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intensidad casi hechizante que todos los lectores hemos
experimentado en algún momento. A veces las páginas de
un libro nos han sumido en una especie de trance y nos
han parecido mucho más importantes y vívidas que nuestra
realidad, y hemos dejado de comer o de dormir por
causa de esas ficciones, como si, mientras las leíamos o nos
aguardaban y nos llamaban, nada hubiera en el mundo
más trascendental que ellas. A veces nos hemos instalado
en su territorio hasta el punto de desear quedarnos a vivir
allí, de renegar cuando se nos ha obligado a salir, o de sentir
verdadera tristeza cuando sus personajes nos han dicho
adiós. Sí, todo esto es cierto. Pero si bien se mira es tan
pueril, tan anómalo, tan alucinatorio que, a la luz de lo
que he venido exponiendo, me voy a permitir apuntar una
razón más, tanto para la fuerza como para la necesidad de
la ficción, o de los hechos reales tratados como ficción y
por ende transmutados o convertidos en tal: contaminados,
secuestrados, conquistados por ella, o acaso sólo ganados
para su causa.
Pese a esa puerilidad del novelista con la que inicié esta
disertación; es más, pese a su ingenuidad radical y su exceso
de credulidad; pese a lo absurdo de su labor, a sus trampantojos
y sus ilusiones, sus entelequias y sus pompas de jabón,
ese novelista que inventa es el único facultado para
contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas,
historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas,
diaristas, testigos y demás esforzados de la narración
abocados a fracasar. Necesitamos saber algo enteramente de
vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación.
Necesitamos que algo pueda contarse a veces de
cabo a rabo e irreversiblemente, sin limitaciones ni zonas
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de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen
parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos
ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto
es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles
principio y fin, lo que nunca ha sucedido.
Lo que no ha tenido lugar ni ha existido, lo inventado e
imaginado, lo que no depende de ninguna verdad exterior.
Sólo a eso no puede agregársele ni restársele nada, sólo eso
no es provisional ni parcial, sino completo y definitivo.
Poco importa que a Don Quijote o a Sherlock Holmes les
hayan surgido escritores aprovechados (a Cervantes le sucedió
hasta en vida) que hayan intentado prolongar sus aventuras
y redibujar sus personalidades. Las invenciones —«las
criaturas del aire», como las llamó Fernando Savater— no
aceptan eso, y nadie considerará que forman parte de sus
historias, de las de Don Quijote y Holmes, Sancho Panza
y el Doctor Watson, el bachiller Sansón Carrasco y el Profesor
Moriarty, los numerosos remedos o continuaciones o
secuelas o usurpaciones debidos a otros autores parasitarios.
Es probable que al acometer una novela se sepa tan
poco como al emprender una crónica cuándo y cómo comenzar,
cómo proseguir y cómo y cuándo acabar. Pero,
una vez decidido, eso ya nadie lo puede mover ni cambiar.
La historia de Don Quijote empezará para siempre donde
empezó, con las invariables palabras «En un lugar de la
Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...»; y terminará
para siempre donde terminó, con el párrafo «... a
quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar
en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de
don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros
de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fue-
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sa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo,
imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva...
», y así hasta la palabra «Vale», es decir, «Adiós».
Y tal vez sea por eso, ahora que lo pienso, señoras y señores
académicos, por lo que están ustedes dispuestos a
admitir en el seno de su digna institución a algunos novelistas,
y a hacer la generosa y disparatada merced de acogerme
hoy a mí. Quizá sea tan sólo —y no es poco, bien
mirado— porque, pese a todas las dificultades, las habidas
y las por siempre haber, seguramente seamos los únicos
que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones
ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana
ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así».
Muchas gracias.
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