Domingo, 21 de septiembre de 2008
Publicado por Curunir @ 14:57  | Ensayo
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contar todo lo vivido o sucedido, y no sólo por la imposibilidad

de «ponerse al día», sino también por la de averiguar

la totalidad. Aquello que mejor conocemos (nuestra

propia vida, nuestros propios actos, el hecho en el que participamos)

lo conocemos sólo fragmentariamente y como

envuelto en niebla. Si cualquiera de nosotros acometiera la

tarea de relatar nuestra historia, dependeríamos en buena

medida, como David Copperfield, de informaciones ajenas

y de nuestra decisión de darles crédito, pero además

nos encontraríamos en seguida con enormes zonas de sombra,

no sólo por nuestra falta de memoria, sino porque

muchas de nuestras resoluciones, acciones y omisiones no

estuvieron condicionadas por nuestra voluntad exclusivamente,

ni al entero alcance de nuestro conocimiento.

A menudo actuamos ignorando esto o aquello, que alguien

nos engañó o nos hizo creer algo falso, que se nos oculta-

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ron datos, que se nos guardaron secretos, que una mano

ajena nos impulsó, o nos persuadió sin que nos diéramos

cuenta, o nos disuadió sibilinamente. O, aún más simple,

en muchas de nuestras decisiones y acciones intervienen

otros, y sobre los otros nunca lo sabemos todo, en modo

alguno. Y a veces obramos por impulso y contra nuestros

intereses, sin saber explicárnoslo. Cualquiera que se dedique

a contar algo cierto, algo pretendidamente verídico,

algo ocurrido o acaecido, sea un cronista, un historiador,

un memorialista, un biógrafo, será siempre susceptible de

ser corregido, enmendado, aumentado o desmentido. Sin

duda persigue una maldición a los historiadores, quienes a

veces creen poder establecer y contar lo que popular o periodísticamente

se llama «la versión definitiva» de una

guerra, un periodo, una conspiración, un motín o un episodio.

Porque siempre están expuestos a que aparezcan

nuevas informaciones, nuevos documentos, testimonios

enterrados. Siempre están expuestos a que a sus versiones

se les pueda añadir o rectificar algo. Es más, lo están a que se

las eche por tierra de cabo a rabo. Y otro tanto, claro está,

les sucede a los biógrafos: un día sale a la luz una carta desconocida

del personaje biografiado, y basta con eso, si hay

mala suerte y es importante la carta, no sólo para que «la

biografía definitiva» ya no pueda serlo, sino para desbaratar

acaso sus principales interpretaciones y teorías. Ni

siquiera están libres de eso los eruditos, de los cuales hay

aquí una buena representación: por poner un ejemplo improbable

pero no imposible, si de aquí a unos años se descubriera

un paquete de cartas escritas por Miguel de

Cervantes entre 1605 y 1616, esto es, entre el año de publicación

de la Primera Parte del Quijote y el de la muer-

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te de su autor, el profesor Francisco Rico o don Martín de

Riquer, ambos ilustres miembros de esta institución, con

todos sus desvelos y su sabiduría acerca de esa obra y de la

fijación de su texto, tal vez verían echadas por tierra algunas

de sus actuales conjeturas y afirmaciones, y su trabajo

repentinamente anticuado, o, como se dice hoy, «superado

» por quienes vinieran detrás de ellos y conocieran esas

hipotéticas epístolas cervantinas.

Así, todo relato o reconstrucción de algo «real», o, si se

prefiere, toda transcripción de hechos, datos y acontecimientos

está condenada a ser provisional y, lo que es más

grave o desesperante, a ser «infiel». Por mucho que el historiador,

el cronista, el memorialista, el biógrafo, el autobiógrafo

o incluso el erudito se empeñen en ser «fieles» a

carta cabal, su capacidad para serlo es limitada, su visión

es subjetiva, su conocimiento es parcial, sus aseveraciones

son transitorias, y además, al recurrir a la palabra, están

echando mano, como vimos antes, de un instrumento impreciso,

metafórico, siempre inexacto, obligadamente figurado,

meramente sustitutivo y hasta cierto punto inservible

para la tarea. He dicho «sustitutivo» y lo he dicho a

conciencia, porque por lo general olvidamos o perdemos

de vista que esa es la esencia del lenguaje, que todo vocablo

no deja de ser un remedo. Pero basta con encontrarse

en un país cuyo idioma se desconoce absolutamente para

que todos recordemos esa esencia y recuperemos esa función.

Cuando queremos hacernos entender allí donde nuestra

lengua no se comprende, no nos queda más remedio

que regresar a los orígenes y tocar un árbol, por ejemplo,

a la vez que decimos la palabra «árbol», o que señalar a

varias mujeres y pronunciar cada vez la palabra «mujer».

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Para lo que nos sirve en el fondo cada vocablo es para referirnos

a las cosas sin necesidad de tener las cosas delante,

lo cual equivale a admitir que el lenguaje es ya en sí mismo

una traducción: la palabra «árbol» es, para un hispanohablante,

la primera traducción de la cosa árbol, como

lo es la palabra «mujer» de las diferentes personas de sexo

femenino, o la palabra «pena» de un vago estado de ánimo

que sin embargo, de manera misteriosa —muy misteriosa

en realidad—, todos acabamos por compartir y reconocer.

«Lo que siento es pena», decimos, «o más bien lástima», y

lo asombroso es que todos entiendan a qué hacen referencia

esos dos vocablos, cuando se trata de dos sentimientos

nada fáciles de definir ni tan siquiera de explicar, de algo

bastante matizado y sutil (no son sinónimos, y tampoco

son lo mismo que la tristeza o el pesar, por ejemplo). De

algo, para mayor pasmo, que casi nos parece imposible

que pueda existir sin su término correspondiente, es decir,

sin su traducción, tan acostumbrados estamos a ella. Pero

no debemos llamarnos a engaño: en contra de lo que nos

puede llegar a parecer, los sentimientos hubieron de ser

anteriores a esas palabras, a la palabra «lástima» y a la palabra

«pena», y nunca al revés. La lengua traduce la realidad

o lo existente —lo está traduciendo al denominarlo—,

y muy rara vez, si es que alguna (y aquí hay lingüistas que

lo sabrán dilucidar), la realidad «llena», por así decir, un

vocablo preexistente y sin contenido, o que no sea la sustitución

de algo.

Y no está de más recordar lo que dijo Ortega y Gasset

en el ensayo antes mencionado: «El hombre, cuando se

pone a hablar, lo hace porque cree que va a poder decir lo

que piensa. Pues bien, esto es ilusorio. El lenguaje no da

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para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que

pensamos y pone una valla infranqueable a la transfusión

del resto». Y añadió un poco más adelante: «Dóciles al

prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos

y escuchamos tan de buena fe que acabamos por

malentendernos mucho más que si mudos nos ocupásemos

en adivinarnos. Más aún: como nuestro pensamiento

está en gran medida adscrito a la lengua..., resulta que

pensar es hablar consigo mismo y, consecuentemente, malentenderse

a sí mismo y correr gran riesgo de hacerse un

puro lío».

*

Vistas así las cosas, y vistas las dificultades de toda índole,

no sería descabellado decir que contar cabalmente lo

ocurrido —eso a lo que el hombre aspira desde hace siglos,

y por lo que se esfuerza, y que de hecho cree lograr

a veces— es del todo imposible. Hace ya bastantes años,

en otra ocasión solemne más allá del Atlántico, hablé de

la desconfianza que con la edad se va adquiriendo hacia la

ficción. No es extraño oír decir a personas maduras o ancianas

que cada vez les atrae menos leer novelas y cuentos

y más les cuesta creérselos; que cada vez se les hace más arduo

prescindir de su incredulidad y olvidarse del autor, y

apasionarse con las vicisitudes de seres que jamás han existido

y que además «no hacen falta». Recordé que el filósofo

franco-rumano Cioran aseguraba no leer novelas por

eso: habiendo sucedido tanto en el mundo, decía más o

menos, cómo iba a interesarse por cosas que ni siquiera habían

acontecido; prefería, por tanto, las memorias, los dia-

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rios, las autobiografías y las biografías, la correspondencia,

las crónicas y los libros de Historia. Precisamente todo eso

que acaso no pueda contarse, según he venido apuntando.

Lo cierto es que hay algo o mucho de comprensible

en el rechazo de Cioran. Si bien se mira, ¿qué sentido tiene

leer lo imaginado, lo solamente inventado, lo inexistente,

lo ficticio, las figuraciones, lo que no ha tenido lugar,

lo que no debe quedar registrado? «Amplios son los

tesoros del olvido», escribió Sir Thomas Browne en el siglo

XVII, «e innumerables los montones de cosas en un estado

próximo a la nulidad; más hechos hay sepultados en

el silencio que registrados, y los más copiosos volúmenes

son epítomes de lo que ha sucedido. La crónica del tiempo

empezó con la noche, y la oscuridad todavía la sirve; algunos

hechos nunca salen a la luz; muchos han sido declarados;

muchos más fueron devorados por la oscuridad y las

cavernas del olvido. Cuánto ha quedado en vacuo, y nunca

será revelado...». O, lo que es lo mismo, son tantas y tantas

las personas de cuyo paso por el mundo no queda rastro ni

la menor noticia que ¿qué sentido tiene conocer, recordar

y conservar, en cambio, historias no acontecidas y personajes

que jamás han pisado la tierra? ¿Qué sentido tiene que

hasta quienes jamás se han molestado en leer a Cervantes

ni a Conan Doyle sepan sin embargo de sus criaturas,

Don Quijote y Sherlock Holmes, y hasta sean capaces de

reconocerlas inmediatamente si ven una estatua o una ilustración

de ellas, a la vez que desconocen no ya lo que le sucede

a un vecino o a un hermano, sino lo que ocurrió en su

propio país antes de su nacimiento, como suele ser la costumbre

hoy en día, cuando la Historia no parece importarle

a casi nadie, empezando por las desastrosas autorida-


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