Domingo, 21 de septiembre de 2008
Publicado por Curunir @ 14:52  | Ensayo
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a más no poder, ya se está contando más de lo que las propias

frases dicen, sin la voluntad del que las dice: «Me acerqué

a Sebastián por la espalda» implica que el asesino tal

vez lo estaba siguiendo (¿desde cuánto antes?) y que en

todo caso no estaba muy cerca de él unos segundos antes de

matarlo, porque se tuvo que acercar. «Saqué la pistola» implica

que el asesino la llevaba en el bolsillo, o en una funda

o en una bolsa, en ningún caso ya en la mano, puesto que la

sacó. «Le pegué un tiro en la nuca» implica que prefirió

que Sebastián no le viera la cara, quizá para que no supiera

quién lo mataba, o para que a él no lo asaltaran las dudas o

le faltara el valor en el momento crucial, o acaso —más

simple— porque no quería correr el riesgo de fallar ni darle

a su víctima la menor oportunidad de huir, agacharse o

defenderse, ni siquiera de alzar inútilmente la mano e intentar

cubrirse.

Esto es, cuando contamos, raro es el caso en el que no

contamos más —o menos— de lo que queremos contar.

Raro es el caso en el que no estamos dejando escapar demasiada

información o demasiada poca. Las palabras, de tan

gastadas, van cargadas de significación, y las frases casi

nunca son las justas, son imperfectas, son inexactas, son es-

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curridizas e indomeñables. En cierto sentido es casi imposible

obedecer a la orden o indicación de un interlocutor o

de un juez que nos conmine: «Vaya al grano», tal vez porque

en los hechos hay grano, pero no en la narración de los

hechos. Y de ahí, sin duda, que en ocasiones, en los juicios

de las películas —que es donde todos hemos visto más juicios—,

el relato de un testigo o del propio acusado sea tan

insuficiente, tan vagaroso, tan obligadamente aproximativo,

que el fiscal, el defensor o el juez les soliciten que

«reproduzcan los hechos», que den allí mismo, en la sala,

los pasos que dieron y apuñalen como apuñalaron, por

ejemplo, o que «representen» o «recreen» cómo tal hombre

golpeó a tal mujer con el remo, cuando ambos estaban

en una barca en medio de un lago y creían que no los veía

nadie. Exactamente como si las palabras no valieran o no

bastaran. Como si la única manera enteramente fidedigna

de relatar un hecho fuera renunciar a relatarlo, y limitarse a

repetirlo, a reproducirlo, a recrearlo o a representarlo. Sólo

así puede uno «ceñirse».

Y cabría añadir que, si de veras se fuera al grano, nunca

habría literatura. La somera confesión que antes puse

como ejemplo, y que en el fondo no era tan somera o no

se atenía estrictamente a los hechos, debería reducirse a

esto, para ir al grano: «A Sebastián le pegué un tiro», y en esa

frase no hay apenas relato y desde luego hay aún menos literatura.

Me viene aquí a la memoria un caso de la vida

real. Hace ya muchos años un amigo fue acusado en un

juicio de faltas por un disparatado incidente con un travestido

del Paseo de la Castellana, y ese amigo llevó a otro

amigo, al que yo conocía, como testigo de su defensa. Este

segundo amigo, al que llamaremos Vián, intentaba contar

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su versión a requerimiento del juez y ceñirse a lo ocurrido

lo más posible, pero no podía o no sabía hacerlo, como por lo

demás le sucede a la mayoría de la gente, se trate o no de

escritores. La intervención ante el juez de aquel Vián me

fue relatada, y como yo estaba familiarizado con su «estilo

» y su forma de hablar y de ser confuso y de dar rodeos, y

por tanto me resultaba fácil imaginármelo en la situación

judicial e imitarlo, hacía esto último a menudo, siempre a

petición de mi maestro Juan Benet, al que mucho divertía

aquella escena semiinventada, ya que ni él ni yo la habíamos

presenciado. «Anda, haz Vián ante el juez un rato»,

me decía Benet en una cena, como si fuera una pieza fija

en el repertorio de un actor. Es decir, no me pedía un relato

ya sabido, como piden los niños a los mayores, sino una

escenificación, por otra parte de algo a lo que yo no había

asistido y que en consecuencia admitía variaciones, innovaciones

y fabulaciones. Lo cierto es que a la invitación del

juez a que relatara los hechos, Vián respondía (era un poco

amanerado): «Biennn, cómo contestarle, pues verá, señoría,

había salido yo a dar un paseo, así, al atardecer, totalmente

solo, a mis anchas, como por la Castellana, o sea

como a refrescarme sin más, es decir, sin intenciones, ¿verdad?,

tranquilo, mis cosas, tal. Ya sabe, como que al terminar

la jornada lo que más le apetece a uno es desentumecerse

un poco, mmm, zancada larga, paso firme, tal. Bueno,

hablo por mí, no sé si a su señoría... Entonces: árboles, olor

a tierra, brisa en la cara, respirar hondo, estirar las piernas,

el ánimo como despejado... Porque yo trabajo en la radio,

o sea, no de locutor exactamente, me falta voz para eso, no

es profunda, no es sedosa, pero he tenido que ponerla en

algunos programas, nadie se ha quejado... Pero vamos,

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más bien los preparo, mmm, como muchas horas metido

en el estudio. Así que salí al atardecer: casi verano, tarde

que empieza a refrescar, la Castellana típica, coches, tal,

gentío, como travestis en las aceras, a punto de estallar,

muy arregladas, ya sabe su señoría que por allí hacen la calle,

bien. Nada en contra, ¿eh?, como que paso sin mirarlas

apenas, lo mismo que si fueran mi madre con su bolso

y unas amigas, ya sabe: bolso, amigas, merienda, tal».

Lo llamativo del asunto era que el juez, en lugar de

llamar al orden a Vián e instarlo a ir al grano y a centrarse

en los sucesos que atañían a la causa, lo miraba entre estupefacto

y fascinado, el codo sobre la mesa y la mejilla apoyada

en el puño, en verdad embebido por la retahíla de superfluidades

y prolegómenos que Vián iba empalmando.

Los acusadores —toda una familia, por cierto— y sus representantes

empezaron a ponerse nerviosos, porque la cosa

se alargaba y con aquel testimonio parecía imposible que se

fuera a sacar nada en limpio. Y mientras el juez escuchaba

embelesado, en verdad encantado, Vián proseguía: «Y entonces,

o sea, como que de pronto lo veo venir a él, es decir,

mi amigo, es decir, el acusado. Injustamente acusado, señoría,

porque él se acerca a mí, no a los travestis, vamos, para

nada, porque ni a él ni a mí, mmm, como que no nos va eso,

cero bajo cero. Insisto, nada en contra, tal, pero como que es

el travesti, o sea ella, el que se dirige a él, no a mí sino a él.

Cigarrillo en los labios superlargo, falda estrecha, mucho tacón

y... le pide fuego. Pero claramente con segundas, o sea,

no en plan “¿Tienes fuego?”, sino más bien como “¿tienes

fuego?”. Su señoría se dará cuenta de la diferencia... Etc.».

Salvando las distancias, hay narradores que no pueden

contar nada porque sólo saben contar como aquel co-

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nocido mío, Vián, en el mencionado juicio de faltas. Es

decir, no saben cómo ni dónde empezar, ni cómo continuar,

ni todavía menos cómo terminar. De hecho podrían

no terminar nunca, o, lo que es más grave, jamás comenzar.

No es simplemente que se vayan por las ramas, según

la expresión popular, sino que al relatar un suceso, en su

afán por «reproducirlo» con palabras, se ven obligados a

no prescindir de los infinitos elementos que precedieron o

rodearon a tal suceso. Deben indicar la hora, la época del

año, la temperatura, el escenario, las costumbres, el estado

de ánimo, la profesión del que narra y las de los involucrados,

la perspectiva, lo que vieron y oyeron a cada instante.

En cierto sentido, han de remontarse a los orígenes del

mundo antes de relatar cualquier episodio, cualquier incidente,

cualquier anécdota, cualquier minucia. Y no arrancan.

Hasta cierto punto, sólo que en una novela, y de manera

muy deliberada, es lo que ocurre en el clásico del

siglo XVIII, muy influido por Cervantes, La vida y las opiniones

del Caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne.

A diferencia de otros personajes literarios que han iniciado

el relato de sus vidas desde su nacimiento (es famoso el

segundo párrafo del David Copperfield de Dickens: «Para

empezar mi vida por el principio de mi vida, hago constar

que nací (según se me ha informado y yo creo) un viernes,

a las doce en punto de la noche»), Tristram Shandy lo inicia

desde su engendramiento (también, obligadamente,

según se le ha informado y él cree), y cuando lleva ya escritas

unas doscientas cincuenta páginas, o tres volúmenes y

medio (la novela se fue publicando por entregas en diferentes

años), y se da cuenta de que todavía no ha pasado de

su primer día de verdadera vida, es decir, del día en que

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fue dado a luz o arrojado al mundo, se interrumpe para hacer

la siguiente reflexión (y vale la pena citar por extenso):

«Este mes tengo un año más de los que tenía hace exactamente

doce meses; y yendo ya, como ven ustedes, casi por

la mitad del cuarto volumen, y no habiendo pasado, sin

embargo, del primer día de mi vida, resulta bien patente

que ahora tengo trescientos sesenta y cuatro días más de

vida que contar que cuando empecé a escribir mi obra;

de tal modo que, en lugar de haber ido avanzando en mi tarea

a medida que la iba haciendo, como un escritor normal

y corriente, lo que he hecho, por el contrario, ha sido retroceder:

exactamente (suponiendo que todos los días de mi

vida hayan sido tan ajetreados como este —¿y por qué no

suponerlo?—, y que los sucesos y opiniones de cada uno

de ellos hubieren de ocupar tanto espacio como los de este

—¿y por qué razón habría de abreviarlos?—) el equivalente

a trescientas sesenta y cuatro veces tres volúmenes y

medio. Y como, por otra parte, a este paso viviré trescientas

sesenta y cuatro veces más aprisa de lo que escribo, de

todo ello se desprende, con el permiso de sus señorías, que

cuanto más escriba más tendré que escribir, y consecuentemente,

que cuanto más lean sus señorías más tendrán

sus señorías que leer. ¿Y no será esto perjudicial para la

vista de sus señorías?». Y un poco más adelante Sterne,

o Tristram Shandy, ahonda en la paradoja y añade: «En

cuanto a la sugerencia de escribir doce volúmenes al año

(o, lo que es igual, un volumen al mes), no altera en nada

la perspectiva: escriba como escriba, y por mucho que me

empeñe en ir directa y apresuradamente al meollo de las

cosas, como aconseja Horacio, nunca lograré alcanzarme;

ya puedo fustigarme y espolearme sin compasión que, como

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mínimo, siempre le seguiré llevando, cuando menos, un

día de ventaja a mi pluma; y la narración de un día ocupa

dos volúmenes; y la redacción de dos volúmenes me lleva

un año. ¡Que los cielos hagan prosperar a los fabricantes

de papel durante este propicio reinado que se abre ahora

ante nosotros!». Así, Tristram Shandy, según avanza en su

tarea, se agrega una tarea ingente. Cuanto más relata, más

se le acumula para relatar, y cuanta más vida tiene, más se

le multiplica la vida que necesita para contarla.

Bien, siendo extremo y deliberado el caso de este peculiar

narrador, se podría decir que a cualquier crónica, a

cualquier historia, a cualesquiera anales, incluso a cualquier

autobiografía o libro de memorias, les ocurrirá lo

mismo: por así decir, están destinados a quedar cojos, incompletos,

a fracasar, a ser parciales, a ser incapaces de

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