Viernes, 20 de junio de 2008
Publicado por Curunir @ 19:31  | Narraci?n
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Apreciaba mucho al tipo que al caer la tarde, cuando la hora va apagando tenuemente la luz de la jornada, tuvo la osadía de enfrentarse al tiempo. Era un medio hombre, medio calvo, medio alto, medio gordo y medio viejo, abatió el tejadillo del kiosco donde se aburría durante todo el día, y le cerró la boca. ¿Éste era el tipo al que tanto apreciaba? ¿Eh? Pues sí. ¿Por qué? Era mi padre.

Hasta tener uso de razón (¡qué perífrasis!) estuve considerando la posibilidad de continuar el quehacer de aquel hombre callado y siempre de mal humor; pero cuando conseguí pensar por mí mismo (¡qué perífrasis!), nunca logré verme tras aquel confesionario lleno de caramelos y cuchufletas.

Normalmente nunca clausuraba el quiosco tan temprano, y no podía imaginar nada mejor para justificar semejante abandono que una  enfermedad le impidiese cumplir con la misión obligada de aburrirse en la concha del caracol. Con ademán cansino y apenas sin fuerzas, dio vuelta al cerrojo y le dio la espalda a su puesto de trabajo.

Entre las cosas que siempre me asombraron cuando se me disiparon los vapores de la imbecilidad infantil (¡qué perífrasis!), fue la increíble realidad de que pudiera mantenerse un hogar con lo que salía de aquella tortuga ahíta de confituras. Que mi vida hubiera tenido realmente una oportunidad merced a los sobados botes de plástico llenos de azucaradas basuras, a tantas y tantas bolsas de semillas preparadas, y a las ristras de pegatinas, de sobres, de estampitas, de caramelos intercambiables por centenares de monedas que arañaban  la superficie blanquecina de cristal. Cuántos años sumaron las horas que pasó allí aquel hombrecillo, cuántas jornadas de auténtico aburrimiento justificaron los ingresos que mantuvieron mi posibilidad de ser algo en la vida(¡qué perífrasis!).

Debía de encontrarse muy enfermo, sí, para que su cuerpo, que era kiosco, piel de kiosco, alma de kiosco, un ser ya hecho sustancia de kiosco por horas de mimetismo brutal, dejara el kiosco a hora tan temprana, quitándome con el dinero que dejaba de entrar en esas horas de cierre, posibilidades de ser algo más que el hijo de un kiosco. Seguí a aquel indudable enfermo por si en algún momento necesitaba de mi consuelo o de mi ayuda; porque estaba convencido de que se encontraba al límite de sus fuerzas y podía desplomarse en cualquier momento. ¿Y para que estaba yo en el mundo si no? ¿Eh? Era mi padre ¿no? Pues, eso.

Recuerdo que abría todos los días, y esto es lo mismo que decir trescientos sesenta y cinco días al año (¡qué perífrasis!), que es lo mismo que decir no tener vacaciones jamás, él, yo sí las tuve casi todos los años con mi madre (que en gloria esté), los dos solos como si fuéramos ella viuda, yo huérfano. ¡Todos los días! ¿Puede alguien imaginarse lo que significa eso? Ante la boca del quiosco han expresado su deseo posiblemente todas las personas del barrio no una, sino un montón de veces. Y todo ¿ para qué? Todo para que yo sea posibilidad en este mundo.

Para andar enfermo, muy enfermo, su paso iba adquiriendo cadencias demasiado enérgicas. Me hizo dudar. Tentado estuve de acercarme a él y preguntarle qué le pasaba. Subió al autobús, muy ensimismado. Tanto que no me vio cuando lo hice tras varias personas que lo siguieron. Me apeé detrás de él y me giré un poco haciéndome el despistado, porque lo tenía muy cerca. Anduvo durante un trecho, ensimismado. Más tarde se detuvo ante un portal de unos pisos muy baratos y realmente viejos, y antes de entrar dio un suspiro. Me fijé en el piso donde llamó y, una vez que hubo entrado, llamé al mismo sitio simulando que era un repartidor de publicidad, me contestó una voz que preguntó ¿ ya? ¿abre? y oí en zumbido de la puerta; la empujé; entré.

Nunca imaginé a mi padre, un medio hombre, metido en líos de faldas (¡qué perífrasis!), porque este tipo de negocios siempre los he considerado propios de hombres enteros. De todas formas, un quiosco que es capaz de sostener a una familia y hacer de un ser como yo una posibilidad en el mundo, también puede, pienso, ofrecer oportunidades de sentirse vivo a quien se amojama entre sus cuatro paredes (¡qué perífrasis!). De este modo puedo respirar con más alivio: no es una enfermedad lo que atenaza a mi padre, sino todo lo contrario, un exceso de salud. Así y todo, no creo que se trate de un buen negocio algo que roba tiempo de dedicación al trabajo, y a saber igualmente qué tipo de responsabilidades se habría echado encima (¡qué perífrasis!).

Estas cosas iba pensando cuando llegué al pasillo del piso donde mi padre había llamado. Era largo, medio mugriento, medio iluminado por una ventana que se mostraba sucia y medio abierta en la pared del fondo. En esto que se oyen unos gritos furibundos del interior de una de las casas, tras una puerta sin letra. Reconozco la voz de mi padre y unos gritos de mujer o de niña o de animal al ser degollado. Me asusto un poco porque jamás he visto, ni oído, ni gustado, ni olido, ni tocado a mi padre con un cabreo tan monumental como el que parecía tener ahora.

La de cosas que recuerdo de mi viejo (¡qué expresión!). Su rostro amable, siempre sonriendo a mi madre, que en gloria esté (¡qué perífrasis!), amable con sus caprichos, y tan triste pero tan entero a pesar de su medianía, cuando desapareció para siempre siendo yo aún chico. ¡Es grande mi viejo, coño! Es un hombre, más hombre de lo que nunca he sabido verlo. Tantos años viudo... ¿hay acaso naturaleza capaz de aguantar eso? Me enternece su discreción para conmigo (¡que perífrasis!), y casi me arrepiento de haberlo seguido hasta aquí, de haber descubierto su secreto.

Las voces cesaron de pronto. Me acerqué a la puerta detrás de donde habían salido esperando oír cuchicheos tiernos, las confesiones a media voz de dos seres reconciliados. Pero ¿qué ocurre? Que me llevo un susto de muerte. Mi padre abre estrepitosamente la puerta y con la facha de un matarife se planta delante de mí blandiendo una faca del tamaño de una botella de fino, toda manchada de sangre (¡qué perífrasis!). Su semblante demudado, más que susto me inspira curiosidad. Me impone silencio con la mano desarmada y se mancha de sangre los labios. Me dice que no entre en la casa, que lo siente, que no sabe lo que ha hecho y que se va, deja la faca en mi mano y me impregna de sangre. Mira sin mirar al fondo del pasillo, a la ventana. No coge carrerilla, sino que se lanza como en las películas contra la mampara de asqueroso cristal y la atraviesa con sonido de pedrada. Mi curiosidad me impide acercarme a la ventana porque me impele a entrar en el piso de donde habían salido unos gritos espantosos y mi padre. En medio de un cochambroso saloncito, sobre el suelo y un gran charco de sangre, encontré a una mujer entradita en años. Yacía boca arriba y estaba a medio vestir. Mi curiosidad me llevó a contemplar su rostro desencajado de cadáver derramado (¡qué perífrasis!). Sólo en mis recuerdos consigo asociar ese rostro afeado por la muerte y los años con el de la mujer que yo creía en la gloria. Y yo empuñaba el puñal que la había matado.


LUIS MANUEL CEBRERO
de "Tres meses cada semana"
Reservados todos los derechos(a) 

 

 

 

 

 


Tags: CEBRERO, El rastro del Onagro, Tenuemente apagada, narración, blog, tag

Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 13 de julio de 2008 | 22:06
iMPRESIONANTE NARACI?N:f)
Publicado por Invitado
Domingo, 15 de marzo de 2009 | 1:47
Ta MuuY BueNo.. bLa bLa bLa . QuE eS TeNueMeNTe