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varón o como a un caballero con armadura y lanza y espada?
Nos encontramos, así pues, con la paradoja de que
todo puede traducirse, o eso creemos, y de que la traducción
es imposible, si nos ponemos muy estrictos o muy teóricos,
ambas cosas vienen a ser lo mismo.
*
De todas estas cuestiones y de muchas otras nos habría
hablado con mayor acierto y claridad el académico
cuyo sillón R tengo el honor de heredar en esta casa, de la
que además fue brillante director durante muchos años, y
cuya renovación inició con no poca osadía, gran empeño,
extremada habilidad y mayor éxito. Don Fernando Lázaro
Carreter fue sin duda uno de los más perspicaces y notables
lingüistas de los muchos que ha albergado y en número
creciente sigue albergando esta institución, y su labor al
frente de ella no sólo no se ha olvidado en los años transcurridos
desde su muerte, sino que cuantos hoy la constituyen
saben de sobra que los actuales prestigio y pujanza de
la Real Academia Española habrían sido imposibles sin su
concurso, su brío, su imaginación y su visión de futuro.
Fernando Lázaro Carreter le quitó algunas telarañas, la modernizó,
la dotó de medios y logró que el conjunto de la sociedad
la volviera a tener en cuenta, y, al lavarle la cara y poner
todos sus órganos a pleno rendimiento, consiguió algo
que parecía improbable durante algún tiempo: que la Real
Academia dejara de ser percibida por el grueso de la población,
tanto en España como en la América hispana, como
algo levemente rancio, más bien sesteante, casi ornamental
y vagamente inoperante, que incorporaba al Diccionario,
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con gran lentitud, con excesivo tiento, con un retraso que
casi provocaba hilaridad, palabras ya del todo consagradas
por el uso y por el tiempo. Lázaro Carreter propició que se
perdiera el miedo a admitir nuevas expresiones y vocablos,
y durante los años de su dirección puede asegurarse que la
Real Academia Española anduvo por fin al mismo paso que
la sociedad, sin por lo demás incurrir en el defecto contrario,
esto es, en un cierto actual apresuramiento, que quizá
lleva a aceptar voces cuando aún no están cuajadas, cuando
aún no se sabe si serán producto de una moda y efímeras, si
serán arrumbadas por los hablantes al cabo de un solo decenio;
si merecerán, por tanto, ser incorporadas a la lengua de
manera permanente o registradas tan sólo como curiosidades
provisionales. Durante su fructífera etapa al frente de
esta casa se alcanzó un ideal término justo: el Diccionario
dejó de ser una fortaleza temerosa de permitir la entrada
a las palabras y acepciones que llamaban insistentemente
a sus puertas, pero tampoco se convirtió en un parque de
atracciones abierto a todo advenedizo, todo intruso o todo
ignorante que llegara dando voces.
Los méritos de don Fernando Lázaro Carreter no se
limitaron, claro está, a sus actividades real-académicas.
No es este el momento para hacer un recorrido por toda su
gran obra crítica y filológica, pero tampoco sería sensato
ni caballeroso omitir aquí la mención de sus penetrantes
e iluminadoras aproximaciones a Góngora, a Quevedo
y a Lope de Vega; al teatro medieval y al Lazarillo de Tormes;
a Azaña, a García Lorca, a Unamuno y a Valle-Inclán; a Menéndez
Pelayo o a Ignacio de Luzán; o no recordar su extraordinaria
labor didáctica, a través de la cual no sólo enseñó a
sus sin duda afortunados alumnos de las Universidades de
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Salamanca, Autónoma y Complutense de Madrid, sino a varias
generaciones de españoles, que en sus libros, gramáticas
y manuales clarísimos y siempre amenos aprendimos
lengua, literatura y cómo se comenta un texto. No llegué
a conocerlo en persona, así que ignoro si él tenía en poco o
en más su producción periodística, pero, fuera como fuese,
no debe nunca olvidarse que fue en ella donde consiguió
su mayor proeza pública, tal vez sin querer, o para su sorpresa:
con los artículos más tarde reunidos bajo los títulos
de El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra logró
lo inverosímil: que los perezosos, a menudo descuidados
españoles se interesaran por cuestiones lingüísticas, por el
buen uso de la palabra oral y escrita, por la mejora de su
habla, y que además se rieran y divirtieran con asuntos en
principio tan áridos y desdeñados. Cuatro años después de
su muerte, escritores y lectores seguimos echando de menos
sus irónicos, a veces mordaces comentarios contra la
pedantería cazurra de los medios de comunicación y su incorrección
disparatada. Ambas cosas, por desdicha, no han
hecho sino ir en aumento desde entonces, y me temo que
sean una marea ya imparable que acabará por convertir el
español en un magma en el que chapotearán y se ahogarán
los hablantes, condenados a no dominar más la lengua,
sino a ser zarandeados por ella.
En ocasiones me pregunto qué habría dicho don Fernando
Lázaro Carreter, que tuvo el valor de oponer un dique
a esa marea, acerca de tantas expresiones y confusiones
que, a fuerza de repetición, se van ya quedando. Por
ejemplo: tanto es el pavor a la muerte de nuestra sociedad
actual, y tanto procura ésta negar su existencia, que no son
pocos los médicos y periodistas que, para evitar referirse
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a las heridas «mortales» y rehuir el adjetivo, recurren a la
ridiculez de decir que alguien ha sufrido lesiones «incompatibles
con la vida». O qué habría opinado de las variantes
hoy creadas a partir de la expresión «no llegarle a uno la
camisa al cuerpo». Ya es normal que, en el idiolecto de las
televisiones, donde no nos llegue la camisa sea «al cuello»,
pero la última aportación que he oído, y no una ni dos veces,
ha sido la siguiente frase: «Es que no le llegaba la sangre
al cuello», lo cual, dicho sea de paso, debe de ser a todas
luces «incompatible con la vida», y todos aquellos a los
que les pase tendrían que estar en propiedad bien muertos.
*
Muchos son los muertos que a lo largo de la historia
han intentado relatar hechos, contar su vida o aquellos episodios
de los que habían sido testigos, o, como el gran Bernal
Díaz del Castillo entre nosotros, escribir crónicas fidedignas
de las empresas en que habían participado, con el
afán de desmentir a quienes hablaban de oídas, o a quienes
falseaban o eran parciales, o con el de dejar mera constancia
de algo ocurrido que ellos consideraban importante, y
así preservarlo de la tergiversación y el olvido. Muchos son
los vivos que intentan hacerlo hoy todavía, y todos ellos,
muertos y vivos, se han encontrado y se encuentran con
una dificultad insalvable: la sola transposición a palabras
de unos acontecimientos está traicionando por fuerza esos
acontecimientos. Lo que uno ve y vive es por definición
fragmentario y sesgado, y la simple ordenación de los vocablos
y frases que uno emplea en la relación de algo es ya
una infidelidad a ese algo. La narración no admite la simul-
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taneidad, por mucho que algunos autores hayan buscado
o inventado técnicas, a buen seguro ingeniosas, que produzcan
o creen ese efecto. Asistimos a los sucesos desde nuestra
subjetividad irremediable y desde un solo punto de vista, y
hasta cierto punto lo vemos todo como si, ante una escultura,
sólo fuéramos capaces de contemplar su parte frontal,
o bien la posterior, o uno u otro de sus perfiles, pero estuviéramos
incapacitados para dar la vuelta en torno a ella y
admirarla desde todos los ángulos, como fue concebida
y ejecutada. Vemos la realidad como si, en vez de tener volumen,
dimensiones y relieve, fuera siempre una pintura
plana, y así estamos obligados a contarla.
Tal cosa como un testimonio fidedigno resulta del todo
imposible, y no sólo por nuestra posición subjetiva y limitada,
que de todo nos da un conocimiento incompleto,
sino por el instrumento —la lengua— de que nos valemos.
Una de las grandes y primeras dudas que asaltan a cualquier
narrador —sea cronista, historiador o testigo; sea novelista
incluso— es por dónde comenzar, o qué contar antes
y qué luego. Si uno ve un incidente en el andén del
metro, lo más probable es que empiece por situarse a sí
mismo y que diga: «Estaba yo esperando el metro cuando...
», lo cual, ya de entrada, nada tiene que ver con el incidente
en sí, y es más bien una especie de justificación de
por qué el que relata vio lo que vio. «... Cuando vi que un
hombre se acercaba a otro y lo increpaba», podría continuar
la narración. Pero ese narrador habrá ya introducido
un verbo poco fiable, «vi», porque tal vez otro testigo haya
visto a los hombres con anterioridad a la increpación y por
tanto tenga más datos y sea más idóneo para contar lo que
pasó, tal vez haya visto cómo uno llevaba un buen rato mi-
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rando al otro con odio y mascullando algo, y acaso un tercero
haya observado cómo el luego increpado le había
sustraído la cartera al increpador, y que ese era, por consiguiente,
el muy probable motivo de la increpación. También
es posible que el primer narrador, antes de proseguir
con su relación de hechos, opte por describir someramente
a los dos individuos, o que pase a comentar el sobresalto
que le causaron los gritos, o la inicial reacción de alarma
de las demás personas que estaban en el andén, o que
inserte una mención a los vigilantes del metro, que en
aquel instante no estaban presentes, ocupados con otro incidente
en otra zona de la estación. Puede que haya oído las
palabras pronunciadas por el increpador, y que decida contarlas
inmediatamente, o bien que prefiera reservárselas
para más tarde. O que no distinguiera los vocablos y sólo
esté facultado para tildar de increpación la actitud del supuesto
increpador, sin certeza absoluta de que en efecto se
tratara de eso, al no haber oído bien las palabras, y en realidad
esté contando como algo seguro lo que es sólo una presunción.
Es por ello muy difícil que el narrador no recurra
a fórmulas matizadoras o que exprese reservas: «Me pareció
que...»; o bien «Hasta donde se me alcanza...»; o bien «En
la medida en que puedo afirmarlo...», fórmulas que, en el
fondo, no hacen sino reconocer lo que vengo apuntando, la
imposibilidad de contar nada acaecido, real, de manera
absolutamente segura, veraz, objetiva, completa y definitiva.
Incluso de contar aquello que uno mismo ha llevado
a cabo y que en principio no depende de nadie más. Es sumamente
improbable, por no decir imposible, que quien
por ejemplo confiesa la comisión de un asesinato se atenga
exclusivamente a los hechos y diga tan sólo: «Me acerqué
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a Sebastián por la espalda, saqué la pistola y le pegué un
tiro en la nuca». Lo más seguro es que quien confiesa tal
acto diga también por qué lo hizo, y por qué aquel día y no
otro, y por qué en aquel lugar y no en otro, y por qué tenía
una pistola, y qué le había hecho Sebastián o qué órdenes
cumplía si se trataba de un desconocido del cual le habían
revelado sólo el nombre y le habían enseñado una fotografía,
es decir, si aquello era un encargo y su profesión es la de
sicario. Incluso en las frases que acabo de enunciar, escuetas
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