contar todo lo vivido o sucedido, y no sólo por la imposibilidad
de «ponerse al día», sino también por la de averiguar
la totalidad. Aquello que mejor conocemos (nuestra
propia vida, nuestros propios actos, el hecho en el que participamos)
lo conocemos sólo fragmentariamente y como
envuelto en niebla. Si cualquiera de nosotros acometiera la
tarea de relatar nuestra historia, dependeríamos en buena
medida, como David Copperfield, de informaciones ajenas
y de nuestra decisión de darles crédito, pero además
nos encontraríamos en seguida con enormes zonas de sombra,
no sólo por nuestra falta de memoria, sino porque
muchas de nuestras resoluciones, acciones y omisiones no
estuvieron condicionadas por nuestra voluntad exclusivamente,
ni al entero alcance de nuestro conocimiento.
A menudo actuamos ignorando esto o aquello, que alguien
nos engañó o nos hizo creer algo falso, que se nos oculta-
27
ron datos, que se nos guardaron secretos, que una mano
ajena nos impulsó, o nos persuadió sin que nos diéramos
cuenta, o nos disuadió sibilinamente. O, aún más simple,
en muchas de nuestras decisiones y acciones intervienen
otros, y sobre los otros nunca lo sabemos todo, en modo
alguno. Y a veces obramos por impulso y contra nuestros
intereses, sin saber explicárnoslo. Cualquiera que se dedique
a contar algo cierto, algo pretendidamente verídico,
algo ocurrido o acaecido, sea un cronista, un historiador,
un memorialista, un biógrafo, será siempre susceptible de
ser corregido, enmendado, aumentado o desmentido. Sin
duda persigue una maldición a los historiadores, quienes a
veces creen poder establecer y contar lo que popular o periodísticamente
se llama «la versión definitiva» de una
guerra, un periodo, una conspiración, un motín o un episodio.
Porque siempre están expuestos a que aparezcan
nuevas informaciones, nuevos documentos, testimonios
enterrados. Siempre están expuestos a que a sus versiones
se les pueda añadir o rectificar algo. Es más, lo están a que se
las eche por tierra de cabo a rabo. Y otro tanto, claro está,
les sucede a los biógrafos: un día sale a la luz una carta desconocida
del personaje biografiado, y basta con eso, si hay
mala suerte y es importante la carta, no sólo para que «la
biografía definitiva» ya no pueda serlo, sino para desbaratar
acaso sus principales interpretaciones y teorías. Ni
siquiera están libres de eso los eruditos, de los cuales hay
aquí una buena representación: por poner un ejemplo improbable
pero no imposible, si de aquí a unos años se descubriera
un paquete de cartas escritas por Miguel de
Cervantes entre 1605 y 1616, esto es, entre el año de publicación
de la Primera Parte del Quijote y el de la muer-
28
te de su autor, el profesor Francisco Rico o don Martín de
Riquer, ambos ilustres miembros de esta institución, con
todos sus desvelos y su sabiduría acerca de esa obra y de la
fijación de su texto, tal vez verían echadas por tierra algunas
de sus actuales conjeturas y afirmaciones, y su trabajo
repentinamente anticuado, o, como se dice hoy, «superado
» por quienes vinieran detrás de ellos y conocieran esas
hipotéticas epístolas cervantinas.
Así, todo relato o reconstrucción de algo «real», o, si se
prefiere, toda transcripción de hechos, datos y acontecimientos
está condenada a ser provisional y, lo que es más
grave o desesperante, a ser «infiel». Por mucho que el historiador,
el cronista, el memorialista, el biógrafo, el autobiógrafo
o incluso el erudito se empeñen en ser «fieles» a
carta cabal, su capacidad para serlo es limitada, su visión
es subjetiva, su conocimiento es parcial, sus aseveraciones
son transitorias, y además, al recurrir a la palabra, están
echando mano, como vimos antes, de un instrumento impreciso,
metafórico, siempre inexacto, obligadamente figurado,
meramente sustitutivo y hasta cierto punto inservible
para la tarea. He dicho «sustitutivo» y lo he dicho a
conciencia, porque por lo general olvidamos o perdemos
de vista que esa es la esencia del lenguaje, que todo vocablo
no deja de ser un remedo. Pero basta con encontrarse
en un país cuyo idioma se desconoce absolutamente para
que todos recordemos esa esencia y recuperemos esa función.
Cuando queremos hacernos entender allí donde nuestra
lengua no se comprende, no nos queda más remedio
que regresar a los orígenes y tocar un árbol, por ejemplo,
a la vez que decimos la palabra «árbol», o que señalar a
varias mujeres y pronunciar cada vez la palabra «mujer».
29
Para lo que nos sirve en el fondo cada vocablo es para referirnos
a las cosas sin necesidad de tener las cosas delante,
lo cual equivale a admitir que el lenguaje es ya en sí mismo
una traducción: la palabra «árbol» es, para un hispanohablante,
la primera traducción de la cosa árbol, como
lo es la palabra «mujer» de las diferentes personas de sexo
femenino, o la palabra «pena» de un vago estado de ánimo
que sin embargo, de manera misteriosa —muy misteriosa
en realidad—, todos acabamos por compartir y reconocer.
«Lo que siento es pena», decimos, «o más bien lástima», y
lo asombroso es que todos entiendan a qué hacen referencia
esos dos vocablos, cuando se trata de dos sentimientos
nada fáciles de definir ni tan siquiera de explicar, de algo
bastante matizado y sutil (no son sinónimos, y tampoco
son lo mismo que la tristeza o el pesar, por ejemplo). De
algo, para mayor pasmo, que casi nos parece imposible
que pueda existir sin su término correspondiente, es decir,
sin su traducción, tan acostumbrados estamos a ella. Pero
no debemos llamarnos a engaño: en contra de lo que nos
puede llegar a parecer, los sentimientos hubieron de ser
anteriores a esas palabras, a la palabra «lástima» y a la palabra
«pena», y nunca al revés. La lengua traduce la realidad
o lo existente —lo está traduciendo al denominarlo—,
y muy rara vez, si es que alguna (y aquí hay lingüistas que
lo sabrán dilucidar), la realidad «llena», por así decir, un
vocablo preexistente y sin contenido, o que no sea la sustitución
de algo.
Y no está de más recordar lo que dijo Ortega y Gasset
en el ensayo antes mencionado: «El hombre, cuando se
pone a hablar, lo hace porque cree que va a poder decir lo
que piensa. Pues bien, esto es ilusorio. El lenguaje no da
30
para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que
pensamos y pone una valla infranqueable a la transfusión
del resto». Y añadió un poco más adelante: «Dóciles al
prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos
y escuchamos tan de buena fe que acabamos por
malentendernos mucho más que si mudos nos ocupásemos
en adivinarnos. Más aún: como nuestro pensamiento
está en gran medida adscrito a la lengua..., resulta que
pensar es hablar consigo mismo y, consecuentemente, malentenderse
a sí mismo y correr gran riesgo de hacerse un
puro lío».
*
Vistas así las cosas, y vistas las dificultades de toda índole,
no sería descabellado decir que contar cabalmente lo
ocurrido —eso a lo que el hombre aspira desde hace siglos,
y por lo que se esfuerza, y que de hecho cree lograr
a veces— es del todo imposible. Hace ya bastantes años,
en otra ocasión solemne más allá del Atlántico, hablé de
la desconfianza que con la edad se va adquiriendo hacia la
ficción. No es extraño oír decir a personas maduras o ancianas
que cada vez les atrae menos leer novelas y cuentos
y más les cuesta creérselos; que cada vez se les hace más arduo
prescindir de su incredulidad y olvidarse del autor, y
apasionarse con las vicisitudes de seres que jamás han existido
y que además «no hacen falta». Recordé que el filósofo
franco-rumano Cioran aseguraba no leer novelas por
eso: habiendo sucedido tanto en el mundo, decía más o
menos, cómo iba a interesarse por cosas que ni siquiera habían
acontecido; prefería, por tanto, las memorias, los dia-
31
rios, las autobiografías y las biografías, la correspondencia,
las crónicas y los libros de Historia. Precisamente todo eso
que acaso no pueda contarse, según he venido apuntando.
Lo cierto es que hay algo o mucho de comprensible
en el rechazo de Cioran. Si bien se mira, ¿qué sentido tiene
leer lo imaginado, lo solamente inventado, lo inexistente,
lo ficticio, las figuraciones, lo que no ha tenido lugar,
lo que no debe quedar registrado? «Amplios son los
tesoros del olvido», escribió Sir Thomas Browne en el siglo
XVII, «e innumerables los montones de cosas en un estado
próximo a la nulidad; más hechos hay sepultados en
el silencio que registrados, y los más copiosos volúmenes
son epítomes de lo que ha sucedido. La crónica del tiempo
empezó con la noche, y la oscuridad todavía la sirve; algunos
hechos nunca salen a la luz; muchos han sido declarados;
muchos más fueron devorados por la oscuridad y las
cavernas del olvido. Cuánto ha quedado en vacuo, y nunca
será revelado...». O, lo que es lo mismo, son tantas y tantas
las personas de cuyo paso por el mundo no queda rastro ni
la menor noticia que ¿qué sentido tiene conocer, recordar
y conservar, en cambio, historias no acontecidas y personajes
que jamás han pisado la tierra? ¿Qué sentido tiene que
hasta quienes jamás se han molestado en leer a Cervantes
ni a Conan Doyle sepan sin embargo de sus criaturas,
Don Quijote y Sherlock Holmes, y hasta sean capaces de
reconocerlas inmediatamente si ven una estatua o una ilustración
de ellas, a la vez que desconocen no ya lo que le sucede
a un vecino o a un hermano, sino lo que ocurrió en su
propio país antes de su nacimiento, como suele ser la costumbre
hoy en día, cuando la Historia no parece importarle
a casi nadie, empezando por las desastrosas autorida-
Tags: Javier Marías, El rastro del onagro, ensayo, discurso, ingreso, RAE