a más no poder, ya se está contando más de lo que las propias
frases dicen, sin la voluntad del que las dice: «Me acerqué
a Sebastián por la espalda» implica que el asesino tal
vez lo estaba siguiendo (¿desde cuánto antes?) y que en
todo caso no estaba muy cerca de él unos segundos antes de
matarlo, porque se tuvo que acercar. «Saqué la pistola» implica
que el asesino la llevaba en el bolsillo, o en una funda
o en una bolsa, en ningún caso ya en la mano, puesto que la
sacó. «Le pegué un tiro en la nuca» implica que prefirió
que Sebastián no le viera la cara, quizá para que no supiera
quién lo mataba, o para que a él no lo asaltaran las dudas o
le faltara el valor en el momento crucial, o acaso —más
simple— porque no quería correr el riesgo de fallar ni darle
a su víctima la menor oportunidad de huir, agacharse o
defenderse, ni siquiera de alzar inútilmente la mano e intentar
cubrirse.
Esto es, cuando contamos, raro es el caso en el que no
contamos más —o menos— de lo que queremos contar.
Raro es el caso en el que no estamos dejando escapar demasiada
información o demasiada poca. Las palabras, de tan
gastadas, van cargadas de significación, y las frases casi
nunca son las justas, son imperfectas, son inexactas, son es-
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curridizas e indomeñables. En cierto sentido es casi imposible
obedecer a la orden o indicación de un interlocutor o
de un juez que nos conmine: «Vaya al grano», tal vez porque
en los hechos hay grano, pero no en la narración de los
hechos. Y de ahí, sin duda, que en ocasiones, en los juicios
de las películas —que es donde todos hemos visto más juicios—,
el relato de un testigo o del propio acusado sea tan
insuficiente, tan vagaroso, tan obligadamente aproximativo,
que el fiscal, el defensor o el juez les soliciten que
«reproduzcan los hechos», que den allí mismo, en la sala,
los pasos que dieron y apuñalen como apuñalaron, por
ejemplo, o que «representen» o «recreen» cómo tal hombre
golpeó a tal mujer con el remo, cuando ambos estaban
en una barca en medio de un lago y creían que no los veía
nadie. Exactamente como si las palabras no valieran o no
bastaran. Como si la única manera enteramente fidedigna
de relatar un hecho fuera renunciar a relatarlo, y limitarse a
repetirlo, a reproducirlo, a recrearlo o a representarlo. Sólo
así puede uno «ceñirse».
Y cabría añadir que, si de veras se fuera al grano, nunca
habría literatura. La somera confesión que antes puse
como ejemplo, y que en el fondo no era tan somera o no
se atenía estrictamente a los hechos, debería reducirse a
esto, para ir al grano: «A Sebastián le pegué un tiro», y en esa
frase no hay apenas relato y desde luego hay aún menos literatura.
Me viene aquí a la memoria un caso de la vida
real. Hace ya muchos años un amigo fue acusado en un
juicio de faltas por un disparatado incidente con un travestido
del Paseo de la Castellana, y ese amigo llevó a otro
amigo, al que yo conocía, como testigo de su defensa. Este
segundo amigo, al que llamaremos Vián, intentaba contar
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su versión a requerimiento del juez y ceñirse a lo ocurrido
lo más posible, pero no podía o no sabía hacerlo, como por lo
demás le sucede a la mayoría de la gente, se trate o no de
escritores. La intervención ante el juez de aquel Vián me
fue relatada, y como yo estaba familiarizado con su «estilo
» y su forma de hablar y de ser confuso y de dar rodeos, y
por tanto me resultaba fácil imaginármelo en la situación
judicial e imitarlo, hacía esto último a menudo, siempre a
petición de mi maestro Juan Benet, al que mucho divertía
aquella escena semiinventada, ya que ni él ni yo la habíamos
presenciado. «Anda, haz Vián ante el juez un rato»,
me decía Benet en una cena, como si fuera una pieza fija
en el repertorio de un actor. Es decir, no me pedía un relato
ya sabido, como piden los niños a los mayores, sino una
escenificación, por otra parte de algo a lo que yo no había
asistido y que en consecuencia admitía variaciones, innovaciones
y fabulaciones. Lo cierto es que a la invitación del
juez a que relatara los hechos, Vián respondía (era un poco
amanerado): «Biennn, cómo contestarle, pues verá, señoría,
había salido yo a dar un paseo, así, al atardecer, totalmente
solo, a mis anchas, como por la Castellana, o sea
como a refrescarme sin más, es decir, sin intenciones, ¿verdad?,
tranquilo, mis cosas, tal. Ya sabe, como que al terminar
la jornada lo que más le apetece a uno es desentumecerse
un poco, mmm, zancada larga, paso firme, tal. Bueno,
hablo por mí, no sé si a su señoría... Entonces: árboles, olor
a tierra, brisa en la cara, respirar hondo, estirar las piernas,
el ánimo como despejado... Porque yo trabajo en la radio,
o sea, no de locutor exactamente, me falta voz para eso, no
es profunda, no es sedosa, pero he tenido que ponerla en
algunos programas, nadie se ha quejado... Pero vamos,
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más bien los preparo, mmm, como muchas horas metido
en el estudio. Así que salí al atardecer: casi verano, tarde
que empieza a refrescar, la Castellana típica, coches, tal,
gentío, como travestis en las aceras, a punto de estallar,
muy arregladas, ya sabe su señoría que por allí hacen la calle,
bien. Nada en contra, ¿eh?, como que paso sin mirarlas
apenas, lo mismo que si fueran mi madre con su bolso
y unas amigas, ya sabe: bolso, amigas, merienda, tal».
Lo llamativo del asunto era que el juez, en lugar de
llamar al orden a Vián e instarlo a ir al grano y a centrarse
en los sucesos que atañían a la causa, lo miraba entre estupefacto
y fascinado, el codo sobre la mesa y la mejilla apoyada
en el puño, en verdad embebido por la retahíla de superfluidades
y prolegómenos que Vián iba empalmando.
Los acusadores —toda una familia, por cierto— y sus representantes
empezaron a ponerse nerviosos, porque la cosa
se alargaba y con aquel testimonio parecía imposible que se
fuera a sacar nada en limpio. Y mientras el juez escuchaba
embelesado, en verdad encantado, Vián proseguía: «Y entonces,
o sea, como que de pronto lo veo venir a él, es decir,
mi amigo, es decir, el acusado. Injustamente acusado, señoría,
porque él se acerca a mí, no a los travestis, vamos, para
nada, porque ni a él ni a mí, mmm, como que no nos va eso,
cero bajo cero. Insisto, nada en contra, tal, pero como que es
el travesti, o sea ella, el que se dirige a él, no a mí sino a él.
Cigarrillo en los labios superlargo, falda estrecha, mucho tacón
y... le pide fuego. Pero claramente con segundas, o sea,
no en plan “¿Tienes fuego?”, sino más bien como “¿Tú tienes
fuego?”. Su señoría se dará cuenta de la diferencia... Etc.».
Salvando las distancias, hay narradores que no pueden
contar nada porque sólo saben contar como aquel co-
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nocido mío, Vián, en el mencionado juicio de faltas. Es
decir, no saben cómo ni dónde empezar, ni cómo continuar,
ni todavía menos cómo terminar. De hecho podrían
no terminar nunca, o, lo que es más grave, jamás comenzar.
No es simplemente que se vayan por las ramas, según
la expresión popular, sino que al relatar un suceso, en su
afán por «reproducirlo» con palabras, se ven obligados a
no prescindir de los infinitos elementos que precedieron o
rodearon a tal suceso. Deben indicar la hora, la época del
año, la temperatura, el escenario, las costumbres, el estado
de ánimo, la profesión del que narra y las de los involucrados,
la perspectiva, lo que vieron y oyeron a cada instante.
En cierto sentido, han de remontarse a los orígenes del
mundo antes de relatar cualquier episodio, cualquier incidente,
cualquier anécdota, cualquier minucia. Y no arrancan.
Hasta cierto punto, sólo que en una novela, y de manera
muy deliberada, es lo que ocurre en el clásico del
siglo XVIII, muy influido por Cervantes, La vida y las opiniones
del Caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne.
A diferencia de otros personajes literarios que han iniciado
el relato de sus vidas desde su nacimiento (es famoso el
segundo párrafo del David Copperfield de Dickens: «Para
empezar mi vida por el principio de mi vida, hago constar
que nací (según se me ha informado y yo creo) un viernes,
a las doce en punto de la noche»), Tristram Shandy lo inicia
desde su engendramiento (también, obligadamente,
según se le ha informado y él cree), y cuando lleva ya escritas
unas doscientas cincuenta páginas, o tres volúmenes y
medio (la novela se fue publicando por entregas en diferentes
años), y se da cuenta de que todavía no ha pasado de
su primer día de verdadera vida, es decir, del día en que
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fue dado a luz o arrojado al mundo, se interrumpe para hacer
la siguiente reflexión (y vale la pena citar por extenso):
«Este mes tengo un año más de los que tenía hace exactamente
doce meses; y yendo ya, como ven ustedes, casi por
la mitad del cuarto volumen, y no habiendo pasado, sin
embargo, del primer día de mi vida, resulta bien patente
que ahora tengo trescientos sesenta y cuatro días más de
vida que contar que cuando empecé a escribir mi obra;
de tal modo que, en lugar de haber ido avanzando en mi tarea
a medida que la iba haciendo, como un escritor normal
y corriente, lo que he hecho, por el contrario, ha sido retroceder:
exactamente (suponiendo que todos los días de mi
vida hayan sido tan ajetreados como este —¿y por qué no
suponerlo?—, y que los sucesos y opiniones de cada uno
de ellos hubieren de ocupar tanto espacio como los de este
—¿y por qué razón habría de abreviarlos?—) el equivalente
a trescientas sesenta y cuatro veces tres volúmenes y
medio. Y como, por otra parte, a este paso viviré trescientas
sesenta y cuatro veces más aprisa de lo que escribo, de
todo ello se desprende, con el permiso de sus señorías, que
cuanto más escriba más tendré que escribir, y consecuentemente,
que cuanto más lean sus señorías más tendrán
sus señorías que leer. ¿Y no será esto perjudicial para la
vista de sus señorías?». Y un poco más adelante Sterne,
o Tristram Shandy, ahonda en la paradoja y añade: «En
cuanto a la sugerencia de escribir doce volúmenes al año
(o, lo que es igual, un volumen al mes), no altera en nada
la perspectiva: escriba como escriba, y por mucho que me
empeñe en ir directa y apresuradamente al meollo de las
cosas, como aconseja Horacio, nunca lograré alcanzarme;
ya puedo fustigarme y espolearme sin compasión que, como
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mínimo, siempre le seguiré llevando, cuando menos, un
día de ventaja a mi pluma; y la narración de un día ocupa
dos volúmenes; y la redacción de dos volúmenes me lleva
un año. ¡Que los cielos hagan prosperar a los fabricantes
de papel durante este propicio reinado que se abre ahora
ante nosotros!». Así, Tristram Shandy, según avanza en su
tarea, se agrega una tarea ingente. Cuanto más relata, más
se le acumula para relatar, y cuanta más vida tiene, más se
le multiplica la vida que necesita para contarla.
Bien, siendo extremo y deliberado el caso de este peculiar
narrador, se podría decir que a cualquier crónica, a
cualquier historia, a cualesquiera anales, incluso a cualquier
autobiografía o libro de memorias, les ocurrirá lo
mismo: por así decir, están destinados a quedar cojos, incompletos,
a fracasar, a ser parciales, a ser incapaces de
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