Viernes, 05 de noviembre de 2010
Publicado por neracare @ 22:57  | Narración
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viernes, 05 de noviembre de 2010
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LEYENDAS TRUJILLANAS. Libro publicado en abril 2007

de Jose Antonio Redondo Rodríguez  

Leyenda XIV FERNÁN RUIZ ALTAMIRANO

        Otra de la leyendas que me encontré entre los papeles del cartapacio de mi abuelo fue la que protagonizó, entre otros ilustres personajes, don Fernán Ruiz, del linaje de los Altamiranos. En esta ocasión, el viejo camino de las leyendas se entronca más que nunca en su lindero, el de la historia, a cuya sombra se cobija cuando no queda más remedio.

        Veamos lo que se cuenta. Las mesnadas del rey Don Fernando III, llamado el Santo, con la ayuda del obispo de Plasencia y de las órdenes militares, había reunido un importante ejército, cerca de mil caballeros y diez mil infantes, para iniciar la reconquista de las tierras que estaban al sur del río Tajo, y que se encontraban bajo la protección de la medina de Taryala, hoy Trujillo.

        Las mesnadas cristianas habían conseguido sitiar esta estratégica fortaleza, pero no conseguían tomarla, a pesar de la mucha sangre que se había vertido a los pies mismos de la muralla; pero una y otra vez los sarracenos rechazaban a los cristianos, causándose entre unos y otros numerosísimas bajas. Y aquí precisamente, en medio de la desesperación de los sitiadores, es donde comienza esta historia con aureola de leyenda.

        Según se cuenta, la Virgen María se apareció sobre las almenas del castillo, ante las atónitas miadas del ejército cristiano que encontró en ese milagro el valor que les estaba empezando a faltar; al mismo tiempo el caballero Fernán Ruiz Altamirano consiguió abrir las piertas de la ciudad por el sitio que hoy se conoce como arco ce la Victoria en recuerdo de aquella gesta.

        Ahora bien, lo que no está claro, es el cómo consiguió el valiente caballero abrir las puertas de la arisca forataleza de la medina de Taryala; en eso las crónicas no se han puesto de acuerdo. Al menos hay dos versiones, a tal efecto y consideración, narradas por aquellos tiempos en los que moros y cristianos se destripaban sin más reparos que la posterior limpieza de la espada, y más que otra cosa porque no se oxidase. La disputa es la de siempre; es decir, esto es mío porque lo fue cuando fuera, y no del que vino depués, de más allá de las columnas de Hércules, o del Peñón de las monas, que al caso es lo mismo para una discusión de tal naturaleza.

        El extraordinario suceso, nada más y nada menos que la reconquista de la ciudad de Trujillo, sin duda fue el de los más afamados del momento; tanto es así que al parecer se premió al valeroso caballero con el título y cargo de alcalde de la nueva y poderosa ciudad cristiana. Pero a pesar de la más que segura nombradía del caso, lo cierto es que la versión original no ha llegado hasta nosotros; tan sólo tenemos referencias, las más de las veces muy tardías, de lo que allí pasó, o de lo que el narrador interpretó que allí pudo pasar. Y todo ello en medio de la milagrosa aparación de Santa María sobre las murallas del castillo, suceso muy común, por otra parte, en la narrativa de la reconquista.

        A menos hay dos planteamientos de cómo pudo conseguir don Fernán Ruiz Altamirano la renombrada hazaña; uno fruto de la artimaña y la astucia, y otro del valor, el compromiso y la decisión.

        El artero, apelativo que Homero daba al mítico Ulises, se basa en una ingeniosa artimaña en la que Fernán Ruiz y un pequeño grupo de cristianos consiguieron acercarse a las murallas, cuando las sombras de la atardecida confunden las miradas, disfrazados con unas pieles de ovejas o de cabras, en esto al parecer tampoco hay acuerdo; al parecer, dicha operación pastoril, portentosamente, no alertó a los centinelas sarracenos. Después, al abrigo de la noche, consiguieron entrar por una cloaca que evacuaba las aguas de la ciudadela, y, suponemos que después de eliminar a los centinelas, abrieron las puertas al ejército cristiano.

       La cosa no es baladí, y se necesita de algo más de fervor para dar crédito a tal suceso, pues una población sitiada durante largo tiempo, no puede tener unos custodios tan mentecatos que desprecien tan rico bocado en horas de hambruna, y que viendo tan extraña piara no pensasen en hacer presa de ella, o sospechar que allí había gato encerrado como en el caballo de Troya.

       A la vista de los acontecimientos, parece claro que el relato de la reconquista de Trujillo se fundió en manos de la imaginación popular con aquellos otros que antaño habían dado gloria y fama a sus urdidores en otras hazañas gloriosas. Aquí no hubo caballo de madera, pero hubo carneros rellenos de mesnaderos, como en otros lugares fueron otros animales, incluso bellas e insinuantes bailarinas que otrora fueron barbudos soldados de la Cristiandad.

       La seguna versión nos parece mucho más acertada desde el punto de vista historiográfico; ésta se fundamenta, a mi parecer, en distintos datos que por sí solos no conducirían a nada serio, pero todos juntos nos pueden ayudar a clarificar lo que aquel veinticinco de enero de 1232 pudo pasar en la ciudadela.

       En primer lugar, hay que tener en cuenta que a Fernández Ruiz se le considera mozárabe; es decir era un cristiano al que el Islam le había permitido vivir en territorio musulmán, por multitud de motivos que no vienen en este momento al caso, por razones obvias de espacio y ocasión.

      En segundo lugar, porque el cronista árabe al-Hinyari nos dice que Taryala es una medina arisca, poblada por mozárabes, muladíes y beréberes; además en ese orden. Y que además sus caballeros e infantes pasan su vida emprendiendo correrías contra el país de los cristianos, ejerciendo el bandolerismo y el fraude. Esto último no debe en modo alguno extrañarnos, pues los nobles de aquella época no entendían mucho de religión a la hora de hacerse con un buen botín, a costa también de quien fuese.

       En tercer lugar porque una operación militar de estas características necesita de una organización y un tiempo que no podía estar al alcance de un puñado de infiltrados, eso es más propio de un película de aventuras que de un hecho histórico.

      En otras pañabras, cuando las tropas cristianas sitian la ciudad, Fernán Ruiz esaba dentro. Las familias nobiliarias, excepto en casos extremos, al final siempre han llegado a un acuerdo, compartiendo tierras y el mando, si fuera preciso, por aquello de perpetuarse en el poder que ahora me tocará a mí, pero luego puede tocarte a ti. Para ello sólo hay que recordar la famosa hospitio que reguló durante más de mil años las relaciones entre griegos, etruscos y romanos, sobre todo entre éstos últimos que consiguieron dominar a medio mundo, atrayéndose  a la nobleza indígena e integrándola en sus modos y formas de vida.

      También convienen tener presente que el hecho de que moros, mozárabes y muladíes convivieran, no quiere decir, en modo alguno, que se fiasem. Y mucho menos que se permitiese, en momentos de tal peligrosidad como el que nos ocupa, circular libremente a los mozárabes, incluso a los muladíes, pues al fin y al cabo los conversos no son de fiar, y menos aún con armas en la mano.

      Lo más probable, es que Fernán Ruiz consiguiera reclutar secretamente adictos entre los mozárabes de la ciudadela, y que una vez hizo saber a los sitiadores cristianos sus intenciones, lideró un golpe de mano, tomando aquella parte de la muralla que llamamos del triunfo, donde se hizo fuerte y avisó con la señal acordada al ejército del rey Don Fernando. Allí seguramente se vertió mucha sangre mozárabe y debió encontrar la muerte gran parte de su linaje, pues tuvo que defender el paso el tiempo suficiente para que el ejército cristiano llegara a lugar que, para no levantar sospechas, no debería estar precisamente muy cerca.

      Fernán Ruiz y su linaje seguro que pagaron un alto precio por su hazaña. Tanto debió ser su coraje y tanta la sangre vertida de su linaje que desde entonces no sólo fue su alcide, sino que también su familia tuvo el derecho a ocupar la mitad de los asientos del concejo. Además, según las crónicas, nunca hubo protestas por tan desacostumbrado privilegio, por lo que hemos de sospechar que el reconocimiento al valor y la decisión de este personaje fue muy alto en la ciudad de Trujillo desde entonces. 

 

       


 

Comentarios
 

Comentarios
Publicado por Curunir
Domingo, 07 de noviembre de 2010 | 22:17

Enhorabuena, Neracare.

Veo que te has animado a escribir algo. aunque compruebo que no recuerdas bien cómo hay que hacerlo.

Bueno, ya aprenderás si lo haces mas a menudo.

La leyenda de Fernán Ruiz Altamirano es muy bonita. No la conocía.

Gracias.

Publicado por airamairolg
Viernes, 12 de noviembre de 2010 | 20:29

Cada vez que voy a publicar aparece el blog en latin, no sé porqué

Publicado por Curunir
Domingo, 14 de noviembre de 2010 | 19:55

Porque debes introducir el artículo, con los tags y en la categoría correspondiente e incorporarlo al blog sin previsulaizar, y si previsualizas, procura incorporar el texto de un documento de Word, en caso contrario se borrará.

Es una lástima, pero el blog tiene muchas limitaciones.

Puedes incorporarla para que se publique unas horas mas tarde, y una vez grabado, reeditarlo, para quitar las erratas, o las expresiones incorrectas.