Domingo, 08 de junio de 2008
Publicado por Curunir @ 13:44  | Narraci?n
Comentarios (0)  | Enviar

DOCE VECES LO HE DICHO

 

Naturalmente que lo he intentado doce veces, tantas como las pruebas heroicas, como las congregaciones santas, como las colecciones redondas y como cuantas sensaciones preclaras existen en el mundo.

Que el resultado haya sido tan inútil como bombardear el desierto o minar el océano o suplicar clemencia a un volcán, no desmerece el hecho soberano de haberlo intentado doce veces. Lo he dicho doce veces, en doce ocasiones, una docena por doceava vez. He intentado por doce medios diferentes y de doce maneras distintas y por medio de doce caminos, conducir al resto del mundo a la convicción de que la guerra es inútil, y creo que esto me hace digno.

Este siglo que termina se ha caracterizado por ser el mas encarnizado y el más sangriento de cuantos ha habido desde que el hombre tiene memoria y conciencia. Nunca se ha odiado el ser humano a sí mismo más que en este siglo maldito, al que paradójicamente se le ha llamado el siglo de la civilización. Pues bien, cada una de las doce veces que he dicho en este mundo que la guerra es inútil ha provocado una nueva guerra. ¡Ojo! Nueva guerra no quiere decir guerra nueva, porque todas son la misma, que siempre está comenzando. El cañón que desde un helicóptero y conducido por monitores de realidad virtual hace realidad su horrible concepción, fue desde el principio un hueso de hombre que abrió nucas de hermanos. El horror de su crimen ha detenido siempre a los homicidas, pero sólo para darles el valor de continuar matando más adelante.

Lo he dicho doce veces: en Iraq, en Rusia, en Corea, en Japón, en la India, en Vietnam, en España, en Nicaragua, en Alemania, en Israel, en Yugoslavia y en Yugoslavia otra vez. Cada doceava vez que mi voz decía aquello, no habiendo hecho sino pronunciar aquellas palabras y la guerra estallaba con toda su crudeza allí donde yo lo acababa de decir, buscando completar la docena.

No hay derecho. Repito. No hay derecho que luego resulte ser yo el responsable de tanta matanza, tanta destrucción y tanto desafuero, porque me vea obligado a usar de mi fuerza para no ser víctima de la cosa inútil.

Acabo de cesar a mis ministros pacifistas, y conste que estoy de acuerdo con quienes gritan en la calle guerra no, yo también lo chillo; pero antes que ellos abogué por la inutilidad no de ésta ni de aquélla sino de la guerra en sí, y en lugar de hacerme caso, siguieron comenzándola. No hacen falta cañones sino buenas razones, siempre lo he dicho, doce veces lo he dicho a lo largo de este siglo, y nadie me ha escuchado. Por eso, antes de decirlo nuevamente en mi discurso a la nación americana, dejo esto escrito. No quiero morir y espero que no me maten; pero en la medida que dirigir pueblos y tomar decisiones que despiertan en igual medida tanto acuerdo como desacuerdo ilimitado, no puede evitar una amenaza más cierta sobre los dirigentes, y por si no saliera vivo de esta próxima rueda de prensa, quiero dejar bien clara mi postura: La guerra no es una decisión, ni una opción, ni tan siquiera un estado, como algunos creen, sino la cara oculta de la política, pues ella es el único modo que el hombre tiene de controlar a la otra, por eso ha de tener su sitio y su lugar siempre al lado de quienes dirigen los destinos de los demás. Centenares de otros hombres anteriores a mí y hablando otro idioma distinto al mío, dijeron también doce veces al mundo que la guerra es inútil; y en diciéndolo, la guerra volvió a comenzarse como cumpliendo un maleficio. Aunque en los siglos venideros gente como yo lo diga no doce veces, sino doce mil veces doce veces, la guerra surgirá detrás de cada una de esas veces y se hará realidad, por muy inútil que esta sea; porque es algo que está comenzando desde que el hombre vino a este mundo, y no concluirá hasta que no quede un solo ser humano capaz de decir sobre la Tierra que la guerra es inútil. Es inútil... Y no será porque no lo he dicho, no una sino doce veces.

 

sábado 1 de mayo de 1999


Nota.- RESERVADOS LOS DERECHO DE AUTOR.
Luis M. Cebrero Gómez (a)


Tags: CEBRERO, Doce veces lo he dicho, narración, El rastro del onagro, blog

Comentarios