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des educativas de nuestros países occidentales? ¿Por qué
estamos familiarizados con seres que no han existido, en
mucha mayor medida que con los que sí cruzaron el mundo
y pudieron dejar su huella? O, mejor dicho, ¿cómo es
que, entre estos últimos, casi sólo lo estamos con aquellos
que, además de su existencia real y documentada, han
gozado de otra, literaria e imaginativa? Rodrigo Díaz de
Vivar, el Cid, existió, pero su imagen y sus hazañas nos
serían turbias, abstractas, descoloridas y frías de no haber
sido él retratado en un Cantar de hace más de ochocientos
años y en incontables romances, dramas, novelas y
hasta películas posteriores. Lo mismo puede decirse de
tantos Reyes de Inglaterra, de los que no sabríamos nada,
y que sobre todo no nos importarían nada, de no haberlos
visto actuar y hablar —ficticia, imaginariamente—
en las tragedias de Shakespeare; y es más: lo ignoramos
casi todo de aquellos infortunados de los que el Bardo no
se ocupó, como si no ser materia de la literatura fuera la
mayor maldición.
Quizá eso sea lo más llamativo: que las figuras históricas
parezcan borrarse y desaparecer para la gente en general
—no para los historiadores, claro está, pero, ¿cuántos
son?— a menos que un literato, o también hoy un cineasta,
se molesten en darles voz y rostro, se molesten en imaginarlos
y ficcionalizarlos. Pero al mismo tiempo, cada vez
que eso ocurre, la representación artística de esos sujetos
históricos se superpondrá a los datos reales que sobre ellos
se tengan, hasta el punto de suplantarlos y asimismo borrarlos.
Grosso modo, por tanto, nos encontramos con la siguiente
paradoja: para que un personaje histórico y real
permanezca en la memoria de las gentes, le es necesario re-
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vestirse de una dimensión imaginaria, o de ficción, que es
lo que, por otra parte, va a acabar por falsearlo, difuminarlo
y finalmente borrarlo en tanto que verdadero personaje
histórico. Es como si el último y más eficaz reducto de la
memoria fuera lo que la niega, la ficción, obligada a tergiversar
los hechos y a distorsionar esa memoria a la vez que
la preserva. Sabríamos mucho menos de Lope de Aguirre
—o, más bien, la gente sabría de él mucho menos— si
acerca de sus aventuras y crímenes contáramos sólo con la
Jornada de Omagua y Dorado de Francisco Vázquez y otras
crónicas más o menos contemporáneas como las de Pedro
de Munguía, Pedrarias de Almesto, Gonzalo de Zúñiga,
Toribio de Ortigueira, Custodio Hernández y demás, y no
dispusiéramos de la magnífica narración más o menos novelada
La expedición de Orsúa y los crímenes de Aguirre, publicada
en 1821 por el amigo de Coleridge y Poeta Laureado
Robert Southey, y de la excelente novela de Ramón José
Sender La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (amén de
otras diez o doce, sin olvidar Las inquietudes de Shanti Andía,
de Baroja), y de una película alemana, aunque fuera
un poco plúmbea, Aguirre o la cólera de Dios, de Werner
Herzog. Y así con innumerables ejemplos, entre ellos uno
bien reciente: hace tan sólo unos meses el colega de esta
Real Academia don Arturo Pérez-Reverte (quien, junto
con el muy sabio don Gregorio Salvador y el difunto y
siempre deslumbrante don Claudio Guillén, tuvo la gentileza
y la buena fe de presentar mi candidatura al sillón
que ocuparé en el futuro) publicó una vibrante novela sobre
los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid,
Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a
sus retratos —que ni siquiera son el meollo de la obra—,
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sumados a los de Pérez Galdós en su «episodio nacional»
El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho
más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde
y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento
de hace dos siglos justos.
¿Qué extraña fuerza tiene la literatura, o la ficción, o
la representación en general? En una novela reciente mía,
yo he ficcionalizado a mi propio padre, don Julián Marías,
que también fue miembro de esta ilustre casa durante
más de cuarenta años, bajo el nombre de Juan Deza. El
recuerdo de mi padre está aún fresco en la memoria de
cuantos lo tratamos, incluidos ustedes en su mayoría. Pero
alguno de mis hermanos ya prevé, o no sé si teme, que tal
vez, de aquí a unos años (y en el muy optimista supuesto
de que esa novela mía se siga leyendo), para quienes no lo
han conocido lo que más quede de él no sea él, sino su trasunto
literario, con el que, de suceder así, ya no sé si le habría
hecho un favor o causado un perjuicio. Lo mismo que
al eminente hispanista Sir Peter Russell de la Universidad
de Oxford, convertido en esa novela, bien que con alteraciones
fundamentales respecto al que fue, en el personaje
Sir Peter Wheeler. O que al académico que a continuación
va a tener la bondad y la paciencia de darme la bienvenida
—bueno, eso espero; con él nunca se sabe—, el profesor
Francisco Rico, que también aparece en ella como el propio
don Francisco Rico, académico (en un papel episódico,
dicho sea de paso), pero en compañía de personajes y
en una situación enteramente ficticios.
Bien, es seguro que nada de esto sucederá por culpa de
esa novela mía que no perdurará, pero en cambio sí lo es,
pues ya han transcurrido ochocientos años, que Asur Gon-
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çález, figura secundaria del Cantar de Mio Cid que existió
en la realidad, hermano de los Infantes de Carrión y que en
el poema entra en combate con uno de los leales caballeros
del Cid, Muño Gustioz, quedará para siempre fijado en un
detalle menor que sin embargo —por literario y por realista,
en todo caso por memorable— será el que lo caracterizará
hasta el fin de los tiempos: «Asur Gonçález entrava
por el palacio, / manto armiño e un brial rastrando, / vermejo
viene, ca era almorzado...», dicen esos versos del
Cantar. Y por culpa de ellos, de la literatura, o si se prefiere
de la ficcionalización, lo que se lleva recordando ocho
siglos de ese hombre —y quién sabe cuántos más le restan—
es casi cómico, una especie de condenación: no su
fortaleza ni sus acciones ni su valor, del que al parecer no
carecía según el propio Cantar; ni siquiera su lid contra
Muño Gustioz, de la que salió derrotado. Sino que llegó
bermejo, congestionado al palacio, porque acababa de
darse un atracón.
Son muchas las razones que se han barajado para explicar
tanto la fuerza como la necesidad de la ficción. Suele
hablarse —yo mismo lo he hecho en otras ocasiones— de
la parvedad de nuestras existencias reales, de la insuficiencia
de limitarse a una sola vida y de cómo la literatura nos
permite asomarnos a otras o incluso vivirlas vicariamente,
o atisbar las nuestras posibles que descartamos o que quedaron
fuera de nuestro alcance o no nos atrevimos a emprender.
Como si precisáramos conocer lo improbable
además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos
además de los hechos, lo remoto, lo negado y lo que
pudo ser, además de lo que fue o lo que es; y, por supuesto,
dialogar con los muertos. Todo ello nos es dado con una
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