Mi?rcoles, 18 de febrero de 2009
Publicado por Curunir @ 20:24  | Noticia
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Con el Título de "Monstruosa normalidad", publica Fernando Iwasaki en ABC digital, de hoy un artículo en el que manifiesta, al hilo del asunto Marta del Castillo, una serie de consideraciones, que me parecen bastante sensatas, al margen del ideario que de la vida, del mundo y la realidad, pueda tener de ordinario este periodista de opinión.

"No me ha sorprendido en absoluto que el asesino confeso de Marta del Castillo (prefiero llamarle «asesino confeso» en lugar de «presunto asesino») haya sido un alumno «normal» en su instituto de secundaria, porque el criterio de normalidad que hoy circula por el imaginario popular, consiente un arco de conductas «normales» que van desde el asesinato múltiple hasta el tráfico de pornografía infantil por internet, pasando por los maltratos, las violaciones, las palizas, la pedofilia activa y las extorsiones. Todo muy «normal».
En realidad, si nos ponemos a pensar un poco, anormales son los adolescentes que tienen hábitos de lectura. Anormales son los chicos que se expresan correctamente y sin emplear expresiones soeces. Anormales son los estudiantes que sacan buenas notas. Anormales son los jóvenes que abominan de la violencia física y verbal. Anormales son los adolescentes que no hacen botellón. Anormales son los chicos que tienen confianza con sus padres y conversan sin problema sobre cualquier asunto. Anormales son los estudiantes capaces de defender sus convicciones ante la canalla adocenada. Y anormales son los jóvenes que saben que además de tener derechos, tienen deberes que cumplir.
Como no quiero ser malinterpretado, el inventario de anormalidades que acabo de realizar, no es exclusivo de ninguna cosmovisión política. Antes bien, son rasgos de sensibilidad, madurez y responsabilidad. Por lo tanto, un adolescente que atesore todas las anormalidades enumeradas en el párrafo anterior, lo mismo puede llegar a tener un pensamiento de izquierda que un pensamiento de derecha, pues su conducta siempre dependerá más de sus valores que de sus ideas. El problema es que muchos chicos educados por sus padres para ser razonables, sensibles y responsables —o sea, anormales— sufren la permanente agresión física y verbal de los «normales».
Hace unos días, un joven fue rechazado de un concurso televisivo porque la productora descubrió que a los catorce años había matado a sus padres. La alarma social provocada por la detención del asesino confeso de Marta desvió la atención mediática del caso de aquel concursante, pero ahora deseo rescatar este episodio porque la prensa amarilla le hará ganar al asesino tanto o más dinero, que si hubiera triunfado en el concurso. ¿No es abyecta y obscena nuestra televisión? ¿Cuánto cobrará por las exclusivas el asesino de las niñas de Alcàsser cuando salga de la cárcel? La «normalidad» de la juventud es fiel reflejo de nuestra «normalidad» mediática y audiovisual. Una «normalidad» infecta y repugnante.
Un estudio reciente del Grupo Universitario de Investigación Social (GUIS), ha revelado que casi un 20% de alumnos andaluces de la ESO reconoce ser víctima de alguna forma de violencia escolar. Demasiado bajo se me antoja el porcentaje, porque seguro que los investigadores han tenido que descartar de la cifra final el «quantum» de violencia «normal». Es decir, la «típica colleja», la «típica patada», la «típica bofetada» o el «típico magreo» que los más débiles siempre tienen que soportar para no engrosar esa cifra de 20% que sólo admite huesos rotos, palizas grabadas o cortes de navaja. Si muchas mujeres maltratadas han reconocido que sus maridos les pegan lo «normal», ¿cuántos escolares entre 12 y 16 años podrían decir que en el colegio o en el instituto también les han pegado «lo normal»?
Pienso en los doce ertzainas investigados por vejar a un compañero, al cual le gastaron la «broma» de sodomizarlo en grupo. Algo «normal», según el sindicato de policía. Una monstruosa «normalidad», me atrevo a añadir.

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