Domingo, 21 de septiembre de 2008
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Impreso en: PALGRAPHIC, S. A.

Discurso

del

EXCMO. SR. D. JAVIERMARÍAS

 

Excelentísimo señor Director, señoras y señores académicos:

No sé cuál es el criterio que los lleva a ustedes a admitir

en el seno de su digna institución a algunos novelistas.

En realidad se me hace difícil entender que admitan

a cualquier novelista, es decir, a novelista alguno, ya que,

si la contemplamos desde un punto de vista adulto y mínimamente

serio, nuestra labor es bastante pueril. Ya la

calificó de ese modo uno de los mejores y más influyentes

novelistas de la historia, Robert Louis Stevenson, el

cual pidió disculpas en uno de sus poemas por dedicar

«las horas de su anochecer a esta pueril tarea» y por no

haber seguido la tradición de sus antepasados, en su mayoría

ingenieros y constructores de faros. «No digáis de

mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que

huí del mar, / de las torres que erigimos y las luces que encendimos

/ para jugar en casa, como un niño, con papel».

Así se inicia ese poema.

Pero nuestra labor no solamente es pueril, sino absurda,

una especie de trampantojo, un embeleco, una ilusión,

una entelequia y una pompa de jabón. En el fondo está destinada

al fracaso y además es casi imposible. Si ustedes me

apuran, y me permiten la exageración, hasta me atrevería

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a decir que contar, narrar, relatar es imposible, sobre todo si se

trata de hechos ciertos, de cosas en verdad acaecidas. Aunque

el ánimo de un relator sea el de contar tal como fue lo sucedido;

aunque el que narre sea un cronista y no haya nada

más lejos de su intención que inventar nada, y lo que desee

sea, por el contrario, ceñirse exclusivamente a lo ocurrido;

aunque se trate de la más concisa y objetiva deposición de

un testigo ocular en un juicio, que ponga su máximo empeño

en ser veraz y, como tantas veces hemos oído en las películas

americanas, jure decir la verdad, toda la verdad y nada

más que la verdad; aun así, en todos esos casos, se pretende

llevar a cabo una tarea imposible.

En el momento en que interviene la palabra, en el momento

en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido,

lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último.

Sin querer se lo deforma, tergiversa, distorsiona y

contamina. Se lo fragmenta y se convierte en sucesivo lo que

fue simultáneo. Se lo delimita con un principio y un fin artificiales,

que quedan al siempre discutible criterio del relator,

él los establece. Inevitablemente se introduce un punto de

vista y por lo tanto una subjetividad. Al menor descuido,

uno adjetiva, y los adjetivos habitan en el reino de la imprecisión:

aunque sólo sea para señalar que una persona le dio a

otra un golpe «fuerte», este variable vocablo constituye ya

por sí solo una interpretación, una aproximación, un atrevimiento

y una mera conjetura, porque «fuerte» no puede significar

lo mismo en boca de una niña de diez años y en la

muy fiera del antiguo campeón de los pesos pesados Mike

Tyson, por recurrir a un contraste extremo en la posible medición

de un golpe. De hecho, si bien se mira, la lengua misma

no es más que un permanente tanteo, un esfuerzo más

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bien inútil, una búsqueda que ni siquiera es muy libre, pues

está condicionada por las convenciones y por el pacto con los

demás hablantes: es una especie de quiero y no puedo o un

perpetuo amago condenado a no dar nunca en el blanco, o no

de lleno. Como ya observó Ortega y Gasset en su viejo ensayo

de 1937 Miseria y esplendor de la traducción, «desde hace

mucho, mucho tiempo, la humanidad, por lo menos la occidental,

no habla en serio». Y, en efecto, la lengua es metafórica

en su conjunto, y hasta con las frases más nimias, corrientes

e inocuas, las que podemos dar por más verídicas y

seguras, estamos a menudo diciendo disparates, precisamente

por estar recurriendo a una metáfora. Las más de las veces

decimos sin saber lo que decimos, y el propio Ortega ponía

este ejemplo: «si yo digo que “el sol sale por Oriente”, lo que

mis palabras, por tanto la lengua en que me expreso, propiamente

dicen es que un ente de sexo varonil y capaz de actos

espontáneos —lo llamado “sol”— ejecuta la acción de “salir”,

esto es, brincar, y que lo hace por un sitio de entre los sitios

que es por donde se producen los nacimientos —Oriente—.

Ahora bien, yo no quiero decir en serio nada de eso; yo

no creo que el sol sea un varón ni un sujeto capaz de actuaciones

espontáneas, ni que ese su “salir” sea una cosa que él

hace por sí, ni que en esa parte del espacio acontezcan con especialidad

nacimientos. Al usar esa expresión de mi lengua

materna me comporto irónicamente, descalifico lo que voy

haciendo y lo tomo en broma. La lengua es hoy un puro chiste

», remataba Ortega, porque aún están vigentes y aún no

hemos encontrado nada mejor que las expresiones y frases

del tiempo en que «el hombre indoeuropeo creía, en efecto,

que el sol era un varón, que los fenómenos naturales eran acciones

espontáneas de entidades voluntarias y que el astro

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benéfico nacía y renacía todas las mañanas en una región del

espacio». No sabemos hacer, por tanto, lo que hacía el hombre

antiguo... si queremos entendernos, claro está, y no hablar

con una terminología. «Hablar fue, pues, en época tal»,

escribía Ortega, «cosa muy distinta de lo que hoy es: era hablar

en serio». Hasta cierto punto esa habla, al convertirse en

metafórica, al adquirir un «rango literario», se ha fortalecido

de tal modo que se ha quedado con nosotros y no hemos

sido capaces de prescindir de ella, o nos ha dado miedo hacerlo.

Hemos conservado, por así decir, un bonito envoltorio

ya vacío, y con ello hemos renunciado no al conocimiento,

pero sí a hablar con conocimiento, o a expresarlo en la comunicación

habitual de unos con otros. Hay que admitir que

ese carácter eminentemente metafórico o irónico del lenguaje

es el que impide que éste sea siempre algo árido e insoportablemente

tedioso, y desde luego el que permite la existencia

de la literatura. Gracias a esas «bromas», a esos juegos, a

esa falta de seriedad esencial, no bostezamos cada vez que alguien

dice algo (aunque aun así lo hagamos muchas veces, y

confío en que esta no sea una de ellas pese al peliagudo género

«discurso de ingreso en la Academia»; ya se verá). Pero lo

cierto es que hasta la propia expresión que antes he empleado,

«dar un golpe», es un sinsentido, o es por lo menos desconcertante,

si pensamos en la connotación «dadivosa» que

el verbo «dar» tiene en tantas otras expresiones construidas

exactamente de la misma forma, como «dar un beso», «dar

ánimos» o «dar la bendición».

Si uno, además, conoce otras lenguas aparte de la que

heredó en la cuna, la condición imprecisa, tentativa y volátil

de los idiomas se le hace más manifiesta, y en seguida

se encuentra con una brutal contradicción: por una

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parte, tenemos la tendencia a creer, y aun a dar por sentado,

que todo puede decirse en todas las lenguas o por lo

menos en las más próximas, y de ahí que nos sea natural

preguntar, sin el menor reparo, «¿Cómo se dice esto en inglés?

», o «Esa expresión francesa, ¿qué significa en español?

», convencidos de que «esto» se ha de poder decir y

efectivamente se dice en inglés, sólo que de otra manera, o

de que «esa expresión francesa» ha de tener por fuerza un

equivalente en español y de que por tanto «algo» debe de

significar en nuestra lengua, también en ella. Y sin embargo,

junto a esa creencia popular y generalizada de que

todas las lenguas denominan en el fondo las mismas cosas,

los mismos objetos, los mismos sentimientos, pensamientos,

acciones, pasiones, las mismas sutilezas y los mismos

hechos —la creencia, en suma, de que todo puede decirse

y de que las lenguas son sólo el instrumento intercambiable

para referirse y nombrar lo existente, que es en cambio

inmutable en todas partes—, nos encontramos a veces con

que hasta aquello visible a todos, que comparte la humanidad

entera y que parece ser idéntico en todas las latitudes

y para todos los individuos, independientemente de su

procedencia y su cultura, tiene que ser por fuerza distinto

en virtud del vocablo que se emplee para denominarlo.

Recuerdo que, cuando hace ya muchos años daba clases

de Teoría de la Traducción en Universidades británicas,

norteamericanas o españolas, les pedía a mis alumnos

que pensaran en lo más común y universal a todos los

hombres y mujeres, que buscaran aquello que sin duda todos

compartíamos y a ninguno faltaba. «Piensen en el sol

y la luna, por ejemplo», les decía. «De hecho no es que

sean idénticos en todos los puntos del globo, es que son los

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mismos astros para todos, que, por así decir, se van turnando;

para todos salen y se ponen, y uno sería dado a suponer

que el término para llamarlos en cada lengua debería

ser inequívoco y equivalente en todas ellas». Es un

ejemplo harto conocido, pero infalible, así que el alumno

que sabía alemán caía al instante en la cuenta de que el sol

y la luna alemanes no podían ser exacta y cabalmente los

mismos que el sol y la luna españoles, italianos o franceses,

porque así como en las lenguas romances o neolatinas el

sol es un sustantivo masculino y la luna lo es femenino, en

alemán (y posiblemente en otras lenguas germánicas) sucede

justamente al revés, siendo el sol femenino (die Sonne)

y la luna masculino (der Mond). ¿Y cómo pueden ser los

mismos el sol y la luna si para toda una tradición el primero

posee una connotación masculina y el segundo una femenina

—y así se los ha venido representando pictórica y

literaria y fabulosamente—, y en toda otra tradición poseen

la connotación inversa? «Sigan pensando», les insistía

yo a mis alumnos, «en algo aún más universal que eso,

algo a lo que nadie puede escapar y de lo que todos tenemos

conciencia». Y en seguida aparecía la muerte, de la

que nadie se ha librado y que a todos aguarda pacientemente.

Es otro ejemplo bien conocido, pero en él se hace

patente el problema: ¿cómo eso, que es igual para todos

—«la gran niveladora», la llamó algún clásico—, puede

ser sin embargo lo mismo si en nuestras lenguas latinas el

vocablo es femenino y estamos acostumbrados por ello a

representárnosla como mujer, o más concretamente como

anciana esquelética que porta una guadaña, y en cambio

en el idioma alemán es masculino (der Tod) y sus hablantes

están habituados, en consecuencia, a figurárselo como a un

Tags: Javier Marías, RAE, ensayo, El rastro del onagro, blog, discurso, ingreso

Comentarios
Publicado por Curunir
Domingo, 21 de septiembre de 2008 | 15:09
El discurso de ingreso fue pronunciado por Javier Mar?as en la Real Academia Espa?ola de la Lengua, con motivo de su ingreso como acad?mico de n?mero. El discurso completo y la contestaci?n a cargo del catedr?tico Francisco Rico, puede encontrarse en documento PDF, en la web de la RAE. www.RAE.es.
Se ha dividido el discurso en seis entregas por las limitaciones de este blog.