Mi?rcoles, 26 de noviembre de 2008
Publicado por Curunir @ 21:27  | Fragmentos
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TEXTO NÚMERO 3

DAVID COPPERFIELD.- CHARLES DICKENS

En este tercer fragmento, vamos a asistir a la descripción más emocionante de una tempestad en una playa que yo haya leído. Debo confesar que comencé a admirarla mucho antes de enterarme que Tolstoi la tomara como modelo para sus descripciones por la fuerza de sus afirmaciones, la precisión de sus denotaciones y por la emoción en lo descrito que pone a la vista la tempestad paralela que expone el interior del protagonista narrador, en su vida y en lo que va a suponer como puesta en abismo para la vida de los personajes de la novela.

Asistimos primero a la descripción de los prolegómenos de la tormenta desde la perspectiva de David pasivo, asombrado y aún no directamente afectado por el fenómeno:

“Se veía una tenebrosa confusión de nubes errantes – manchadas aquí y allá de un color que se asemejaba al humo de la madera verde -, formando impresionantes cúmulos que parecían más altos que la distancia entre ellos y los más profundos abismos de la tierra; y la insensata luna parecía zambullirse impetuosa en aquel caos, como si, en una terrible perturbación de las leyes de la naturaleza, se hubiera extraviado y tuviese miedo. El viento había soplado durante todo el día, y en aquellos momentos arreciaba con extraordinaria violencia. Una hora después, su fuerza había aumentado, el cielo se había oscurecido y silbaba con furia.”

“A medida que avanzaba la noche, las nubes se cerraron y cubrieron todo el cielo, que se volvió completamente negro, y el viento siguió ululando cada vez más fuerte. Y alcanzó tal intensidad que nuestros caballos a duras penas podían avanzar. Muchas veces, en medio de las tinieblas (estábamos a finales de septiembre, cuando las noches no son cortas), los nobles brutos que iban en cabeza dieron media vuelta o se detuvieron en seco; y con frecuencia nos asaltó el temor de que el viento volcara el carruaje. Antes de que estallara la tormenta, llegaron fuertes ráfagas de lluvia, como chaparrones de acero; y, en esos momentos, cuando podíamos refugiamos bajo un árbol o al socaire de algún muro, nos deteníamos de buen grado ante la imposibilidad de continuar la lucha.”

“La tormenta seguí arreciando cuando amaneció. Yo había estado en Yarmouth cuando los marineros decían que soplaba un viento endemoniado, pero jamás había visto nada igual, ni siquiera parecido. Llegamos a Ipswich (con mucho retraso, pues, desde que estuvimos a diez millas de Londres, habíamos tenido que disputar al viento cada pulgada de camino) y encontramos a sus gentes apiñadas en la plaza del mercado; habían abandonado sus camas en mitad de la noche, temiendo que se cayeran las chimeneas. Algunos se congregaron en el patio de la posada, mientras cambiábamos los caballos,  nos contaron que el viento había arrancado grandes planchas de plomo de campanario de la iglesia y las había arrojado en una callejuela ahora intransitable. Otros nos hablaron de los campesinos que, al venir de los pueblos cercanos, habían visto árboles gigantescos arrancados de cuajo y almiares eneros desparramados por campos y caminos. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vea rugía con más violencia.”

Hasta ahora David ha ido avanzando hacia el mar, sólo nos ha revelado aquello que conoce de la tormenta que está padeciendo mientras viaja hacia Yarmouth para aclarar o resolver el dilema de Ham y de Emily. Es decir, el color de las nubes, el aspecto terriblemente sombrío de los cielos y a la fuerza del viento. Está retardando deliberadamente la aparición de los efectos de estos elementos en el mar, que será más adelante el agente causante de la tragedia de Steerford. Esta técnica de retardamiento se refuerza con comparaciones y con metáforas de fuerza. Incluso reforzados con los comentarios de los marineros, a quienes se atribuye el criterio de más crédito en materia de tempestades.

El próximo párrafo, que comienza descubriendo al lector la lucha contra la tempestad, trascendida en el destino de las personas, nos descubre finalmente el mar, a lo lejos, aunque en presencia, como un límite que no es posible traspasar y que señala el lugar donde la lucha contra el destino va desarrollarse. Fijaros en la fuerza de los adjetivos, y sobre todo, en el uso que hace Dickens, maravillosamente traducido por Marta Solís, del espectro sensitivo, sobre todo del gusto. Si en anteriores párrafos hemos asistido al empuje y fuerza del viento, en éste además vamos a “saborear”, a tocar la humedad, el agua.

“Avanzamos con dificultad, cada vez más cerca del mar, desde donde aquel viento infernal soplaba en dirección a la costa, y su fuerza se hizo más y más aterradora. Mucho antes de divisar agua, sentimos sus rociones en nuestros labios, y cayó sobre nosotros una lluvia salada. La marea estaba muy baja, y quedaban a la vista millas y millas de aquel vasto arenal pegado a Yarmouth; y el agua se agitaba con violencia en sus pozas y charcas, arrojando hacia nosotros sus pequeñas y furiosas olas. Cuando el mar apareció ante nuestros ojos, las olas, que veíamos a intervalos en el horizonte por encima del abismo ondulante, daban la impresión de ser otra cosa con sus torres y edificios. Finalmente, llegamos a la ciudad; y los vecinos salían de sus casas, ladeados y con los cabellos andando, asombrados d que la silla de posta hubiera podido abrirse camino en una noche como aquélla.”

Desde lejos, David nos advierte del campo de batalla. El detalle de la mera baja, los amplios arenales repletos de charcas literalmente levantadas por las ráfagas de viento, resulta de una gran efectividad, porque hace más temible el hecho obligado de bajar a nivel del mar y medirse con la tempestad, que es lo que hace David en el siguiente párrafo. Se instala y se apresta para situarse en el campo de batalla. Vemos cómo lo describe, con precisión, secamente, ya sin los párrafos retardatorios.  Ya corre prisa bajar a la playa que se ha divisado desde lejos y desde lo alto. Veamos los registros en los próximos tres párrafos. En ellos hay colores, olores, sabores y sentimientos consecuentes a estos sentidos. Hasta la frase final que nos resume el estado de ánimo en que sume el tremendo espectáculo al personaje. En el primer párrafo se ve todavía a David pendiente de lo que sucede en tierra, y nos describe el estado social de quienes tienen intereses personales batiéndose contra aquellos elementos desatados; el segundo párrafo nos revela el estado de ánimo del hombre, personificado en los marineros que andan siempre en diálogo con el mar, y nos muestra su estado de nerviosísimo y desesperación; para finalmente, describir en todo su esplendor el mar embravecido por la tormenta. Así deja montado el escenario terrorífico donde va a desenlazarse el drama. Transcribo los tres sin interrupción.

“Reservé una habitación en la vieja posada, y me dirigí a la playa para contemplar el mar; tambaleándome por la calle, que estaba cubierta de arena, de algas y de retazos volantes de espuma de mar; temeroso de la tejas y pizarras que caían; aferrándome a las personas con que me cruzaba, en las esquinas menos protegidas. Al acercarme a la playa, vi no sólo a los marineros sino a la mitad de los habitantes de Yarmouth, al socaire de los edificios; algunos desafiaban de vez en cuando la furia de la tormenta para mirar mar adentro, y el viento los desviaba de su camino cuando regresaban haciendo zigzag.”

“Me uní a aquellos grupos; y encontré mujeres que lloraban porque sus maridos habían salido a pescar arenques y ostras, y ellas pensaban, con razón, que sus botes se habrían ido a pique antes de conseguir ponerse a salvo. Había entre la gente viejos marinos de cabellos grises que movían la cabeza, mientras miraban el mar y el cielo y hacían comentarios entre Sí; armadores, nerviosos y preocupados; niños que se apiñaban y escrutaban el rostro de sus mayores; incluso rudos marineros, inquietos y angustiados, que, desde sus lugares de refugio, apuntaban con sus catalejos hacia el mar, como si estuvieran vigilando a un enemigo”.

“Aquel mar embravecido, cuando logré detenerme a mirar el oleaje, en medio del viento huracanado y de un torbellino de piedras y de arena, me dejó estupefacto. La más insignificante de las gigantescas murallas de agua que avanzaban hacia nosotros y, al llegar a su punto más alto, se desplomaban, convirtiéndose en espuma, parecía capaz de tragarse toda la ciudad. Cuando la ola se retiraba con un ronco rugido, parecía dejar profundas cavidades en la playa, como si quisiera socavar la tierra. Cuando algunas de aquellas montañas de cresta blanca bramaban y se hacían pedazos antes de llegar a tierra, cada uno de sus fragmentos parecía poseído por toda la fuerza de su ira y corría a fundirse con otro monstruo. Las colinas onduladas se transformaban en valles, los valles ondulados (por los que a veces pasaba colando a baja altura un solitario petrel) se alzaban hasta convertirse en colinas; masas de agua temblaban y sacudían violentamente la orilla con el sonido de un trueno, y todas aquellas formas avanzaban tumultuosamente, desplazándose y cambiando sin cesar su fisonomía; la costa imaginaria se elevaba y descendía en el horizonte con sus torres y edificios, y las espesas nubes se movían a gran velocidad. Tuve la impresión de asistir al desgarramiento y cataclismo de toda la naturaleza”-

¿Y quién no?

Obsérvese el uso, casi abuso del performativo parecer, comparaciones con sustantivos como “masas de agua” “formas”, “montañas de agua”, etc., se van acumulando en el último párrafo hasta hacernos estremecer por el frío, el viento, el agua y el trueno, que además de ser réplica del rayo, en estos momentos de clímax de la tormenta es también el sonido del agua sacudiendo violentamente la orilla de la playa.

¿Qué opináis de los “niños apiñados” escrutando el rostro de sus mayores? ¿Algo más patético, más angustioso que esta imagen que priva a los críos de su despreocupación natural y les obliga a fijarse en el rostro de sus mayores, como éstos a su vez, enarbolan el catalejo y miran hacia el mar?

Espero que os sintáis estremecidos, pues cuando leáis este fragmento dentro de la obra, el cual se encuentra a pocos párrafos del inicio del capítulo LV, que se titula (¡cómo no!) La tempestad, podréis saborear en todo su esplendor dicho fenómeno, el climático y el moral, cuando todo se prepare para el drama trágico de Ham y de Steerford, unidos en el momento supremo, en la lucha por sobrevivir en medio de una tormenta sobrehumana.

Espero que la tempestad os haya llegado hondo.

En ese caso, ahora, estaréis tan agotados como yo.

Nos vemos, un saludo.

Luis Manuel Cebrero.

 


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