Lunes, 05 de mayo de 2008
Publicado por Curunir @ 12:35  | Rese?a
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El premio Planeta del año 1995 recayó en una obra anodina y literariamente floja titulada LA MIRADA DEL OTRO, escrita por un periodista llamado FERNANDO G. DELGADO, cuya cara y voz reconozco en el presentador de telediarios de fin de semana.

Vuelvo a caer en el mismo hoyo de la desidia, pues cada vez me va costando más trabajo comentar las obras mediocres, no diré el inmenso esfuerzo que tengo que hacer para hablar un poco de una bazofia publicada como lo es esta MIRADA DEL OTRO.

Nos están asesinando la estética estos periodistas metidos a escritores. Es una pena que estos tipos no se conformen con realizar bien su trabajo que consiste, pienso yo, puesto que se hallan preparados para ello, en contar con todo detalle y comentar con el mejor juicio posible las noticias que diariamente acontecen en el mundo. Ignoro la razón por la que tanto panfletero de periódico le da por ensuciar páginas en blanco. Es penoso observar el panorama denominado literario español en que periodistas-escritores de muy poquísima monta compiten en niveles de venta con los escritores auténticos en un claro e impune intrusismo. Esto, lejos de ser bueno, es nocivo para la cultura de cualquier país, pues se pone en la conciencia de cualquiera el hecho de que escribir un libro anda al alcance de la pluma más pasajera o del más aleatorio cacumen. La disciplina de la palabra, la creación del lenguaje, la pasión por la innovación, la huida del yo personal, la trascendencia, la unidad estética, chocan con la chocarrería, la elaboración chapucera y apresurada, irrespetuosas con el fundamento poético, con la rigurosidad de la paradigmática angustia de la elección con la búsqueda dolorosa de nuevos caminos expresivos. Estos burócratas de la pluma han escogido motivos trillados, desempolvado máscaras ya olvidadas, se han puesto ante el ordenador, juegan un rato con las palabras, desarrollan una ideíta y las envían a editores (mercachifles, al fin y al cabo) o la presentan a concursos ( pases de modelos) y se embolsan el dinero, luego, después, más tarde, posteriormente, al fin al cabo, por consiguiente, por lo tanto, en conclusión, finalmente. Nada.

La obra literaria resultante no pasa de ser un pasatiempo pasajero que nada aporta al bagaje espiritual de un país con tan poco aliento que ni para un boca a boca de urgencia da. ¿La cultura ha de morirse al fin? ¿Qué haremos los demás para combatir estas modas horrendas? Escribir bien de nada sirve y morirse hambre y de indiferencia viene a ser una alternativa dolorosa y terrible. Estamos como siempre, quizá eso sea lo mejor.

Este hombre con cara de bueno es un ambicioso.

El argumento de la obra que ha escrito no deja de tener cierta voluntad de profundizar en el humano martirio de la desposesión. Y, desde luego, no dejo de apuntar que el pobre escritor, reconociendo sus limitaciones, define en una frase, creo que la mejor del libro, la circunstancia del pasatiempo y carácter lúdico porque está transitando por que está transitando nuestra cultura. En la pg. 193 dice por boca de su protagonista: “Como la literatura. Alguien que no está en lo que está, pero que de ese modo ensancha el placer”.  El placer de leer y el de escribir: queda todo en esto.

La palabra “anoche”, locativo final, aparece en la primera frase del 70 por ciento de los arranques del diario; tan obsesiva resulta su aparición que bien podría haber tenido la dignidad de figurar en el título; por ejemplo, “La mirada del otro, anoche”.

La forma novelesca es el diario, porque no podría ser de otro modo: justifica barbaridades y excusa ignorancias.

Una Edipona” narra sus avatares vitales, fundamentalmente eróticos (cómo no). El diario es falso de punto y hora que el tratamiento literario se desarrolla como narración lineal en tercera persona. No existen, pues, contradicciones lógicas, ni anécdotas verosímiles que se anotan sobre la marcha porque no se tiene en esos momentos conciencia de su trascendencia, no hay vida cotidiana en estas páginas (tan normales y sabrosas en cualquier diario.) El marido lee el diario de su mujer, esta lo sabe y comienza a inventar. El marido se inventa una historia que aparece en el diario: la escena del adulterio con que arranca el libro en un falso y torpe intento por interesar al lector en la obra, se repite íntegramente dos veces más a lo largo de la historia en dos fechas diferentes, la primera inventada y la segunda, con conocimiento por parte del marido por haberla leído con anterioridad, verdadera. Luego la inevitable separación.

Aparecen la figura represiva de la madre, la de un amante-insultado, una amiga imaginaria, la figura retrospectiva del padre desnudo, el amante-viejo que sustituye al padre, y una serie de personajes seudo-ficticios, sobre los que no se vuelve, como el homosexual-nadador, o el supuesto hijo que la protagonista va a tener, del que no existe posteriormente la menor referencia.

Todo se desenvuelve en un clima rijoso, sexual y pobre. El sistema utilizado es el contrapunto con la paradoja y el final se deja sentir desde los albores de la primera frase.

Mala, muy mala novela, además de espantosamente escrita. Posee un estilo torpe y amanerado para describir lo más sencillo.

Vg. “A contar los días. No sé cuántos días hace que se marchó (insistencia machacona. Si comienza contando los días, ¿cómo ignora su número?’) Pg 245.

El remolque más usado es el comparativo “como”.

No estoy totalmente seguro, pero podría afirmar que este recurso mimético ( qué bien podría haber sustituido en muchas ocasiones por “igual que”, “semejante a”, “tal que”, etc. [nuestra gramática es sabia])aparece al menos una vez en todas las páginas del libro, siendo frecuentes en la mayoría de los párrafos. ¡Cuánta pobreza de recursos! Ejemplo: Arranque de la novela, pg. 9: “No se oyó ni el ruido de la puerta. Daniel, como quien...” once palabras lleva y ya el “como”. En sí no es grave si diez líneas más abajo... sic “Tanto que Ignacio, como si en lugar..” ni cinco líneas más .... “Se encogió de hombros, disculpándose, como quien dice....” ni tantos otros etcéteras, que llamaría este cuaderno.

Este escritor, como si los lectores fuéramos una pandilla de gilipollas, pretende hacernos creer que escribe, como si el hecho de escribir tuviera más importancia que el hecho de ensanchar el placer; y no hace otra cosa que provocar ira y un poco de asco, como cuando se pisa una mierda, incitando como cuando esto pasa, a restregar la suela contra el bordillo para desprenderse de ella, como sin duda habría que hacer con este libro para aliviarlo de excremento, como se borra de una plana aquello que no sirve, y hacerle repetir; como antiguamente en el colegio, “en clase no se habla”, o “tanto como que al final reviento”, como le ocurrió a mi tío, que murió de un atracón de jamón. Sí el exceso de lo bueno aniquila, el de malo ¿ qué hará conmigo? Como el cursilón, pedante oficinista y vergorrágico autor del premio Planeta 1995, no quiero ni penar, porque el pensar, ya lo dijo alguien, alimenta la pasión, enfervoriza el espíritu y da fuerzas a la voluntad, y con eso ni pueden presentarse telediarios ni mucho menos escribir un libro “ que no está en lo que está”, pórquese ha compuesto “para ensanchar el placer” y la cuenta corriente.


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