Domingo, 21 de septiembre de 2008
Publicado por Curunir @ 14:47  | Ensayo
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varón o como a un caballero con armadura y lanza y espada?

Nos encontramos, así pues, con la paradoja de que

todo puede traducirse, o eso creemos, y de que la traducción

es imposible, si nos ponemos muy estrictos o muy teóricos,

ambas cosas vienen a ser lo mismo.

*

De todas estas cuestiones y de muchas otras nos habría

hablado con mayor acierto y claridad el académico

cuyo sillón R tengo el honor de heredar en esta casa, de la

que además fue brillante director durante muchos años, y

cuya renovación inició con no poca osadía, gran empeño,

extremada habilidad y mayor éxito. Don Fernando Lázaro

Carreter fue sin duda uno de los más perspicaces y notables

lingüistas de los muchos que ha albergado y en número

creciente sigue albergando esta institución, y su labor al

frente de ella no sólo no se ha olvidado en los años transcurridos

desde su muerte, sino que cuantos hoy la constituyen

saben de sobra que los actuales prestigio y pujanza de

la Real Academia Española habrían sido imposibles sin su

concurso, su brío, su imaginación y su visión de futuro.

Fernando Lázaro Carreter le quitó algunas telarañas, la modernizó,

la dotó de medios y logró que el conjunto de la sociedad

la volviera a tener en cuenta, y, al lavarle la cara y poner

todos sus órganos a pleno rendimiento, consiguió algo

que parecía improbable durante algún tiempo: que la Real

Academia dejara de ser percibida por el grueso de la población,

tanto en España como en la América hispana, como

algo levemente rancio, más bien sesteante, casi ornamental

y vagamente inoperante, que incorporaba al Diccionario,

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con gran lentitud, con excesivo tiento, con un retraso que

casi provocaba hilaridad, palabras ya del todo consagradas

por el uso y por el tiempo. Lázaro Carreter propició que se

perdiera el miedo a admitir nuevas expresiones y vocablos,

y durante los años de su dirección puede asegurarse que la

Real Academia Española anduvo por fin al mismo paso que

la sociedad, sin por lo demás incurrir en el defecto contrario,

esto es, en un cierto actual apresuramiento, que quizá

lleva a aceptar voces cuando aún no están cuajadas, cuando

aún no se sabe si serán producto de una moda y efímeras, si

serán arrumbadas por los hablantes al cabo de un solo decenio;

si merecerán, por tanto, ser incorporadas a la lengua de

manera permanente o registradas tan sólo como curiosidades

provisionales. Durante su fructífera etapa al frente de

esta casa se alcanzó un ideal término justo: el Diccionario

dejó de ser una fortaleza temerosa de permitir la entrada

a las palabras y acepciones que llamaban insistentemente

a sus puertas, pero tampoco se convirtió en un parque de

atracciones abierto a todo advenedizo, todo intruso o todo

ignorante que llegara dando voces.

Los méritos de don Fernando Lázaro Carreter no se

limitaron, claro está, a sus actividades real-académicas.

No es este el momento para hacer un recorrido por toda su

gran obra crítica y filológica, pero tampoco sería sensato

ni caballeroso omitir aquí la mención de sus penetrantes

e iluminadoras aproximaciones a Góngora, a Quevedo

y a Lope de Vega; al teatro medieval y al Lazarillo de Tormes;

a Azaña, a García Lorca, a Unamuno y a Valle-Inclán; a Menéndez

Pelayo o a Ignacio de Luzán; o no recordar su extraordinaria

labor didáctica, a través de la cual no sólo enseñó a

sus sin duda afortunados alumnos de las Universidades de

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Salamanca, Autónoma y Complutense de Madrid, sino a varias

generaciones de españoles, que en sus libros, gramáticas

y manuales clarísimos y siempre amenos aprendimos

lengua, literatura y cómo se comenta un texto. No llegué

a conocerlo en persona, así que ignoro si él tenía en poco o

en más su producción periodística, pero, fuera como fuese,

no debe nunca olvidarse que fue en ella donde consiguió

su mayor proeza pública, tal vez sin querer, o para su sorpresa:

con los artículos más tarde reunidos bajo los títulos

de El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra logró

lo inverosímil: que los perezosos, a menudo descuidados

españoles se interesaran por cuestiones lingüísticas, por el

buen uso de la palabra oral y escrita, por la mejora de su

habla, y que además se rieran y divirtieran con asuntos en

principio tan áridos y desdeñados. Cuatro años después de

su muerte, escritores y lectores seguimos echando de menos

sus irónicos, a veces mordaces comentarios contra la

pedantería cazurra de los medios de comunicación y su incorrección

disparatada. Ambas cosas, por desdicha, no han

hecho sino ir en aumento desde entonces, y me temo que

sean una marea ya imparable que acabará por convertir el

español en un magma en el que chapotearán y se ahogarán

los hablantes, condenados a no dominar más la lengua,

sino a ser zarandeados por ella.

En ocasiones me pregunto qué habría dicho don Fernando

Lázaro Carreter, que tuvo el valor de oponer un dique

a esa marea, acerca de tantas expresiones y confusiones

que, a fuerza de repetición, se van ya quedando. Por

ejemplo: tanto es el pavor a la muerte de nuestra sociedad

actual, y tanto procura ésta negar su existencia, que no son

pocos los médicos y periodistas que, para evitar referirse

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a las heridas «mortales» y rehuir el adjetivo, recurren a la

ridiculez de decir que alguien ha sufrido lesiones «incompatibles

con la vida». O qué habría opinado de las variantes

hoy creadas a partir de la expresión «no llegarle a uno la

camisa al cuerpo». Ya es normal que, en el idiolecto de las

televisiones, donde no nos llegue la camisa sea «al cuello»,

pero la última aportación que he oído, y no una ni dos veces,

ha sido la siguiente frase: «Es que no le llegaba la sangre

al cuello», lo cual, dicho sea de paso, debe de ser a todas

luces «incompatible con la vida», y todos aquellos a los

que les pase tendrían que estar en propiedad bien muertos.

*

Muchos son los muertos que a lo largo de la historia

han intentado relatar hechos, contar su vida o aquellos episodios

de los que habían sido testigos, o, como el gran Bernal

Díaz del Castillo entre nosotros, escribir crónicas fidedignas

de las empresas en que habían participado, con el

afán de desmentir a quienes hablaban de oídas, o a quienes

falseaban o eran parciales, o con el de dejar mera constancia

de algo ocurrido que ellos consideraban importante, y

así preservarlo de la tergiversación y el olvido. Muchos son

los vivos que intentan hacerlo hoy todavía, y todos ellos,

muertos y vivos, se han encontrado y se encuentran con

una dificultad insalvable: la sola transposición a palabras

de unos acontecimientos está traicionando por fuerza esos

acontecimientos. Lo que uno ve y vive es por definición

fragmentario y sesgado, y la simple ordenación de los vocablos

y frases que uno emplea en la relación de algo es ya

una infidelidad a ese algo. La narración no admite la simul-

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taneidad, por mucho que algunos autores hayan buscado

o inventado técnicas, a buen seguro ingeniosas, que produzcan

o creen ese efecto. Asistimos a los sucesos desde nuestra

subjetividad irremediable y desde un solo punto de vista, y

hasta cierto punto lo vemos todo como si, ante una escultura,

sólo fuéramos capaces de contemplar su parte frontal,

o bien la posterior, o uno u otro de sus perfiles, pero estuviéramos

incapacitados para dar la vuelta en torno a ella y

admirarla desde todos los ángulos, como fue concebida

y ejecutada. Vemos la realidad como si, en vez de tener volumen,

dimensiones y relieve, fuera siempre una pintura

plana, y así estamos obligados a contarla.

Tal cosa como un testimonio fidedigno resulta del todo

imposible, y no sólo por nuestra posición subjetiva y limitada,

que de todo nos da un conocimiento incompleto,

sino por el instrumento —la lengua— de que nos valemos.

Una de las grandes y primeras dudas que asaltan a cualquier

narrador —sea cronista, historiador o testigo; sea novelista

incluso— es por dónde comenzar, o qué contar antes

y qué luego. Si uno ve un incidente en el andén del

metro, lo más probable es que empiece por situarse a sí

mismo y que diga: «Estaba yo esperando el metro cuando...

», lo cual, ya de entrada, nada tiene que ver con el incidente

en sí, y es más bien una especie de justificación de

por qué el que relata vio lo que vio. «... Cuando vi que un

hombre se acercaba a otro y lo increpaba», podría continuar

la narración. Pero ese narrador habrá ya introducido

un verbo poco fiable, «vi», porque tal vez otro testigo haya

visto a los hombres con anterioridad a la increpación y por

tanto tenga más datos y sea más idóneo para contar lo que

pasó, tal vez haya visto cómo uno llevaba un buen rato mi-

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rando al otro con odio y mascullando algo, y acaso un tercero

haya observado cómo el luego increpado le había

sustraído la cartera al increpador, y que ese era, por consiguiente,

el muy probable motivo de la increpación. También

es posible que el primer narrador, antes de proseguir

con su relación de hechos, opte por describir someramente

a los dos individuos, o que pase a comentar el sobresalto

que le causaron los gritos, o la inicial reacción de alarma

de las demás personas que estaban en el andén, o que

inserte una mención a los vigilantes del metro, que en

aquel instante no estaban presentes, ocupados con otro incidente

en otra zona de la estación. Puede que haya oído las

palabras pronunciadas por el increpador, y que decida contarlas

inmediatamente, o bien que prefiera reservárselas

para más tarde. O que no distinguiera los vocablos y sólo

esté facultado para tildar de increpación la actitud del supuesto

increpador, sin certeza absoluta de que en efecto se

tratara de eso, al no haber oído bien las palabras, y en realidad

esté contando como algo seguro lo que es sólo una presunción.

Es por ello muy difícil que el narrador no recurra

a fórmulas matizadoras o que exprese reservas: «Me pareció

que...»; o bien «Hasta donde se me alcanza...»; o bien «En

la medida en que puedo afirmarlo...», fórmulas que, en el

fondo, no hacen sino reconocer lo que vengo apuntando, la

imposibilidad de contar nada acaecido, real, de manera

absolutamente segura, veraz, objetiva, completa y definitiva.

Incluso de contar aquello que uno mismo ha llevado

a cabo y que en principio no depende de nadie más. Es sumamente

improbable, por no decir imposible, que quien

por ejemplo confiesa la comisión de un asesinato se atenga

exclusivamente a los hechos y diga tan sólo: «Me acerqué

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a Sebastián por la espalda, saqué la pistola y le pegué un

tiro en la nuca». Lo más seguro es que quien confiesa tal

acto diga también por qué lo hizo, y por qué aquel día y no

otro, y por qué en aquel lugar y no en otro, y por qué tenía

una pistola, y qué le había hecho Sebastián o qué órdenes

cumplía si se trataba de un desconocido del cual le habían

revelado sólo el nombre y le habían enseñado una fotografía,

es decir, si aquello era un encargo y su profesión es la de

sicario. Incluso en las frases que acabo de enunciar, escuetas

Tags: Javier Marías, ingreso, discurso, El rastro del onagro, RAE, ensayo

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