Depósito Legal: M-19839-2008
Impreso en: PALGRAPHIC, S. A.
Discurso
del
EXCMO. SR. D. JAVIERMARÍAS
Excelentísimo señor Director, señoras y señores académicos:
No sé cuál es el criterio que los lleva a ustedes a admitir
en el seno de su digna institución a algunos novelistas.
En realidad se me hace difícil entender que admitan
a cualquier novelista, es decir, a novelista alguno, ya que,
si la contemplamos desde un punto de vista adulto y mínimamente
serio, nuestra labor es bastante pueril. Ya la
calificó de ese modo uno de los mejores y más influyentes
novelistas de la historia, Robert Louis Stevenson, el
cual pidió disculpas en uno de sus poemas por dedicar
«las horas de su anochecer a esta pueril tarea» y por no
haber seguido la tradición de sus antepasados, en su mayoría
ingenieros y constructores de faros. «No digáis de
mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que
huí del mar, / de las torres que erigimos y las luces que encendimos
/ para jugar en casa, como un niño, con papel».
Así se inicia ese poema.
Pero nuestra labor no solamente es pueril, sino absurda,
una especie de trampantojo, un embeleco, una ilusión,
una entelequia y una pompa de jabón. En el fondo está destinada
al fracaso y además es casi imposible. Si ustedes me
apuran, y me permiten la exageración, hasta me atrevería
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a decir que contar, narrar, relatar es imposible, sobre todo si se
trata de hechos ciertos, de cosas en verdad acaecidas. Aunque
el ánimo de un relator sea el de contar tal como fue lo sucedido;
aunque el que narre sea un cronista y no haya nada
más lejos de su intención que inventar nada, y lo que desee
sea, por el contrario, ceñirse exclusivamente a lo ocurrido;
aunque se trate de la más concisa y objetiva deposición de
un testigo ocular en un juicio, que ponga su máximo empeño
en ser veraz y, como tantas veces hemos oído en las películas
americanas, jure decir la verdad, toda la verdad y nada
más que la verdad; aun así, en todos esos casos, se pretende
llevar a cabo una tarea imposible.
En el momento en que interviene la palabra, en el momento
en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido,
lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último.
Sin querer se lo deforma, tergiversa, distorsiona y
contamina. Se lo fragmenta y se convierte en sucesivo lo que
fue simultáneo. Se lo delimita con un principio y un fin artificiales,
que quedan al siempre discutible criterio del relator,
él los establece. Inevitablemente se introduce un punto de
vista y por lo tanto una subjetividad. Al menor descuido,
uno adjetiva, y los adjetivos habitan en el reino de la imprecisión:
aunque sólo sea para señalar que una persona le dio a
otra un golpe «fuerte», este variable vocablo constituye ya
por sí solo una interpretación, una aproximación, un atrevimiento
y una mera conjetura, porque «fuerte» no puede significar
lo mismo en boca de una niña de diez años y en la
muy fiera del antiguo campeón de los pesos pesados Mike
Tyson, por recurrir a un contraste extremo en la posible medición
de un golpe. De hecho, si bien se mira, la lengua misma
no es más que un permanente tanteo, un esfuerzo más
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bien inútil, una búsqueda que ni siquiera es muy libre, pues
está condicionada por las convenciones y por el pacto con los
demás hablantes: es una especie de quiero y no puedo o un
perpetuo amago condenado a no dar nunca en el blanco, o no
de lleno. Como ya observó Ortega y Gasset en su viejo ensayo
de 1937 Miseria y esplendor de la traducción, «desde hace
mucho, mucho tiempo, la humanidad, por lo menos la occidental,
no habla en serio». Y, en efecto, la lengua es metafórica
en su conjunto, y hasta con las frases más nimias, corrientes
e inocuas, las que podemos dar por más verídicas y
seguras, estamos a menudo diciendo disparates, precisamente
por estar recurriendo a una metáfora. Las más de las veces
decimos sin saber lo que decimos, y el propio Ortega ponía
este ejemplo: «si yo digo que “el sol sale por Oriente”, lo que
mis palabras, por tanto la lengua en que me expreso, propiamente
dicen es que un ente de sexo varonil y capaz de actos
espontáneos —lo llamado “sol”— ejecuta la acción de “salir”,
esto es, brincar, y que lo hace por un sitio de entre los sitios
que es por donde se producen los nacimientos —Oriente—.
Ahora bien, yo no quiero decir en serio nada de eso; yo
no creo que el sol sea un varón ni un sujeto capaz de actuaciones
espontáneas, ni que ese su “salir” sea una cosa que él
hace por sí, ni que en esa parte del espacio acontezcan con especialidad
nacimientos. Al usar esa expresión de mi lengua
materna me comporto irónicamente, descalifico lo que voy
haciendo y lo tomo en broma. La lengua es hoy un puro chiste
», remataba Ortega, porque aún están vigentes y aún no
hemos encontrado nada mejor que las expresiones y frases
del tiempo en que «el hombre indoeuropeo creía, en efecto,
que el sol era un varón, que los fenómenos naturales eran acciones
espontáneas de entidades voluntarias y que el astro
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benéfico nacía y renacía todas las mañanas en una región del
espacio». No sabemos hacer, por tanto, lo que hacía el hombre
antiguo... si queremos entendernos, claro está, y no hablar
con una terminología. «Hablar fue, pues, en época tal»,
escribía Ortega, «cosa muy distinta de lo que hoy es: era hablar
en serio». Hasta cierto punto esa habla, al convertirse en
metafórica, al adquirir un «rango literario», se ha fortalecido
de tal modo que se ha quedado con nosotros y no hemos
sido capaces de prescindir de ella, o nos ha dado miedo hacerlo.
Hemos conservado, por así decir, un bonito envoltorio
ya vacío, y con ello hemos renunciado no al conocimiento,
pero sí a hablar con conocimiento, o a expresarlo en la comunicación
habitual de unos con otros. Hay que admitir que
ese carácter eminentemente metafórico o irónico del lenguaje
es el que impide que éste sea siempre algo árido e insoportablemente
tedioso, y desde luego el que permite la existencia
de la literatura. Gracias a esas «bromas», a esos juegos, a
esa falta de seriedad esencial, no bostezamos cada vez que alguien
dice algo (aunque aun así lo hagamos muchas veces, y
confío en que esta no sea una de ellas pese al peliagudo género
«discurso de ingreso en la Academia»; ya se verá). Pero lo
cierto es que hasta la propia expresión que antes he empleado,
«dar un golpe», es un sinsentido, o es por lo menos desconcertante,
si pensamos en la connotación «dadivosa» que
el verbo «dar» tiene en tantas otras expresiones construidas
exactamente de la misma forma, como «dar un beso», «dar
ánimos» o «dar la bendición».
Si uno, además, conoce otras lenguas aparte de la que
heredó en la cuna, la condición imprecisa, tentativa y volátil
de los idiomas se le hace más manifiesta, y en seguida
se encuentra con una brutal contradicción: por una
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parte, tenemos la tendencia a creer, y aun a dar por sentado,
que todo puede decirse en todas las lenguas o por lo
menos en las más próximas, y de ahí que nos sea natural
preguntar, sin el menor reparo, «¿Cómo se dice esto en inglés?
», o «Esa expresión francesa, ¿qué significa en español?
», convencidos de que «esto» se ha de poder decir y
efectivamente se dice en inglés, sólo que de otra manera, o
de que «esa expresión francesa» ha de tener por fuerza un
equivalente en español y de que por tanto «algo» debe de
significar en nuestra lengua, también en ella. Y sin embargo,
junto a esa creencia popular y generalizada de que
todas las lenguas denominan en el fondo las mismas cosas,
los mismos objetos, los mismos sentimientos, pensamientos,
acciones, pasiones, las mismas sutilezas y los mismos
hechos —la creencia, en suma, de que todo puede decirse
y de que las lenguas son sólo el instrumento intercambiable
para referirse y nombrar lo existente, que es en cambio
inmutable en todas partes—, nos encontramos a veces con
que hasta aquello visible a todos, que comparte la humanidad
entera y que parece ser idéntico en todas las latitudes
y para todos los individuos, independientemente de su
procedencia y su cultura, tiene que ser por fuerza distinto
en virtud del vocablo que se emplee para denominarlo.
Recuerdo que, cuando hace ya muchos años daba clases
de Teoría de la Traducción en Universidades británicas,
norteamericanas o españolas, les pedía a mis alumnos
que pensaran en lo más común y universal a todos los
hombres y mujeres, que buscaran aquello que sin duda todos
compartíamos y a ninguno faltaba. «Piensen en el sol
y la luna, por ejemplo», les decía. «De hecho no es que
sean idénticos en todos los puntos del globo, es que son los
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mismos astros para todos, que, por así decir, se van turnando;
para todos salen y se ponen, y uno sería dado a suponer
que el término para llamarlos en cada lengua debería
ser inequívoco y equivalente en todas ellas». Es un
ejemplo harto conocido, pero infalible, así que el alumno
que sabía alemán caía al instante en la cuenta de que el sol
y la luna alemanes no podían ser exacta y cabalmente los
mismos que el sol y la luna españoles, italianos o franceses,
porque así como en las lenguas romances o neolatinas el
sol es un sustantivo masculino y la luna lo es femenino, en
alemán (y posiblemente en otras lenguas germánicas) sucede
justamente al revés, siendo el sol femenino (die Sonne)
y la luna masculino (der Mond). ¿Y cómo pueden ser los
mismos el sol y la luna si para toda una tradición el primero
posee una connotación masculina y el segundo una femenina
—y así se los ha venido representando pictórica y
literaria y fabulosamente—, y en toda otra tradición poseen
la connotación inversa? «Sigan pensando», les insistía
yo a mis alumnos, «en algo aún más universal que eso,
algo a lo que nadie puede escapar y de lo que todos tenemos
conciencia». Y en seguida aparecía la muerte, de la
que nadie se ha librado y que a todos aguarda pacientemente.
Es otro ejemplo bien conocido, pero en él se hace
patente el problema: ¿cómo eso, que es igual para todos
—«la gran niveladora», la llamó algún clásico—, puede
ser sin embargo lo mismo si en nuestras lenguas latinas el
vocablo es femenino y estamos acostumbrados por ello a
representárnosla como mujer, o más concretamente como
anciana esquelética que porta una guadaña, y en cambio
en el idioma alemán es masculino (der Tod) y sus hablantes
están habituados, en consecuencia, a figurárselo como a un
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