Jueves, 13 de noviembre de 2008
Publicado por Curunir @ 19:42  | Fragmentos
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TEXTO NÚMERO 1.-

EL TESTIMONIO DE YARFOZ: DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Debido a la gran admiración que siempre he sentido por este maestro de las letras españolas, humilde y reiterado eremita que prefiere observar y denunciar a implicarse, con lo que eso conlleva de sinsabores y de pobreza, comienzo esta sección – que deseo interminable – con el fragmento, para mí, mejor de esta novela inquietante y preciosa, con que rompió un silencio literario de treinta años.

Enmarcada en un espacio y tiempo míticos, la obra trata de ser un trasunto de una España previa, anterior, pero condicionada ya por las tensiones sociales y antropológicas derivadas de una orografía, acaso demasiado variopinta para pensar en creerse compartida, y mucho menos convivida.

El fragmento es la descripción del artificio de subida al Meseged, la gran meseta que interrumpe el camino de los Iscobascos, pueblo mítico pero cuya fonética no puede dejar de sugerir realidades nada triviales y, desde luego, demasiado actuales y vívidas. La fuerza y tesón literario empleado en la descripción de este espacio virtual revela la maestría literaria de don Rafael, a quien deseo lo mejor, a pesar de que en su sosegado reflexionar no encuentre más que presagios oscuros y pronósticos ríspidos.

Dejemos hablar a Yarfoz, en su testimonio, que es quien narra esta especie de texto en tono de saga mítica:

“XXIX. Del llamado Camino de los Iscobascos” habíamos tenido ya referencias en los Grágidos, como de un paso tallado en roca viva, pero jamás habríamos imaginado que pudiese consistir en la obra prodigiosa que aquella misma mañana nos iba a ser dada a conocer. Apenas habíamos recorrido unos 800 cuerpos de caballo, no ya por el sendero que iba hacia el precipicio, sino por un carril calzado que salía hacia el oeste, es decir perpendicular a aquél, aunque siempre por una fresca frondosidad de cedros y de tejos, cuando tras una curva que lo orientaba al mediodía, vimos cómo el carril comenzaba de pronto a hundirse suavemente con respecto al suelo, como excavado en la roca, hasta bajar lo suficientemente como para que las dos paredes de roca cada vez más altas que lo flanqueaban se cerrasen en bóveda sobre nuestras cabezas, formando un subterráneo. Por el sentido de la orientación calculé que la boca de este túnel tendría que confrontar exactamente con la línea del barranco, de suerte que, de estar perforado en línea recta hasta el propio paramento, tendría que haberse visto la luz en su terminación. Mas no avanzaba así, sino que, sin dejar de descender con la misma inclinación por las entrañas de la roca viva, iba torciendo suavemente hacia la derecha, y en tal oscuridad que nuestro guía encendió una antorcha, a la luz de la cual puede apreciar el esmero de la talla, que no hacía huecos ni protuberancias, y pude ver un canalillo, como de un pie de ancho y otro de profundidad junto a la pared derecha, por el que corría un agua límpida y veloz. Pronto, no obstante, apareció luz al fondo y la curva del túnel se reveló como un cuarto de circunferencia de no más de 250 cuerpos de caballo que iba a tomar justo tangencialmente el paramento vertical de precipicio que días antes habíamos conocido. El túnel, era, pues, la vía de acceso a una rampa excavada en el paredón del Meseged, pero como una acanaladura lateral, de suerte que no sólo tenía de roca el suelo y la pared derecha, sino también el techo, mientras que sólo se estaba abierta por la izquierda, donde, aún así, se le había dejado, hasta una cierta altura, un grueso parapeto. Venía a ser, pues, como un mirador corrido excavado en la pared salvo que siempre descendente, prácticamente rectilíneo, pues sólo seguía algunos entrantes y salientes del pétreo paredón. El cauce de agua seguía corriendo veloz a nuestra diestra. Pero enseguida vimos que esta rampa no proseguía adelante más que 15º cuerpos de caballo, al cabo de los cuales parecía terminar contra la roca y formando un rellano más ancho que el camino, o sea más hundido en la pared; no obstante, ya casi alcanzando esta terminación, vimos cómo inmediatamente antes del rellano, se abría de nuevo un túnel hacia la entraña de la roca; este segundo túnel, curvo también aunque de radio mucho menor que el primero, penetraba en la roca, y siempre sin dejar de descender, describiendo primero tres cuartos de circunferencia en tirabuzón, hasta llegar a un punto de inflexión e que, cambiando de convexidad, volvía de nuevo, con un postrer cuarto de círculo a alcanzar tangencialmente el paramento, dando arranque a otra rampa en todo semejante a la primera pero, inversa a ella, pues teníamos la roca a nuestra izquierda y el vacío a nuestra derecha. Comprendimos así como era, en línea esenciales, el llamado Camino de los Iscobascos: si lo hubiéramos podido ver desde la llanura, habríamos visto una sucesión de rampas en zigzag excavadas en la roca y ocultamente unidas por sus extremos a través de esos lazos que penetrando, sin dejar de descender, en las entrañas de la roca invertían y bajaban el camino hasta la siguiente rampa, colocándolo tangencialmente al paramento, gracias a la inflexión o cambio de curvatura de su último cuarto de círculo. Al fin, la totalidad no era estructuralmente distinta de una gran rampa de caracol, pero que hubiese sido aplastada, salvo en sus extremos sobre un mismo plano. Los rellanos que se abrían al extremo de las rampas, así como las otras oquedades cuadradas que aparecían aquí o allá, cada vez en mayor número, a medida que nos acercábamos al centro, eran, según nos dijo el guía, apartaderos para el cruce de carros descendentes o ascendentes, o para el descanso de las yuntas, arreglo de averías o cualquier otra eventualidad. Pronto vimos también depósitos de agua, abrevaderos, y hasta pequeños planteles que formaban jardincillos colgantes sobre el luminoso abismo, donde la roca se mostraba insegura. El parapeto se prolongaba en columnas hasta recoger la ceja de la roca que formaba el techo, pero todo tallado en roca viva, sin fábrica alguna”.

Hasta aquí el capítulo XXIX de “El testimonio de Yarfoz”, novela de Rafael Sánchez Ferlosio. Es de notar para quienes gusten de detenerse en detalles, la próvida entonación de Yarfoz, su talante aséptico y decididamente científico a la hora de describir detalladamente la obra de ingeniería. No hay concesión a la poética, ni a la metáfora, ni a la metonimia ni siquiera a la comparación. Todas las referencias son puramente geométricas a ultranza (don Rafael, como los grandes filósofos, es un amante de la geometría descriptiva), casi obsesiva en su referencia a los giros, a los círculos y tangencias, los planos inclinados y las referencias arquitectónicas a bóvedas y tallas. Solo al final se permite una pequeña concesión poética, una vez que ha superado la detallada descripción: “ceja de la roca”.

He aquí una excelente descripción, en apretado y único párrafo, en que predomina la denotación y el empleo de un lenguaje científico, en concreto el de la geometría y el de la arquitectura.

Espero que les haya entretenido.

Nos vemos.

Luis Manuel Cebrero.

Rfa:- EL TESTIMONIO DE YARFOZ.- RAFAEL SANCHEZ FERLOSIO .- ALIANZA EDITORIAL.- MADRID 1986

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