Es un diálogo menor, en el que se discute acerca de la naturaleza del rapsoda, y si, en virtud de su arte, es lícito se vanagloria de conocer sobre todos los temas tratados por el poeta cuyos versos canta.
Tras una conversación con Ión, el rapsoda y después de comentar algunos pasajes de la obra homérica, se llega a la extraña conclusión que el buen rapsoda es asimismo un buen general, en función de sus conocimientos de los versos homéricos.
Resulta grotesca tal conclusión, toda vez que Ión es el mejor rapsoda de Grecia y, en tal sentido, resultaría ser el mejor general.
La evidencia de que no resulte así es que Ión nos dirige ningún ejército, por lo que, o está equivocado en su conclusión o resulta un mentiroso. Esta disyuntiva se le ofrece a Ión por parte de Sócrates el cual le ofrece así mismo al rapsoda la posibilidad de hallar la naturaleza de su arte en un don divino, en una especie de posesión por parte de Homero. El rapsoda finalmente no tiene más remedio que aceptar porque es mucho más bonito que se me considere divino. A lo que sócrates responde cerrando el dálogo: Pues bien, Ion, te concedemos lo que te parece más bello, el ser divino y el carecer de los conocimientos del arte en tus elogios sobre Homero.
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