Jueves, 11 de diciembre de 2008
Publicado por Curunir @ 8:19  | Fragmentos
Comentarios (0)  | Enviar

TEXTO NÚMERO 4.-

EPISODIOS NACIONALES.- SERIE PRIMERA EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAY0.- BENITO PEREZ GALDÓS.

En esta ocasión vamos a quedarnos con el modo de describir de Don Benito Pérez Galdós en su primera época. Concretamente estos fragmentos, amplios fragmentos, que voy a transcribir corresponden a la tercera novela de la primera serie, específicamente el titulado como si indica en el encabezamiento El 19 de marzo y el 2 de mayo[1], escrito de un tirón en el mes de julio de 1873.

En la descripción que sigue, vemos cómo Galdós se inspira en la fauna para describir a los tíos de Inés, y así dar una idea de lo que se puede esperar de estos personajes.

Comienza por el personaje masculino, Don Mauro, porque es el más complejo de los dos y con respecto al femenino, éste puede usarse como elemento comparativo o de contraste con aquél, tanto ofreciendo información no proporcionada en el momento de la descripción del primero, como por comparación, ya sea antagónica o complementaria.

 En esta descripción que sigue, se ve a un bruto, una especie de gorila o de oso, lerdo, corpulento, de pesados movimientos. Un plantígrado  genuino. Más adelante apuntaré la razón que a mi juicio tiene Galdós para  presentarlo por medio de digresión y el uso retórico que hace de este recurso literario, usado con fin irónico y sarcástico. Es evidente que prepara al lector para no sentir compasión por este tipejo.

 

 “Don Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir más ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la Naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los trabajos mecánicos sólo sirve para ayudar a su experta compañera, la derecha. Esta hace todo lo importante: en el piano ejecuta la melodía; en el violín lleva el arco, que es la expresión; en la esgrima maneja la espada; en la náutica, el timón; en la pintura, el pincel; es la que abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo, y la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación, el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece ser herido por delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa de las extremidades derechas se extiende a todo el organismo. Cuando estamos perplejos, sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo, en el lado siniestro todo es torpeza; todo subordinación, todo ineptitud; cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en el desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más pequeña que la otra; para equilibrarlas, sin duda, se ha dispuesto que el corazón ocupara el costado izquierdo.

Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que dijimos de don Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos lados izquierdos; es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante, inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía que le estorbaban sus propias manos: el verle mirar de un lado para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no los conocía por suyos.”

La digresión actúa como nota irónica que coloca al tipo descrito en consonancia con los universales, de los cuales él parece ser el prototipo. Se utiliza esta técnica para crear a un personaje plano o ejemplar. Esta sería la palabra: ejemplar. Es un ejemplar de la torpeza y la brutalidad lo que Galdós ha querido mostrar extrayendo a este individuo de su particularidad y colocándolo frente al concepto que su persona representa: lo convierte en paradigmático.

La descripción física o prosopografía continúa en el párrafo siguiente como si el sujeto posara para el escritor que observa y consigna aquello que ve al modo de una etnografía.

“Habíase sentado en el borde de la silla, y sus piernas, pequeñas y rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendiánse a un lado y otro, como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí. Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo; al limpiarse el sudor con un luego pañuelo de cuadros encarnados y azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes, embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante se tocaba los dijes del reloj y los encajes de las chorreras para cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza había desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza.”

La descripción de don Mauro continúa con una etopeya, es decir, con una descripción de modos y costumbres interiores reflejadas en el estado físico o biológico. Obsérvese la tendencia a conducir al personaje hacia instancias simiescas.

“Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer llaga en sus sensibles carnes. A veces, aquella inerte manopla de ante amarillo, rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección del sobaco, o de la cintura, con la ansiosa rapidez de una mano que va a rascar; pero se contenía, subiendo a acariciar la barba recién afeitada. También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la solapa. Era el coleto ensebado que irreverentemente se metía entre piel y camisa o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba también en aquella dirección; pero también se detenía, pasando a frotar la rodilla.”

Finaliza la descripción con otro párrafo en el que se van alternando la prosopografía y la etopeya. Téngase en cuenta que el retrato de don Mauro culmina en la descripción de la cara, luego es fácil observar que Galdós ha comenzado a describir al sujeto por las extremidades, con aquello de su siniestralidad, contribuyendo a su degradación, a su animalización. El retrato clásico, que comienza por el rostro, prosigue con la cabeza y va descendiendo hasta las extremidades, es en esta ocasión invertido; esto acentúa intencionadamente el rasgo de brutalidad característico de este personaje nada entrañable. Veamos como concluye Galdós el retrato de este tipejo.

“La cara de don Mauro Requejo era redonda como una muestra de reloj; no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio buscando el siniestro carrillo, que, por obra y gracia de cierto lobanillo, era más voluminoso que su compañero. Los ojos, verdosos y bien puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan os dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los labios, tenía todos los repulgos y mohines que el palurdo marrullero estudia para engañar a sus semejantes. La risa de don Mauro Requejo era repentina y sonora; en la generalidad de las personas, este fenómeno fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía, sin duda, en su organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo que él en su interior pensaba así: “Ahora conviene reír”, y reía.”

En contraste con el retrato de don Mauro, el de doña Restituta, la tía de Inés, es más condensado, más preciso, más escaso de matices, porque le interesa al escritor acentuar el carácter plano, unilateral del personaje, al cual se le supone incapaz de dudar o apartarse un ápice de sus pulsiones, costumbres o hábitos adquiridos y por los cuales es descrita con tanta precisión y condensación. Son dos párrafos en los cuales funde de manera magistral prosopografía y etopeya, junto con la comparación y degradación físicas con vistas en la animalización: en el caso de este personaje femenino, emparentándola con la especie de la serpiente.

Veamos los dos párrafos con que se inicia el capítulo IV del episodio nacional que nos ocupa.

“Imposible decir si doña Restituta sería más joven o más vieja que su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los cuarenta; pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma y que sabía estarse quieta. Había en ella, si no fineza de modales, esa holgada soltura propia de quien ha hablado con gente por mucho tiempo. Comparando aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se podía decir: “Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta, midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén; y la otra, la bestiezuela enredadora de la tienda”.

Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro; de manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas había dado cierta flexibilidad; de escaso pelo, tan lustrosamente aplastado sobre el casco que más parecía pintura que cabello; con su nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco velluda y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y no miran, Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía a primera vista ni en contra ni a favor. Oyéndola hablar, tratándola, se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que escapaba a la observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel húmeda de su carácter, el cual, para esconderse, poseía la presteza del saurio y la flexibilidad del ofidio”.

El párrafo termina con una invitación a completar el retrato de ambos personajes, presentándonoslos interactuando, es decir en medio de una conversación. El diálogo es la forma más realista de describir y proporciona matices que la reunión y la valoración del narrador no consigue. En la mezcla de narración y descripción que puede lograrse en el diálogo de manera simultánea con el tiempo de la acción del relato, es explotado por Galdós como pocos escritores en nuestra historia literaria. Por ello, concluye el párrafo de esta manera:

“… y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones para su lugar, y por ahora conténtense ustedes con oír hablar a los tíos de Inés.”

Para otro lugar queda el examen de la descripción o narración o ambas técnicas mediante el empleo del diálogo.

Estos fragmentos aquí acaban hoy.

Nos vemos. Un saludo.

Luis Manuel Cebrero


[1] La edición es la de Aguilar S.A. ediciones, concretamente la segunda reimpresión de 1988 de la edición de 1986, LOS EPISODIOS NACIONALES de Benito Pérez Galdós, Tomo I; los fragmentos que se transcriben están comprendidos en las páginas 364 y 365 de dicho tomo.


Tags: CEBRERO, fragmentos, Galdós, Episodios Nacionales, novela, blog

Comentarios