Domingo, 21 de septiembre de 2008
Publicado por Curunir @ 15:00  | Ensayo
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des educativas de nuestros países occidentales? ¿Por qué

estamos familiarizados con seres que no han existido, en

mucha mayor medida que con los que sí cruzaron el mundo

y pudieron dejar su huella? O, mejor dicho, ¿cómo es

que, entre estos últimos, casi sólo lo estamos con aquellos

que, además de su existencia real y documentada, han

gozado de otra, literaria e imaginativa? Rodrigo Díaz de

Vivar, el Cid, existió, pero su imagen y sus hazañas nos

serían turbias, abstractas, descoloridas y frías de no haber

sido él retratado en un Cantar de hace más de ochocientos

años y en incontables romances, dramas, novelas y

hasta películas posteriores. Lo mismo puede decirse de

tantos Reyes de Inglaterra, de los que no sabríamos nada,

y que sobre todo no nos importarían nada, de no haberlos

visto actuar y hablar —ficticia, imaginariamente—

en las tragedias de Shakespeare; y es más: lo ignoramos

casi todo de aquellos infortunados de los que el Bardo no

se ocupó, como si no ser materia de la literatura fuera la

mayor maldición.

Quizá eso sea lo más llamativo: que las figuras históricas

parezcan borrarse y desaparecer para la gente en general

—no para los historiadores, claro está, pero, ¿cuántos

son?— a menos que un literato, o también hoy un cineasta,

se molesten en darles voz y rostro, se molesten en imaginarlos

y ficcionalizarlos. Pero al mismo tiempo, cada vez

que eso ocurre, la representación artística de esos sujetos

históricos se superpondrá a los datos reales que sobre ellos

se tengan, hasta el punto de suplantarlos y asimismo borrarlos.

Grosso modo, por tanto, nos encontramos con la siguiente

paradoja: para que un personaje histórico y real

permanezca en la memoria de las gentes, le es necesario re-

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vestirse de una dimensión imaginaria, o de ficción, que es

lo que, por otra parte, va a acabar por falsearlo, difuminarlo

y finalmente borrarlo en tanto que verdadero personaje

histórico. Es como si el último y más eficaz reducto de la

memoria fuera lo que la niega, la ficción, obligada a tergiversar

los hechos y a distorsionar esa memoria a la vez que

la preserva. Sabríamos mucho menos de Lope de Aguirre

—o, más bien, la gente sabría de él mucho menos— si

acerca de sus aventuras y crímenes contáramos sólo con la

Jornada de Omagua y Dorado de Francisco Vázquez y otras

crónicas más o menos contemporáneas como las de Pedro

de Munguía, Pedrarias de Almesto, Gonzalo de Zúñiga,

Toribio de Ortigueira, Custodio Hernández y demás, y no

dispusiéramos de la magnífica narración más o menos novelada

La expedición de Orsúa y los crímenes de Aguirre, publicada

en 1821 por el amigo de Coleridge y Poeta Laureado

Robert Southey, y de la excelente novela de Ramón José

Sender La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (amén de

otras diez o doce, sin olvidar Las inquietudes de Shanti Andía,

de Baroja), y de una película alemana, aunque fuera

un poco plúmbea, Aguirre o la cólera de Dios, de Werner

Herzog. Y así con innumerables ejemplos, entre ellos uno

bien reciente: hace tan sólo unos meses el colega de esta

Real Academia don Arturo Pérez-Reverte (quien, junto

con el muy sabio don Gregorio Salvador y el difunto y

siempre deslumbrante don Claudio Guillén, tuvo la gentileza

y la buena fe de presentar mi candidatura al sillón

que ocuparé en el futuro) publicó una vibrante novela sobre

los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid,

Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a

sus retratos —que ni siquiera son el meollo de la obra—,

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sumados a los de Pérez Galdós en su «episodio nacional»

El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho

más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde

y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento

de hace dos siglos justos.

¿Qué extraña fuerza tiene la literatura, o la ficción, o

la representación en general? En una novela reciente mía,

yo he ficcionalizado a mi propio padre, don Julián Marías,

que también fue miembro de esta ilustre casa durante

más de cuarenta años, bajo el nombre de Juan Deza. El

recuerdo de mi padre está aún fresco en la memoria de

cuantos lo tratamos, incluidos ustedes en su mayoría. Pero

alguno de mis hermanos ya prevé, o no sé si teme, que tal

vez, de aquí a unos años (y en el muy optimista supuesto

de que esa novela mía se siga leyendo), para quienes no lo

han conocido lo que más quede de él no sea él, sino su trasunto

literario, con el que, de suceder así, ya no sé si le habría

hecho un favor o causado un perjuicio. Lo mismo que

al eminente hispanista Sir Peter Russell de la Universidad

de Oxford, convertido en esa novela, bien que con alteraciones

fundamentales respecto al que fue, en el personaje

Sir Peter Wheeler. O que al académico que a continuación

va a tener la bondad y la paciencia de darme la bienvenida

—bueno, eso espero; con él nunca se sabe—, el profesor

Francisco Rico, que también aparece en ella como el propio

don Francisco Rico, académico (en un papel episódico,

dicho sea de paso), pero en compañía de personajes y

en una situación enteramente ficticios.

Bien, es seguro que nada de esto sucederá por culpa de

esa novela mía que no perdurará, pero en cambio sí lo es,

pues ya han transcurrido ochocientos años, que Asur Gon-

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çález, figura secundaria del Cantar de Mio Cid que existió

en la realidad, hermano de los Infantes de Carrión y que en

el poema entra en combate con uno de los leales caballeros

del Cid, Muño Gustioz, quedará para siempre fijado en un

detalle menor que sin embargo —por literario y por realista,

en todo caso por memorable— será el que lo caracterizará

hasta el fin de los tiempos: «Asur Gonçález entrava

por el palacio, / manto armiño e un brial rastrando, / vermejo

viene, ca era almorzado...», dicen esos versos del

Cantar. Y por culpa de ellos, de la literatura, o si se prefiere

de la ficcionalización, lo que se lleva recordando ocho

siglos de ese hombre —y quién sabe cuántos más le restan—

es casi cómico, una especie de condenación: no su

fortaleza ni sus acciones ni su valor, del que al parecer no

carecía según el propio Cantar; ni siquiera su lid contra

Muño Gustioz, de la que salió derrotado. Sino que llegó

bermejo, congestionado al palacio, porque acababa de

darse un atracón.

Son muchas las razones que se han barajado para explicar

tanto la fuerza como la necesidad de la ficción. Suele

hablarse —yo mismo lo he hecho en otras ocasiones— de

la parvedad de nuestras existencias reales, de la insuficiencia

de limitarse a una sola vida y de cómo la literatura nos

permite asomarnos a otras o incluso vivirlas vicariamente,

o atisbar las nuestras posibles que descartamos o que quedaron

fuera de nuestro alcance o no nos atrevimos a emprender.

Como si precisáramos conocer lo improbable

además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos

además de los hechos, lo remoto, lo negado y lo que

pudo ser, además de lo que fue o lo que es; y, por supuesto,

dialogar con los muertos. Todo ello nos es dado con una


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