Viernes, 14 de noviembre de 2008
Publicado por Curunir @ 19:48  | Fragmentos
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TEXTO NÚMERO 2.-

LA BARRACA.- VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

 

Vamos hoy a cambiar de registro, aunque sin alejarnos de la técnica de la descripción. Pero en este caso, y aunque Blasco no se prodiga en poéticas imágenes, por ser uno de los naturalistas más insignes de nuestro panorama literario, voy a transcribir una de las descripciones más bellas de la huerta valenciana que he podido encontrar en sus páginas.

Del tejido de este fragmento se puede entresacar la satisfacción del trabajo bien hecho, la plenitud de la obra bien hecha y bendecida por la naturaleza con una sensación de beatitud muy cercana al bucólico paraíso clásico, al lugar ameno de los medievales y al estático y agradable circulo pastoral de las églogas clásicas del renacimiento.

Por supuesto, que esta descripción tiene una misión fundamental en el decurso de la obra de Blasco, y es el de servir de contraposición al ambiente humano, a la sociedad circundante, tan sórdida y tan poco accesible con la sola aplicación del esfuerzo y la tenacidad, tan poco dada a doblegarse al empuje de la voluntad unilateralmente concedida. La plenitud natural que se vive en este fragmento, en representación de lo agradecido de la tierra, servirá de contraste para el sórdido episodio humano que va a precipitarse en la tragedia y en la ruina personal de los protagonistas, escindidos por la voluntad de una sociedad de torcidos o forzados intereses del disfrute del paraíso que tan noblemente se han ganado con el esfuerzo personal y que la naturaleza premia de una manera tan justa.

Dejo hablar a Blasco que comienza el capítulo IX con los sentires veraniegos, de esta manera:

“Había llegado San Juan. La mejor época de año: el tiempo de la recolección y la abundancia.”

“El espacio vibraba de luz y de calor. Un sol africano lanzaba torrentes de oro sobre la tierra, resquebrajándola con sus ardorosas caricias. Sus flechas de oro deslizábanse entre el follaje, toldo de verdura bajo el cual cobijaba la vega sus rumorosas acequias y sus húmedo surcos, como temerosa del calor que hacía germinar la vida por todas partes.”

“Los árboles mostraban sus ramas cargadas de frutos. Doblegábanse los nispereros con el paso de los amarillos racimos cubiertos de barnizadas hojas; asomaban los albaricoques entre el follaje como rosadas mejillas de niño; registraban los muchachos con impaciencia las corpulentas higueras, buscando codiciosos las brevas primerizas, y en los jardines, por encima de las tapias, exhalaban los jazmines su fragancia azucarada, y las magnolias, como incensarios de marfil, esparcían su perfume en el ambiente ardoroso impregnado de olor de mies.”

“Las hoces relampagueantes iban tonsurando los campos, echando abajo las rubias cabelleras de trigo, las gruesas espigas, que, apopléticas de vida, buscaban el sueño, doblando tras ellas las delgadas cañas.”

“En las eras amontonábase la paja formando colinas de oro que reflejaban la luz del sol; aventábase el trigo entre remolinos de polvo, y en los campos desmochados, a lo largo de los rastrojos, saltaban los gorriones buscando los granos perdidos.”

“Todo era alegría y trabajo gozoso. Chirriaban carretas en los caminos; bandas de muchachos correteaban por los campos o daban cabriolas en las eras, pensando en las tortas de trigo nuevo, en la vida de abundancia y satisfacción que empezaba en las barracas al llenarse el granero; y hasta las viejos rocines mostraban los ojos alegres, marchando con mayor desembarazo, como fortalecidos por el olor de los montes de paja que, lentamente, como un río de oro, iban a deslizarse por sus pesebres en el curso del año”.

Es de notar el empleo de la metáfora, relativa al valor. La comparación con el oro, tanto de los rayos solares, como de la espiga de trigo y la paja, “colinas de oro que reflejaban la luz del sol”, aparte de la alusión de la abundancia en los primeros trazos del texto, nos da una idea de la riqueza natural connatural al trabajo del campo que quiere patentizar Blasco en este texto, por los motivos de contraste y también por la necesidad de la aparición de la belleza auténtica de la tierra dominada “trabajo gozoso”, tan grata al naturalismo. Es de notar un más que claro tono alusivo a las geórgicas de Virgilio, en especial a la primera con el elogio del “labor omnia vincit”.

Una vez descrito el esplendoroso estado de la vega valenciana, desde el ardoroso empuje del sol, hasta el estado de los aperos de labranza, pasando por la alegría de la siega de abundante trigal, entramos en la barraca de Batiste, la cual, aliviada momentáneamente de los ataques de la vecindad, prospera en consonancia con su entorno. Vamos a ver cómo nos describe Blasco el ambiente particular, familiar de la entrada del verano.

“ en el interior de la barraca, ¡qué abundancia! ¡Qué paz! Batiste se mostraba admirado de su cosecha. Las tierras, de cansadas, vírgenes de cultivo en mucho tiempo, parecía haber soltado de una vez toda la vida acumulada en sus entrañas durante diez años de reposo. El grano era grueso y abundante, y según las noticias que circulaban por la vega, iba a alcanzar buen precio. Había algo mejor – y esto lo pensaba Batiste sonriendo - : él no debía partir el producto satisfaciendo arrendamiento alguno, pues tenía franquicia por dos años. Bien había pagado esta ventaja con largos meses de alarma y de coraje y con la muerte del pobre Pascualet.”

“La prosperidad de la familia parecía reflejarse en la barraca, limpia y brillante como nunca. Vista de lejos, destacábase de las viviendas vecinas, como revelando que había en ella más prosperidad. Nadie hubiera reconocido la trágica barraca del tío Barret. Los ladrillos rojos del pavimento frente a la puerta brillaban bruñidos por las diarias frotaciones; los macizos de albahacas y dompedros y las enredaderas formaban pabellones floridos, por encima de los cuales recortábase sobre el cielo el frontón triangular y agudo de la barraca, de inmaculada blancura. En su interior notábase inmediatamente el revoloteo de las planchadas cortinas cubriendo las puertas de los estudios, los vasares con pilas de platos y con fuentes cóncavas apoyadas en la pared, exhibiendo pajarracos fantásticos y flores como tomates pintadas en su fondo, y, sobre la cantarera, semejante a un altar de azulejos, mostrábanse, como divinidades contra la sed, los panzudos y charolados cántaros, y los jarros de loza y de cristal verdoso pendientes en fila de los clavos.”

Remata el idílico paraje de la siega en la vega con dos párrafos de exuberante fuerza. Descripción estática, de cuadro impresionista, cálida y consistente.

“La siega había limpiado el paisaje, echando abajo las masas de trigo matizadas de amapolas que cerraban la vista por todos lados como murallas de oro. Ahora la vega parecía mucho más grande, infinita, y extendía hasta perderse de vista los grandes cuadros de tierra roja, cortados por sendas acequias.”

“En todas las casas se observaba rigurosamente la fiesta del domingo, y como había cosecha reciente y no poco dinero, nadie pensaba n contravenir el precepto. No se veía un solo hombre trabajando en los campos, ni una caballería en los caminos. Pasaban las viejas por las sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silueta en un brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos, sobre los tejados del pueblo. En una encrucijada chillaba persiguiéndose un gripo numeroso de niños; sobre el verde de los ribazos destacábanse los pantalones rojos de algunos soldaditos que aprovechaban la fiesta para pasar una hora en sus casas. Sonaban a lo lejos, como una tela que se rasga, los escopetazos contra las bandas de golondrinas que volaban a un lado y a otro en contradanza caprichosa, silbando agudamente, como si rayasen con sus alas el cristal azul del cielo; zumbaban sobre las acequias las nubes de mosquitos casi invisibles, y en una alquería verde, bajo el añoso emparrado, agitábanse como una amalgama de colores faldas floreadas, pañuelos vistosos. La dormilona cadencia de las guitarras parecía arrullar a un cornetín chillón que iba lanzando a todos los extremos de la vega, dormida bajo el sol, los morunos sones de la jota valenciana”-

No hace falta ser demasiado perspicaz para observar con qué equilibrio va introduciendo Blasco al lector en esta cornucopia, alternando los paisajes exteriores con el paisaje interior, para culminar con un auténtico esplendor de actividades naturales, en que entran, el ambiente festivo, obligadamente ocioso y de disfrute, tanto la vista como el olfato y finalmente, el oído, comenzando por los sonidos naturales del canto de pájaros y arrullos de acequias, y concluyendo con los de actividades cinegéticas, y los sones musicales, tanto los de las actividades castrense, siempre a lo lejos, como los de la sociedad, ejemplificados por la jota valenciana, el baile típico regional.

Como es dado ver, nada más lejano a la descripción de Sánchez Ferlosio que vimos el otro día, ésta de Blasco Ibáñez, cargada de metáforas poéticas y de conmovedoras alusiones a las beldades de su tierra natal.

Hasta la vista, amigos.

Luis Manuel Cebrero.


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