Lunes, 22 de septiembre de 2008
Publicado por Curunir @ 15:02  | Ensayo
Comentarios (0)  | Enviar

36

intensidad casi hechizante que todos los lectores hemos

experimentado en algún momento. A veces las páginas de

un libro nos han sumido en una especie de trance y nos

han parecido mucho más importantes y vívidas que nuestra

realidad, y hemos dejado de comer o de dormir por

causa de esas ficciones, como si, mientras las leíamos o nos

aguardaban y nos llamaban, nada hubiera en el mundo

más trascendental que ellas. A veces nos hemos instalado

en su territorio hasta el punto de desear quedarnos a vivir

allí, de renegar cuando se nos ha obligado a salir, o de sentir

verdadera tristeza cuando sus personajes nos han dicho

adiós. Sí, todo esto es cierto. Pero si bien se mira es tan

pueril, tan anómalo, tan alucinatorio que, a la luz de lo

que he venido exponiendo, me voy a permitir apuntar una

razón más, tanto para la fuerza como para la necesidad de

la ficción, o de los hechos reales tratados como ficción y

por ende transmutados o convertidos en tal: contaminados,

secuestrados, conquistados por ella, o acaso sólo ganados

para su causa.

Pese a esa puerilidad del novelista con la que inicié esta

disertación; es más, pese a su ingenuidad radical y su exceso

de credulidad; pese a lo absurdo de su labor, a sus trampantojos

y sus ilusiones, sus entelequias y sus pompas de jabón,

ese novelista que inventa es el único facultado para

contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas,

historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas,

diaristas, testigos y demás esforzados de la narración

abocados a fracasar. Necesitamos saber algo enteramente de

vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación.

Necesitamos que algo pueda contarse a veces de

cabo a rabo e irreversiblemente, sin limitaciones ni zonas

37

de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen

parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos

ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto

es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles

principio y fin, lo que nunca ha sucedido.

Lo que no ha tenido lugar ni ha existido, lo inventado e

imaginado, lo que no depende de ninguna verdad exterior.

Sólo a eso no puede agregársele ni restársele nada, sólo eso

no es provisional ni parcial, sino completo y definitivo.

Poco importa que a Don Quijote o a Sherlock Holmes les

hayan surgido escritores aprovechados (a Cervantes le sucedió

hasta en vida) que hayan intentado prolongar sus aventuras

y redibujar sus personalidades. Las invenciones —«las

criaturas del aire», como las llamó Fernando Savater— no

aceptan eso, y nadie considerará que forman parte de sus

historias, de las de Don Quijote y Holmes, Sancho Panza

y el Doctor Watson, el bachiller Sansón Carrasco y el Profesor

Moriarty, los numerosos remedos o continuaciones o

secuelas o usurpaciones debidos a otros autores parasitarios.

Es probable que al acometer una novela se sepa tan

poco como al emprender una crónica cuándo y cómo comenzar,

cómo proseguir y cómo y cuándo acabar. Pero,

una vez decidido, eso ya nadie lo puede mover ni cambiar.

La historia de Don Quijote empezará para siempre donde

empezó, con las invariables palabras «En un lugar de la

Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...»; y terminará

para siempre donde terminó, con el párrafo «... a

quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar

en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de

don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros

de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fue-

38

sa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo,

imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva...

», y así hasta la palabra «Vale», es decir, «Adiós».

Y tal vez sea por eso, ahora que lo pienso, señoras y señores

académicos, por lo que están ustedes dispuestos a

admitir en el seno de su digna institución a algunos novelistas,

y a hacer la generosa y disparatada merced de acogerme

hoy a mí. Quizá sea tan sólo —y no es poco, bien

mirado— porque, pese a todas las dificultades, las habidas

y las por siempre haber, seguramente seamos los únicos

que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones

ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana

ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así».

Muchas gracias.

39

 


Tags: Javier Marías, ensayo, RAE, El rastro del onagro, discurso, ingreso

Comentarios