencijadas puertas y el mobiliario más refinado. Esas gallinazas comiéndose la carroña en que se ha convertido el cuerpo del dictador, así como cualquier elemento carnal existente, y todo posible bicho viviente barrido por hormigas y otros insectos. Y todo para enmarcar el tiempo, ese auténtico protagonista de los relatos de García Márquez, ese pretérito imperfecto en que se va imbricando todo el relato desde la primera aparición de los sujetos actantes de la obra, hasta los presentes históricos en que va a girar el resto de la obra hasta el final.

El texto ciclópeo, como la arena del tiempo, ese tiempo que a manera de Proust, pero de manera inversa a él, quiere García Márquez rescatar en toda su obra. Un tiempo que comienza a rememorarse desde la primera página, desde los primeros párrafos, gigantescos, como el tiempo que ha de dar marcha atrás y vovler a desenrollarse, como un gran tapiz, o una enorme película, pero ya roída, dañada, por una memoria incapaz de ceñirse a los hechos, esos hechos que han sido devorados, destrozados o quemados por las fuerzas naturales, que han de sobrevivir cualquier obra humana.

En la próxima entrada, veremos dos maneras de comenzar una obra diametralmente distinta.

Un saludo.

Luis M.



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