Viernes, 16 de octubre de 2009
Publicado por Curunir @ 20:46  | Rese?a
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BROOKLYN FOLLIES[1]: PAUL AUSTER



Doble estructura de la realidad:

 

 

El yo conocedor de los hechos

 

El objeto de que Nathan Glass, el narrador protagonista, pueda sentirse al final en posesión de un estado transitivo, de ánimo pronto a la colaboración, receptivo ante los problemas ajenos y con una disponibilidad de tiempo total para ocuparse de ajenas peripecias. ¿Cómo?, colocando al mismo en una tesitura vital que total inanidad propia, de manera que su vacío esté en disposición de ser llenado por las peripecias de otros, hasta el punto de que éstas conformen y rellenen la suya propia.

 

 

Para esto es necesario que esté al tanto de todo lo que pueda ocurrir a sus compañeros, que sea depositario de toda la peripecia, tanto de la historia como de la prehistoria, y también de la protohistoria de sus compañeros de reparto.

 

 

Los hechos, sobre todo los que atañen a los personajes, son de total conocimiento, hasta de sus pormenores más escabrosos, del narrador protagonista, quien sabiamente va dosificándoselos al lector para picar su curiosidad paulatinamente, revelando pormenores a veces insólitos, en los momentos de decaimiento argumental, de modo que el ritmo de la obra se mantenga como una especie de canción callejera. Historias de Brooklyn, este es el título, y creo que Auster consigue muy dignamente y sin aparatos la sensación de estar asistiendo a un trozo de la vida humana de este barrio neoyorquino.

 

 

 

 

No es el protagonista

En multitud de ocasiones el narrador manifiesta de manera expresa que él no es el protagonista, pero sobre todo en la página 20 al inicio del segundo capítulo dice “La distinción de llevar el título de protagonista de este libro le corresponde a mi sobrino Tom Wood”. Esto se debe principalmente a que el encuentro con este personaje determina la cadena de sucesos que van a ir conformando la totalidad del relato. En cuanto al hecho de que por parte del autor se haga esta concesión se debe quizá a la conciencia que tiene éste de la baja competencia de sus lectores. Debe decirse que esta característica se da en la mayoría de las novelas que pretenden gran tirada y han de hacer esta concesión a la editorial. Rebajar la calidad del texto e ir buscando la eficacia comunicativa en detrimento de la belleza o la calidad expresiva. No es un defecto aislado en Auster, tan solo debemos censurarle el hecho de haber cedido a las necesidades del vulgo. Pero nada más.

Referencias literarias

 

Es una característica de este autor, como de tantos otros, hacer alarde de sus conocimientos literarios a cada paso que da en la obra. Considero fea costumbre esta que no aporta nada a la obra literaria, pero que impregna sus líneas de una especie de ordenanza libresca que en modo alguno ayuda a aclarar la postura de los personajes.

Puedo entender que una obra cuyo contenido es la literatura, o una referencia a la misma, pueda contener en vertientes más o menos serias, contenidos literarios, e incluso podría el autor disfrazar su pedante intención de mostrarse superculto en esta materia, creando el artificio capaz de darle esa palestra (no olvidemos la genial invención de Cervantes al respecto), pero no resulta elegante ni educado, a mi juicio, dar pistas o referencias cruzadas de cada personaje, o de cada circunstancias, siempre con destino a una cita o al carácter de una obra determinada.

Muchos son los guiños y bastantes las referencias expresas existentes en esta novela a obras de la literatura universal, que no dejan de aparecer en forma de mención o de alusión, desde la Divina Comedia dantesca, casi siempre referido al medio de la vida a que se refiere el comienzo de su poema primero, Infierno, hasta obras de Melville (Tom llegó a preparar una tesis sobre este autor), por no hablar de Nathaniel Hawthorne (el padre de la novela americana). Este último, si bien está relacionado con el personaje principal y la peripecia de uno de los adyuvantes, no resulta relevante más que la textura superficial del texto y no aporta nada, ni tan siquiera de manera sugerente, al espeso tinglado de la vida de los personajes novelescos.

Esta perversa costumbre moderna que Auster incorpora  al cuerpo de su novela, me parece una de las taras más significativas de la novela.

Cualquiera que tenga un medio nivel de cultura literaria reconocerá los obvios y a veces burdos anzuelos,( burdos por lo evidentes e ingenuos) que el autor va lanzando con el propósito de mostrar sus conocimientos en la materia que conforma su trabajo cotidiano el lenguaje literario: lo que hoy llaman estúpidamente escritura creativa, como si toda la escritura ajena al afán literario no fuera creación de mensaje alguno (lo que también da en la cretina mención de autores creativos y autores no creativos).

Cualidades de los nombres y de los hechos

Los apellidos satisfacen la necesidad de este autor de hacer metanovela mientras escribe: el hecho de llamase cristal o madera o agua, parece suponer que aportan al personaje una connotación extraña a lo que sobre él se escribe, y hace  figurar, al estilo de escritores simbólicos, en especial los finiseculares del XIX, para Unamuno es importante llamarse Manuel Bueno, o los iniciados en órdenes secretas, para Julio Verne, el nombre de Nemo, o Amigo de la Niebla (Phileas fog), confiere características especiales a estos personajes. Auster incluso lo manifiesta, como tiene por costumbre, para aclarárselo al lector de bajo nivel, lo dice claramente aunque de manera tangencial: lo manifiesta en boca de Harry “Qué interesante. Tom Wood y Nathan Glass. Madera y Cristal. Si yo me cambiara el nombre y me llamara Steel, podríamos abrir un estudio de arquitectura y llamarnos Wood, Glass y Steel.” (pg. 65). También sobre esto mismo aparece el apellido de batallad del propio Harry: Dunkel, que significa oscuro (pg. 42), y lo ya dicho sobre el apellido Hawthorn (espino).

También algunos hechos o costumbres del narrador protagonista han de sufrir un cambio de cualidad y sobre todo de frecuencia. Así, se da casi la inversión que refleja el personaje de Nathan, quien comienza por escribir multitud de relatos sobre las costumbre que cree estar viendo en el barrio y que titula El libro del desvarío humano. Curiosamente este libro irá decreciendo haga el punto de ser objeto de referencia para ser leído, y no escrito. También varía la costumbre casi diaria de masturbarse antes de dormir, y cuando acaba la obra no hay referencia ninguna a esta costumbre, que ha dado paso al coito con la amante.

 

Conclusión

 

Después de todo lo manifestado, debo declararme cauto referente a este autor americano. Lo digo porque he adquirido varias otras novelas suyas y no quiero pronunciarme sobre su modo de narrar generalizando sobre su estilo sólo a través de una de sus obras. Además porque dentro de sus limitaciones de autor que pretende llegar a las masas, haciendo concesiones a las editoriales para vender más libros a costa de la calidad formal del texto, al menos Auster consigue entretener, y a pesar del feo vicio de utilizar el texto narrativo como pretexto de sus conocimientos literarios o históricos, o cualesquiera otros, las referencias carecen de pedantería y están muy oportunamente incrustadas, haciendo que aparezcan más por capricho del narrador protagonista del relato que por la voluntad del autor auténtico Paul Auster, lo que relaja un poco la tensión entre el lector algo cohibido y el autor que habla a través de su personaje. Es la ventaja y al mismo tiempo la sensación ventajismo de todo escrito en primera persona: que el autor puede escudarse en la mala educación o fea conciencia de sus personajes narradores para escudar su propia mala fe, su propio sarcasmo o disimular su falta de talento. No espero que esto último configure el caso de Paul Auster, aunque todo está por ver.

En cuanto a mi valoración de Brooklyn Follies; me parece una obra muy digna, teniendo en cuenta los tiempos aciagos que corren para la literatura de creación y en especial para la novela, formato éste en el que están cabiendo todos los disparates que actualmente se empaquetan para el vulgar consumo. Como novela se escriben tratados de historia que adolecen de categoría científica para tales, y tratados, ensayos o manifiestos, obras de cualquier tipo de autores carecientes de formación y de sabiduría para atreverse a escribir este tipo de obras. Gentes que no pueden dedicar años enteros a presentar un resultado, se arriman al socorrido mundo de la novela, donde toda hipótesis parece de fácil desarrollo tras una breve exposición, una descripción pobre o somerísima, una narración de cuentecito explícito, unos buenos revolcones con dosis de sexo fuerte o débil, según sea en caso, y una sarta inacabable de diálogos sin sentido para rellenar páginas y páginas. Una novela no compromete a nada y puede vomitarse en ella todo lo que se ha engullido malamente de manuales de pacotilla o de revistillas de vulgarización(aza) científico-técnica.

Afortunadamente no es el caso de Auster, quien, aunque cae en la tentación de demostrar todo lo que sabe a costa y por vía de su texto narrativo, se ciñe dignamente al relato que pergeña, lo maneja con notable soltura cuidando de los tiempos y de la coherencia de los personajes; es entretenido, lo que es raro hoy en día si no se escriben barbaridades o situaciones excéntricas cuando no repugnantes o violentas. Además manifiesta cierto respeto por la figura ya obliterada por las editoriales y que se conocía como “lector atento”. Es de agradecer la maniobra literaria de Auster para no aburrir a este “Atento lector”, agradecerle el no sentirse en su mundo de creador tan satisfecho de sí mismo que pretenda convencerse de que ya no hay lectores que saben leer buenas novelas, a lo clásico, es decir a lo grande, y pretendan (como es el caso de casi la mayoría de los que escriben en castellano), hacer pasar al lector por toda la incongruencia delirante de sus mundos creados a partir de la vivencia propia o figurada, de sus iconos desnutridos de arte y de verdad.

En fin, Brooklyn Follies es un buen comienzo para iniciarse en la lectura de la obra de este norteamericano, de estilo nada complicado y con fallos en la dicción y en algunas construcciones reiterativas, como el abuso de las comas o las salvedades, que siempre son achacables a la impericia del traductor ( un individuo llamado Benito Gómez Ibáñez), del que no conozco otra traslación distinta de las que ha realizado de las obras de Auster. Tal vez resulte finalmente que dichos errores son achacables directamente al autor porque su traslado desde el inglés no es mejorable ni a tiros; en ese caso hablaré cuando pueda disponer de los textos originales en inglés. Me temo, no obstante, que eso sería ya emplear en este autor un esfuerzo digno de mejor causa.

[1] Brooklyn Follies.- Paul Auster, Ed. Anagrama, 2006, en col. 2009.

 


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