Viernes, 16 de enero de 2009
Publicado por Curunir @ 20:46  | Comentario
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(R.O.)

Para fundamentar este ensayo se basa Matamoro en una falacia: el hecho de que la impostura, como colocación de un objeto impropio en un lugar propio, realiza a su vez el camino contrario, o supone a su vez esto, es decir que es el camino para asegurar o aseverar. Esto a mi juicio invalida el resto del texto, que es un deslizarse por caminos más o menos correctos o legales, provocando un desencadenamiento de ejemplos que pretenden vindicar literariamente aquello que siendo verosímil, lo único que proclaman en definitiva es lo falso o la mentira.

 

 

No me parece correcto intentar forzar los conceptos con las palabras, y menos apoyarse en la petitio principi para basar su indudable caño de saber literario. Pretender que la impostura es realmente aquello que se hace para decir la verdad, y que el impostor es en realidad el verdadero sujeto, es algo que hay que demostrar, no un axioma sobre que basar un ensayo literario, en algunos momentos de dudosa solvencia. Y menos correcto aun me parece la introducción del juego de palabras "impostura", impostación e imposta: palabras, desde luego, muy próximas etimológicamente, pero que cada una en su campo de acción significan elementos distintos, y no por los esfuerzos más o menos manipuladores de este escritor, han de quedar fijadas en un mismo plano: la impostura que significa o crea o genera realidad. Podría recurrirse también a palabras de vecindario más o menos dudoso con estos términos, por ejemplo: impuesto, lo impuesto, lo que se impone, lo que tal vez no deja de ser mendaz, pero que no tiene nada que ver con el asunto a tratar. Que aquello supuestamente situado en vez de, es en realidad el sujeto original de la acción.

 

No me parece solvente el que para defender un concepto puramente novelesco, eche mano de la poesía y del teatro: sobre todo de la épica, y de la lírica medieval. Casos de Homero y Virgilio, en el primero y de Dante posteriormente: porque la traslación del sujeto se opera por procedimientos no convencionales, y que nada tienen que ver con el deseo del poeta o poetas de suplantarse a sí mismos. El caso de Goethe es el más delirante: hablamos de una obra de teatro de conceptos, no de sujetos. Todos los personajes de Fausto son conceptuales, ninguno refleja un ápice de realidad, son concesiones mentales de la vertiente filosófica de Goethe, es decir la mayor parte de su saber literario.

 

 

Por supuesto manera también otras dos concepciones del teatro clásico: don Juan y Hamlet (obras teatrales, igualmente). Claro está que las concepciones barrocas jugaban con los claroscuros y las irrealidades, pero no son extrapolables los conceptos de suplantación y trasuntos barrocos, que trasponían una irrealidad sobre una base realista dura y feroz, con los procedimientos casi alquímicos de un simbolismo místico en Dante y otro naturalista en Goethe. Si no quiere ver en la Eneida de Virgilio, es porque no desea reconocer que este es poema, es decir objeto manipulable y manipulado con fines extra literarios, no hay impostura en los personajes, ni en el contenido literario, sino que la obra misma es una impostura, lo que lo invalida para ser objeto de imitación por sí misma, y menos por el Dante. La obra de Virgilio sirvió a fines políticos en su momento, y si pasó a la historia y es por lo que Dante lo venera, es por la calidad literaria, la forma exquisita y genial en que están compuestos cada uno de sus cantos. Que son cantos, no trasuntos, no suplantaciones, no imposturas.

 

 

Sobre el Quijote, mejor no hablar, porque recoge lo que le interesa de la novela de Cervantes  para levarlo a su terreno. Quizá sea este el momento más certero del artículo, porque es la primera novela y creo que la única a que hace referencia en lo que podría suponerse una impostura. Efectivamente está demostrado que no toda esta novela de Cervantes se basa en juegos de irrealidades, claroscuros en algunos momentos pavorosos, el locuras fingidas y locuras veraces, todo para huir de un mundo en crisis o para ponerlo de manifiesto de manera velada ante una sociedad cruel y de brutales procedimientos represivos. Pero, por supuesto, lo que traslada el Quijote el lector no es la sensación de impostura, no es la impostura o que debe ser vindicada, sino el desengaño. Ese desengaño atroz que provoca el conflicto entre el idealismo, encarnado por el mundo caballaresco de los libros de caballerías, (símbolo o trasunto del poder del imperio español) y la realidad de la España cervantina (hundida en la miseria por la ruina de una incesante guerra de casi un siglo). La impostura opera en el quijote más como procedimiento que como tema, y sirve al verdadero, el desengaño, como marco o forma: la novela. La genuina forma literaria, descubierta por Cervantes, en que es posible expresar en toda su sutileza y toda su crudeza a la vez, la forma en que se muestra la impostura. Borges, el gran "impostador", fue a través de la novela (pequeña como sus relatos, porque era un vago portentoso), como mejor expresó el desengaño a través del procedimiento novelesco o impostador.

 

 

Los acercamientos sucesivos a las figuras literarias y a sus creadores, en alguno de los casos raya en el divismo, y en otros en el desconocimiento imperdonable, me parece correcto hoy demuestra la amplia cultura literaria de este autor. La misma que le permite manipular descaradamente algunos aspectos de alguna de estas obras, en especial las clásicas, ignorando o soslayando  deliberadamente algunos puntos  especialmente aclarados por los eruditos en la materia, y que me parece patético que haya silenciado. En especial lo referente a la Odisea: no puede plantearse el origen de la impostura en una obra mítica sin pararse en las connotaciones y en los desperfectos de una mentalidad actual con respecto a los mitos existentes hace tres mil años. Y mucho menos rebajar el mito al cotilleo, cosa que no prueba y que creo que es muy discutible, por el mismo choque o conflicto de concepciones vitales entre los hombres de la actualidad y los de la edad de bronce. Y menos aún, en intentar rebasar el límite de lo insoportable, al intentar fundamentar una mentira mediante hechos históricos. El mito no es impostura, sino poesía, lo que es la Odisea, la Ilíada, la Eneida, poesía; objeto de veneración, de estudio y de imitación, que recoge en su seno el modo de vivir y de pensar de una sociedad entera llegada a su máximo esplendor en un momento determinado.

 

 

El análisis que hace de Fausto es muy interesante, pero no quizá para defender la impostura en el ambiente literario, sino más bien para reivindicar la necesidad que hay de creerse lo que no es para descansar de la angustia personal, porque el tema central del Fausto, no es el mito de la condenación, ni las sucesivas imposturas del personaje para aparentar lo que no es, que es como dije antes lo formal, la cáscara: sino el anhelo de eternidad, representado en la sabiduría total, el tiempo eterno, el total saber. Aquí el despliegue de matamoros también me parece que yerra en su dirección, lo que no invalida la calidad extrema de su análisis, que creo es lo mejor del artículo.

 

 

Es  a través de la forma, la novela occidental, como se vindica la impostura, y no por medio de los sucesivos personajes literarios y sus relaciones con los respectivos creadores, como puede vindicarse con cierta solvencia la impostura. Por eso pienso que el artículo de Blas Matamoro es falaz.


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