S?bado, 16 de enero de 2010
Publicado por Curunir @ 19:43  | Rese?a
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Presentación

 

Como todas las que pretenden acercarse al mundo oriental con una formación sesgada o desde el punto de mira antropológico, la obra Seda, del autor Alessandro Baricco, pretende vestirse con los trajes nipones, pero sin ceder en lo sustancial a mostrarse como una típica y bastante mediocre representación posmodernista.

No llega a ser una balumba porque, con gran acierto, la obra ofrece una mínima extensión; pero dejando a un lado la sustancia narrativa que es casi inane, lo poco que en ella  existe es de lo más occidental, por mucho que se pretenda homenajear en su prosa al Shipango mogol, lo mismo se puede decir del cierto  regusto etic con que enfrenta en el plano narrativo la sociedad nipona en su confrontación con la sociedad finisecular europea del diecinueve, imbuida de la decisión expansiva que impulsaba el capitalismo colonialista.

No obstante, la reducidas dimensiones de la obra y el hecho de que aparezca (sin mucho sentido, me parece) dividida en innumerables capítulos, hace que se la pueda releer a lo occidental (desde la primera página a la última), o a lo oriental, (desde cualquier página a cualquier página), a gusto del lector de verdad, de ese que suele disfrutar hasta la extenuación con las buenas obras y no las devuelve a las baldas de su biblioteca hasta no haber sacado de ellas todo el jugo que guardan.

No obstante, desafortunadamente, el hecho de contemporizar con su público occidental, ha obligado al autor a fijarle límites a esta obra, marcarle un principio y un fin, por cierto, bastante vodevilesco.

 

 

El tono oriental de la narración

 

La novela está concebida en tonos minimalistas. No abunda la generosidad de descripciones sugerentes ni de amplias atenciones por lo ornamental, como podría preverse del tono y del tema de la novela. Ni siquiera aparece el toque antropológico emotivo con aquello sobre lo que se escribe. La perspectiva orientaloide está enfocada desde el estilo del mismo texto. Frases cortas, yuxtapuestas, y siempre dispuestas en el mismo orden, de manera que la secuencia general se va repitiendo a lo largo de la obra como algo dado, un esquema del que solo se cambia alguna expresión, algún elemento de la secuencia que lo hace diferente al anterior.

 

 

Capítulos cortos.- La obra de 125 páginas está compuesta por 65 capítulos, a menos de dos páginas por capítulo, teniendo en cuenta de que cada capítulo arranca en la página siguiente a la que acaba el capitulo anterior. Lo que convierte la obrita en una especie de breviario minimalista de historia, novela corta, o más que eso en micronovela.

 

 

El tono lo marca el tema: la seda es materia que conecta de inmediato con lo oriental, con la historia antigua, con lo persa, lo índico, lo chino. En esta ocasión, en el extremo oriente: japón. El autor ofrece el primer tramo de la obra una excusa para el viaje, es la parte menos lograda del libro: si fuera posible haber visto a Hervé Joncourt ya en camino, o en el mismo Japón desde el comienzo, se hubiera conseguido ir más a tono con el cuento, con el lacónico muestrario retórico de que consta el texto.

 

 

Minimalismo falso

 

Toda la obra está concebida como una réplica de la literatura japonesa, los haikus que tanto encandilaban a Borges.

Bueno, quizá la literatura japonesa pueda albergar pensamientos finos y sutiles en narraciones que requieren la reiteración en los enunciados cada vez que se relatan los mismos acontecimientos, como un  continuo renovarse en el tiempo, pero trasladar este modo de contar a una narración bastante tosca al estilo occidental, resulta un poco pedante. Quizá algo ridículo, si se piensa que quizá Baricco carece del talento necesario para suprimir detalles superfluos de la narración a la japonesa, como las continuas referencias a lo que pasaba en el mundo occidental, mientras Joncourt efectuaba los viajes por el extremo oriente.

Por esta razón manifiesto que es falso el minimalismo a la japonesa. No porque carezca de encanto una narración que pretende evocar un submundo literario prácticamente desconocido en occidente, sino por el hecho de contaminarlo con la sustancia narrativa occidental. Se narran hechos, no coincidencias. El mero hecho de mantener una simultaneidad, acaba con el encanto orientalizante que se pretende, y esto convierte la narración en un fraude.

 

 

Historia trivial (canción de Cecilia)

 

La fábula es de lo más trivial y se parece un tanto a la canción de Cecilia.

Hervé Joncourt, un comerciante en seda francés, ante la carestía de huevos para cultivar las larvas de la seda por culpa de una enfermedad, consigue del consejo de comerciantes de su pueblo ser comisionado para adquirir dichos huevos en lugares donde la enfermedad no ha llegado, concretamente en Japón. El viaje de Jancourt, así como todos los avatares de su viaje es contado en forma de crónica de viajes japonesas, enumerando en frases paratácticas cada una de las escalas. Es lo mejor de la obra. A la vuelta,  cargado de la mercancía, Joncourt salva de la ruina a su pueblo, y lo continuará haciendo  durante los años que siguen, hasta tender un puente empático entre su ciudad natal, a la que siempre vuelve por las mismas fechas, cuidadosamente narradas por el haiku del regreso, a su casa con su esposa que le espera.

Jouncourt consigue en el último de sus viajes trabar relación estrecha con una de las favoritas del shogun que le facilita los huevos de larvas de seda, el cual, impelido por los celos y por la tradicional crueldad atribuida a estos señores de la guerra, aparte del conservadurismo atávico que lo mantiene alerta contra todo lo que provenga del exterior,  consigue que el francés salga de las islas a toda prisa, casi con lo puesto, provocando una guerra.

Cuando Joncourt cómodamente agasajado en su pueblo, deja de acudir a la llamada anual de la seda, pues el comercio se ha restablecido y no son necesarios sus largos viajes, contrae la enfermedad de la nostalgia, sobre todo por la mujer de quien se enamoró o se encandiló en el Japón.

La presencia de una carta supuestamente escrita por la japonesa, en la que le manifiesta amor eterno, mantiene feliz la vida de Joncourt en n estado de sobrecogedora satisfacción, serena tranquilidad y expectante ante la posibilidad de un futuro regreso.

A la muerte de su esposa, Joncourt descubre que la carta era una superchería, y que fue ella quien valiéndose de una nativa japonesa residente en el pueblo, le decía en la carta aquello que no se había atrevido a decirle en su idioma, adoptando la personalidad de la lejana amada, lamentándose  de no haber recibido de Joncourt una consideración o tratamiento similar al que dispensará a la mujer oriental.

Finalmente Joncourt, tras una larga y serena vida, muere en su ciudad natal tras haber plantado y desarrollado el jardín oriental más occidental que pudiera cultivarse.

Decepciona un poco esta trama innecesaria que Cecilia en su célebre y preciosa canción del ramito de violetas resume y nos cuenta con mejor fortuna. ¿Por qué? Porque al prescindirse del elemento occidental en la narración, Baricco nos llama la atención sobre el hecho de aceptar todas las culturas, pero lo hace desde un punto de vista antropocéntrico, desde la cultura occidental, en el que se encuadra el golpe de efecto, generado por un extraño suspense, tan propio de la narración a la europea, y no digamos nada a la americana. No hay trama en lo oriental, sino hechos, linealidad. No existe contrasentido ni equívocos, sino verdad y línea recta. Este saltarse de los hechos a la representación convierte una poesía en prosa, en un teatro a lo kabuki, con mucho aparato, pero con poca sustancia, pero sin contar lo que hay, sino sugiriéndolo, y la sugerencia no pertenece a oriente, donde goza de gran esplendor lo explicito, sino que es un arte retórica de occidente.

Esto, lo vuelvo a repetir, convierte en un contrasentido este producto literario, de gran originalidad, no obstante y de gran mérito, por lo que se esfuerza en economizar medios para la presentación y gestión del material narrativo; sin embargo, carece de enjundia, de transitividad, se ve que se trata de un pastiche.

Claro que, como hoy ocurre, puede que sea esto lo que pretendiera el autor, dado que les es muy fácil a los autores de hoy, plegarse a lo que la crítica ferviente, convierte en opinión autorizada. Si la pretensión era el pastiche, al haberlo logrado, la obra es excelente. Pero yo, sinceramente, creo que en esto del pastiche, se debe únicamente a la falta de concreción por parte del autor del submundo que intenta plasmar, creo en su sinceridad y en su trabajo honrado. El hecho de que le haya salido una contraindicación se debe únicamente a su falta de preparación o a su falta de talento, no a una intención premeditada.


Tags: CEBRERO, Seda, Alessandro, Baricco, reseña, contemporánea, novela

Comentarios
Publicado por Invitado
Lunes, 08 de noviembre de 2010 | 20:10

coincido

Publicado por Brynhild
Domingo, 03 de abril de 2011 | 7:59

Creo que, a veces, el leer tanto, el ser tan "formado", el parecer que uno lo es, el querer que otros lo crean a toda costa, hace que se pierda el disfrutar de las simples cosas. En este caso, sos un Herve Jancour más.

Publicado por Curunir
Domingo, 03 de abril de 2011 | 22:11

Puede ser. En cualquier caso, nunca he dicho que esta obra sea una "simple cosa". Claro que este juicio parece proceder de alguien in"formado".

Publicado por Invitado
Viernes, 06 de enero de 2012 | 19:50

no me sirbio